martes, 4 de febrero de 2014

Sobre Satanás (II): Oponerse a Dios

Que Dios Todopoderoso nos conceda la gracia de estar siempre a Su lado, y que, por la intercesión de san Fileas, san Filoromo y san Rabano, seamos capaces de defender la Verdad desde el Amor y podamos atraer a los demás hacia ella.
Nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica que, en la petición “líbranos del mal” que hacemos en el Padrenuestro, no nos referimos a una abstracción del mal, sino que hacemos referencia a una persona, “Satanás, el Maligno, el ángel que se opone a Dios” (no. 2851). Pero, ¿cómo se opone a Dios? ¿Qué puede hacer Satanás para oponerse a Dios?

Como sabemos, al final de la gran batalla contra principados y potestades del mal (cf. Ef. 6, 12), el único vencedor es Dios (cf. Ap. 19-22), porque Él es el Creador, el Providente, el Todopoderoso, y Satanás no es su igual, sino que es creatura también. Sin embargo, una vez arrojado a esta tierra por la soberbia que se había apoderado de él (cf. Ap. 12, 7-9), busca la manera de devorarnos (cf. 1 Pe. 5, 8), de hacernos tener miedo para que nos alejemos de Dios.
Éste es el grandioso plan de Satanás: meterse en medio del Plan Divino. Así, metiendo sus narices en el hermoso Plan, nosotros, llenos de miedo e inseguridades sobre este Plan, renunciemos a él y procuremos una vía más cómoda, menos asediada, más placentera. No puede Satanás hacer otra cosa que asustarte si estás con Dios. Él es un perro encadenado, como diría san Agustín; acosa, hace mucho ruido y muerde sólo a quienes se le acercan demasiado, como diría el santo Cura de Ars.
¿Sabes cómo él logra que te pongas de su lado? “¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo?” dice san Juan (1 Jn. 2, 22a). Justamente, aquel que dice que Jesús no es el Salvador, Dios e hijo de Dios, que no profesa con su vida esta realidad, ése está de parte del mentiroso, del demonio. Esto lo logran los demonios haciéndote leer los signos de Dios de otras maneras: como si todo fuera casualidad, como que sólo te ocurren cosas malas, como que Dios hace silencio de maldad.
Podemos oponernos a Dios a conciencia o involuntariamente, pero ambas son oposición a Dios. Conozco varios casos de jóvenes que, mientras más buscaban de Dios en sus vidas a través del sacramento de la reconciliación y la Eucaristía y la vida comunitaria, más cosas extrañas o malas les ocurrían. Como es “natural” —sería mejor “como es de esperarse”, pero quiero usar palabras que hasta los mismos cristianos usamos sin darnos cuenta de que es una contradicción a la fe aquello que decimos—, esos jóvenes fueron alejándose de la práctica de su fe, y vieron que todo se calmaba.
Una de las cosas que afirmaba santa Teresa de Jesús era que debíamos hacernos conscientes de nosotros mismos, de nuestras acciones, de nuestras palabras, de nuestros silencios, para que pudiéramos darnos cuenta dónde actúa Dios y dónde no le dejábamos actuar. Cuando llevamos una vida sin autoconciencia, “echando pa’lante”, viviendo la fe en los límites que le ponemos (en misa, en el grupo o comunidad, con los que saben que soy cristiano…), vivimos una contradicción, vivimos una mentira. ¿Y quién es conocido como el padre de la mentira?
Jesús es claro a quienes le dicen que tienen por padre a Abraham, pero no actúan conforme a esa fe en Dios; Él les dice: “Ustedes tienen por padre al demonio […] Cuando miente, habla conforme a lo que es, porque es mentiroso y padre de la mentira” (Jn. 8, 44). No nos arriesguemos a que ese juicio caiga sobre nosotros. Si eres cristiano, actúa conforme a eso; no te opongas a Dios y te asocies a Satanás. Justamente ése es el plan de los demonios: que te unas a su oposición a Dios.
Una vida de misericordia para con los demás, de perseverancia para contigo mismo, y de humildad para todos es propia de alguien que no se asocia con Satanás. Dice san Ambrosio: “Quien confía en Dios, no tema al demonio”. Para ello, primero hay que confiar en Dios y ser parte activa del Cuerpo de Cristo, la Iglesia. Seguro que el demonio te ladrará hasta la saciedad, pero no te hará nada si no es voluntad de Dios.

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