martes, 5 de agosto de 2014

De la Paz y Otros Ritos Litúrgicos



Que Dios Padre bueno llene nuestras vidas con Su Compasión para que vivamos en la generosidad del Perdón. Que Cristo, Luz de lo alto, venga a rescatar a los que estamos en las tinieblas, y nos muestre el camino de Su Redención. Que el Espíritu nos guíe y nos dé un corazón nuevo.
Hay un documento nuevo sobre el rito de la Paz de la Eucaristía, dirán algunos. El papa ha querido que no se haga tanto jolgorio en la misa, dirán otros. La verdad es que ese documento es pastoral y procura que vivamos lo que está establecido hace muchos años. ¿Por qué ha habido quienes se han alterado? Porque hemos venido celebrando la fe como nos ha parecido y no como nos lo manda la santa Madre Iglesia. Diría, en este sentido, la Sacrosanctum Concilium: “para que los hombres puedan llegar a la Liturgia es necesario que antes sean llamados a la fe y la conversión” (no. 9), es decir, debe haber una evangelización y catequesis previas.

La Instrucción General de Misal Romano (IGMR) es el documento que explica el qué, el cómo, el cuándo, el dónde y el porqué de cada uno de los momentos de la Liturgia de la Eucaristía. Así, por ejemplo, la tercera edición, del año 2002, de la IGMR afirma que hay que ponerse de pies cuando el sacerdote dice “Oren, hermanos” antes de la oración sobre las ofrendas (no. 43), que hay que guardar un respetuoso silencio en el templo antes de la celebración (no. 45), que hay que hacer una inclinación de la cabeza cuando se nombran la Santísima Trinidad, el nombre de Jesús, el de María y el santo que se recuerda en la misa (no. 275). Sin embargo, la mayoría parecemos ignorar estas cosas.
Suelen preguntarme: “¿Por qué la Iglesia, entonces, no da a conocer estas cosas?”, a lo que les respondo: “¿Acaso haberlo publicado para la Iglesia Universal mediante un decreto no es darlo a conocer?”. Parece que lo que queremos es que nos llegue una notificación a nuestro teléfono móvil diciéndonos que la Iglesia tiene tal o cual documento… No quiero ser muy sarcástico al decir esto, pero creo que quien piensa así aún no ha descubierto lo que es la Iglesia o está en la iglesia equivocada.
La inclinación profunda al rezar el credo en la misa cuando profesamos la Encarnación de nuestro Señor debe ser algo que todos hagamos, por igual los sagrados silencios durante el sacramento, y ni hablar de la manera en la que debemos respetar el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. ¿Cómo es posible que el rito de la paz capte más la atención que la elevación del Cuerpo y la Sangre del Señor? ¿Cómo es posible que, cuando se nos muestra el Pan Eucarístico ni siquiera por respeto lo contemplemos en adoración? ¿Cómo es posible que comulguemos y luego vayamos a la capilla a rezar frente al sagrario como si no fuera Cristo el que comulgamos?
Al final, lo que nos pasa es que vivimos sedientos de información del mundo, pero indiferentes ante el conocimiento de Dios y de la Iglesia. “Mi pueblo perece por falta de conocimiento” gritaría el Señor a través de un profeta (Os. 4, 6). Y, por supuesto, ocurre lo lógico: no reconocemos lo sagrado de la Liturgia, la banalizamos, la convertimos en algo social, y, al ser algo social, no vale la pena celebrarla si tengo otras ocupaciones. Ya la celebración de la fe no la vemos como necesaria, sino como algo que se hace si se puede. ¿Y aquello de santificar las fiestas?
Hago una invitación a todo el que lee estas reflexiones. Vamos a profundizar más en nuestra fe, vamos a dejarnos convertir. No creamos que ya lo sabemos todo, eso es soberbia; el soberbio no puede ser sanado por Dios, porque él se considera su propio sanador. Revistámonos, mejor, de humildad, y dispongámonos a alimentar nuestro espíritu que gime de hambre y de sed de Dios.

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