martes, 26 de agosto de 2014

No Cometerás Adulterio, ¿Delito o Pecado?

Que el Dios de la paz nos conceda su Paz. Que la Bondad del Señor se muestre en nuestras vidas. Que la largueza de Su Misericordia con nosotros nos haga movernos al servicio de la misión de la Iglesia y de su unidad. Santa Teresa de Jesús Jornet, ruega por nosotros.
Ministros ordenados que han atentado contra el sexto mandamiento de la ley de Dios (“no cometerás adulterio”), cardenales que han robado inmensas cantidades de dinero, religiosas que quedan embarazadas y se inducen el aborto, presbíteros y obispos con hijos… ¿Qué sucede en la Iglesia? No voy a defender la Iglesia Católica diciendo frases como que hace más ruido un árbol que cae que todo un bosque creciendo en silencio. Sólo quiero que seamos objetivos con todo esto y mucho más.
Los católicos que tratan de encubrir los crímenes y los pecados de sus pastores se hacen cómplices de ellos. Es más, hay obligación de denunciar un crimen de abuso de menores antes del mes de haberse enterado el obispo; es decir, ningún obispo puede callar ante el abuso de un menor, sino que debe denunciarlo. Y por igual si es crimen solicitar pecar contra el sexto mandamiento a una mujer. En fin, cualquier pecado contra este mandamiento, realizado por un ministro ordenado, es pecado grave. Y ni hablar de los pecados contra los otros mandamientos de la Ley de Dios.

¿Qué es lo que sucede? La Iglesia habla de pecado y de delito. Una cosa no se opone a la otra, pero tampoco una cosa anula la otra. Un pecado puede ser claramente un delito, pero sigue siendo pecado y delito. Siendo esto así, el delito se denuncia, el delito se da a conocer a las autoridades pertinentes para que tomen medidas de justicia. Pero el pecado no se denuncia, sino que se trata en lo secreto de cada persona con su confesor. Esto pone a la Iglesia en un proceso un poco incómodo e incomprendido por muchos, ya que los que no quieren reconocer a la Iglesia como institución quieren que las cosas se hagan públicamente y expedita, pero esto toma tiempo.
Ni el celibato ni la consagración ni la exclusividad masculina en el sacramento del orden (o femenina en la vida religiosa femenina), nada de esto es la causa de los pecados sexuales de los que han decidido vivir su bautismo de manera radical consagrándose a Dios por los demás. Estudios en este sentido pueden aparecer por todas partes. Lo que sí es la causa verdadera de esto es la concupiscencia, es decir, la inclinación al pecado que tenemos todos los seres humanos. Esto quiere decir que, mientras haya humanidad lejos de Dios, la miseria humana saldrá a flote donde sea… y, por supuesto, el contraste será mayor allí donde se promueve la pulcritud de pensamientos, palabras y actos.
Lo mismo pudiésemos decir de las guerras, los conflictos, los delitos humanos. Es contradictoria que la humanidad sea lo más inhumano del planeta. Es sorprendente ver cómo hay animales que son más humanos (en el sentido de humanización) que el mismo ser humano. En este sentido, la información se esconde y se tergiversa más que la misma información que se maneja con los casos de pederastia y demás en la Iglesia Católica. Insisto, no es defendiendo la Iglesia, sino tratando de ser objetivo en este tema de los crímenes humanos frente a sus sanciones.
Frente a cualquier caso de crimen —y esto lo diré sabiendo las posibles respuestas que me darán los lectores y a pesar de lo que digan las leyes humanas— lo primero que hay que mostrar es misericordia. Nunca un cristiano pone la justicia por encima de la misericordia, porque nunca la ley ha estado por encima del ser humano, sino a su servicio. Sin caer en manos blandas y exculpaciones, cualquier soldado que mata debe tener unas razones que lo llevan a hacerlo, y el hecho de que terminen con traumas (si no es que los tienen antes de sus crímenes) nos hace ver que es en contra de la naturaleza.
Una cosa es pretender ser justicieros, y otra tratar de ponerse en el lugar del otro. El deber del cristiano es ser mansos como las palomas y astutos como las serpientes, ser misericordiosos con los demás y fuertes con nosotros mismos. Frente al delito, justicia; frente al pecado, misericordia divina

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