martes, 16 de septiembre de 2014

Un Dios de Guerra



Que Dios nos conceda la humildad y el temor santo, para que, por la intercesión de san Cipriano y san Cornelio, sepamos entregar nuestras vidas por Amor en la defensa de la Verdad.
Es el mes de la Biblia, y ya hemos hecho reflexiones pasadas en este sentido. Sin embargo, el misterio de Amor que no sólo ella contiene sino que hizo que ella viniera a existir es algo que no sobrepasa. ¿Cómo es posible que surgieran libros que nos narraran los acontecimientos santos de Dios y de su Pueblo y de Su Venida a ser Emmanuel? Nos puede, nos abruma, nos alegra, nos hace caer de rodillas.
Pero este misterio de Amor no puede ser llevado a la ligera: no puede ser venerado sin un conocimiento del contenido, ni puede ser estudiado sin una adecuada veneración. “Cuando Dios revela hay que prestarle la obediencia de la fe, por la que el hombre se confía libre y totalmente a Dios prestando a Dios revelador el homenaje del entendimiento y de la voluntad, y asintiendo voluntariamente a la revelación hecha por Él” (DV, 5). Tender a uno de los extremos es faltarle a la entereza de Dios, a su catolicidad.

En el Antiguo Testamento, por ejemplo, vemos un Dios fuerte, un Dios guerrero, un Dios que aniquila a los que se oponen a Él, un Dios que es misericordioso sólo con quienes se acogen a Él, etc. No nos hagamos los tontos, a veces este concepto de Dios molesta. ¿Dios que mata? ¿Dios que destruye? ¿Será que Dios era así y luego se arrepintió de lo que hizo? Si Dios se arrepiente de lo que hace, es un Dios falible, uno que falla, uno que, como los dioses del Olimpo, se deja llevar por sus pasiones.
Tratemos de entender con un pequeño ejemplo. Cuando Esteban era pequeño su papá le regaló una caja de lápices de colores; a él le encantaba pintar. Esteban creía que su papá era el mejor. Pero el pequeño Esteban empezó a pintar en el piso y las paredes. Su padre le regañó y le quitó los lápices hasta que aprendiera. “¡Qué malo es papi! Me da algo para luego castigarme cuando lo uso”, pensó Esteban. Cuando Esteban creció se dio cuenta de que su papá no era malo, sino que estaba educándole según la forma infantil que él tenía para aprender.
En el Antiguo Testamento, entonces, no vemos sólo la historia de la Salvación del Pueblo de Dios, sino el Pueblo de Dios contando su historia de la Salvación. Ellos, con su fe en pañales, ven que Dios les regala lápices de colores, los usan y de repente ven que Dios les castiga. Descubren las cosas que a Dios no le agradan de los usos que le dan a los colores, y se van formando leyes rígidas y condicionadas, y así las enseñan. Nuestro Señor Jesucristo nos aclara esto hablando sobre el divorcio al afirmar: “Si Moisés les dio esta prescripción fue debido a la dureza del corazón de ustedes” (cf. Mc. 10, 1-12).
Fue necesario que viniera, pues, el mismo Dios a explicarnos estas cosas. Por ello nos dice tantas veces nuestro Señor Jesús “antes se les dijo… pero ahora yo les digo”; nos explicaba las escrituras, igual que a los discípulos de Emaús (cf. Lc. 24, 13-35). Entonces, ¿cómo debemos entender los cristianos a Dios en el Antiguo Testamento? Según la realidad de la época, tomando en cuenta lo social, lo político, lo geográfico, pero, sobre todo, la realidad de la fe de entonces.
Trayendo, entonces, esto a nuestra realidad, ¿no nos parece que es muy familiar esto? ¿Acaso no vemos a Dios como un fiscal o un policía que siempre espera que fallemos para sacarnos en cara lo que hemos hecho? No hemos visto un Dios que nos libera, sino un Dios que nos impone cargas. Vamos a misa, rezamos, nos confesamos, leemos la Palabra de Dios como una obligación y no como consecuencia de un Amor. Este engaño es de Satanás, aprovechando nuestra ignorancia, ya que él es “el acusador de nuestros hermanos, el que día y noche los acusaba delante de nuestro Dios” (Ap. 12, 10).
Amemos la Palabra de Dios contenida en la Sagrada Escritura, pero no lo hagamos como compromiso ante Dios, sino como fruto de un enamoramiento profundo ante el Creador-Salvador-Santificador, con deseo de escucharlo hablar a nuestro ser entero, y con el ánimo de que demos frutos para Su Gloria.

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