martes, 11 de febrero de 2014

Sobre Satanás (III): La Envidia del Maligno



Que Dios sea nuestro refugio seguro. Que, por los méritos de nuestro Señor Jesucristo y la intercesión de nuestra Señora María, bajo la advocación de Lourdes, nos veamos siempre libres de la perturbación del maligno en nuestras vidas y podamos dar testimonio de la fe que profesamos.
Hoy es día de nuestra Señora de Lourdes, día mundial del enfermo. Hoy pedimos de manera especial a Dios para que, por la acción intercesora de María, todos los que padecemos enfermedades seamos curados según Su Voluntad. Pero esta Señora es muy conocida por ser enemiga de Satanás, enemiga hasta tal punto que hay testimonios de exorcistas que, cuando le preguntan a los demonios que poseen a las personas sobre María, dicen que los demonios ni siquiera pueden pronunciar su nombre, le dicen Ella.

¿Qué ha sucedido con Satanás que odia tanto a María y que odia tanto a los hijos de Dios? Sencillo, que no entendía cómo Dios era capaz de amar tanto a tan inútiles creaturas. Él no entendía cómo Dios podía haber hecho todo para el ser humano y no para su propia perfección. Eso lo llenó de odio y de envidia, tanto que quería acabar con la misma mujer que traería al mundo a Aquel que renovaría todo y recapitularía todo en Él (cf. Ap. 12, 4) para que no se diera ese plan de debilidad de Dios.
Satanás no puede entender que el Todopoderoso te tenga a ti, un pecador constante, como debilidad; que el Dios de toda la creación haya decidido que tú y yo, inútiles sordos ante Su Palabra, fuésemos el centro de lo creado; que la Majestad Divina se sometiera al Amor misericordioso para con aquellos que lo negamos con facilidad. Satanás no lo entiende… y nosotros mismos no solemos entender esto tampoco, sobre todo cuando sucede con algún hermano que es pecador.
Cuando vemos a un conocido pecador, y no entendemos cómo Dios sigue usándolo, solemos caer en la envidia. Pero la envidia es del demonio, porque él es quien no tolera la misericordia de Dios. Es Satanás quien rechaza esa acción buena; son todos los demonios que quisieran que los demás fueran tratados como a ellos. Pero, ¿Por qué tomas a mal que Dios sea bueno? (cf. Mt. 20, 15). Debe ser esto un motivo de conversión, mejor, porque nadie tiene derecho a quedarse enojado con su hermano y a no permitirle arrepentirse de su culpa.
La Mujer fue llevada al desierto (cf. Ap. 12, 6.14) porque ahí se mostraría el Poder de Dios. En la aridez, en la sequedad, se mostrarán tus necesidades y clamarás con sinceridad de corazón a Dios. Sin embargo, es este desierto el que Satanás quiere que evites, y te puede sugerir maneras de estar cómodo en tu vida y que creas que es Voluntad de Dios. Así no buscarás de Dios, así no lo necesitarás más que en lo habitual de la religión. Pero no caigas, ¡es envidia!
La envidia del demonio logró que éste arrojara una gran cantidad de ángeles con él y que además él mismo fuera arrojado del Cielo (cf. Ap. 12, 4.7-9), quedando su decisión irrevocablemente tomada. Su ser se prostituyó por la envidia y la soberbia, y sólo siente placer en procurar el dolor de Dios. Como él no puede hacer nada directamente a Dios, puesto que Dios está por encima de él, la manera que tiene para hacerle daño es convencernos a nosotros de olvidarnos de Él. He aquí la gran treta, ése es su gran engaño.
¿Cómo, pues, vencemos esta gran envidia de Satanás y sus secuaces? No cayendo en su trampa. Rompamos con las comodidades, sobre todo las morales, las anímicas y las espirituales. Cuando tengas deseos de orar, ora una hora; cuando no tengas deseos, ora dos. Citaré a un monseñor de mi país en una recomendación que me dio al entrar al seminario: no busques las tentaciones, que ellas vienen solas; y, cuando vengan, no las detengas, déjalas que sigan de largo.

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