martes, 24 de junio de 2014

(In)Formación



Buen y santo día, hermanos. Que podamos imitar, con el auxilio de Dios, la vida de san Juan el Bautista, para que, llenos del celo por las cosas de Dios y la misericordia hacia nuestros hermanos, podamos ser luz en medio de las tinieblas de este mundo.
El Domingo pasado concluimos con un grupo un diplomado de Liturgia. Una de las cosas que enfatizamos como parte de la síntesis conceptual final y a lo largo del mismo es que a ningún creyente se le dan armas para destruir a otro hermano, sino para ayudarlo a ser mejor. Siete años tuvo Dios paciencia conmigo con la manera en la que yo lo conocía y la manera en la que Él es. Siete años cuidándome, aprovechando lo malo que hacía en mi ignorancia… Si Él que es Dios puede esperar, ¿por qué debo convertir a mi hermano al instante?

Los que estamos comprometidos con el servicio de la unidad de la Iglesia tenemos un doble trabajo: primero, conocer y defender la fe de manera íntegra tal cual se la dejó nuestro Señor Jesucristo a los Apóstoles, y, segundo, ponernos en los zapatos de los demás y buscar la manera de que el mensaje de la fe convierta y transforme sin crear monstruos fundamentalistas o dependientes. Esta tarea no es sencilla, por lo cual es trabajo del Espíritu Santo, no nuestro. Y esto es lo que debemos tener siempre como estandarte: no soy yo, es Cristo que vive en mí.
Diría alguien por ahí que cuando se lee mucho, o se estudia mucho, o se conoce mucho, uno puede convertirse en altanero y ser despreciable para los demás. ¡Falsedad mayor no ha habido para los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios! Necesitamos conocer a Dios. “Credo ut intelligam” dice el santo de Hipona; “creo para entender”. La fe no es andar a la deriva siendo llevado por el viento, porque muchos creemos que el único viento que sopla es el del Espíritu Santo. No. La fe es lo que nos hace conocer a Dios, y, por ello, la fe es saber izar las velas para que, cuando sea Dios quien sople, nos movamos a Su Voluntad.
Por ello, la idea actual de informarnos sólo nos deja huecos aún mayores, porque ponemos remiendos nuevos en ropa vieja. Estamos forzando lo poco que creemos (y que muchas veces creemos erróneamente) con pequeñas tiras de información. Lo ideal, en lugar de informarnos, es formarnos. La catequesis nunca acaba para un cristiano. El trabajo más difícil es ser verdaderamente católico; si no lo fuera, no hubieran surgido sectas y divisiones. Y ser verdaderamente católico consiste en amar a Dios y amar a los demás, sobre todo a quienes nos odian.
Un buen consejo para los que trabajamos en la viña del Señor nos lo da el mismo san Agustín: “In necesariis unitas, in dubiis libertas, in omnibus caritas” (En lo esencial, unidad; en lo dudoso, libertad; en todo, caridad). En lo que respecta a la fe y a la moral, debemos procurar la unidad y no rechazar, sino construir; en lo cultural o metodológico que no atente contra la fe y las buenas costumbres, demos libertad a los demás, no hagamos cristianos en serie, que eso va en contra del plan de Dios; y, sobre todo, el vínculo del Amor. Así, por más que conozcamos o más que trabajemos, podremos decir como san Agustín “Non intratur in veritatem, nisi per caritatem” (No se entra en la verdad más que por el Amor).

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