martes, 26 de noviembre de 2013

La Alegría del Evangelio



Buen día, hermanos y hermanas. Que Dios Padre Bueno llene nuestras vidas con Sus bendiciones, para que, por la intercesión del beato Santiago Alberione, quien trabajó por la comunicación del Evangelio, podamos también nosotros comunicar esa alegría que nos produce Su Amor.
Concluyó el Año de la Fe, ¿y ahora qué? Esto mismo reflexionábamos la semana pasada, y concluimos que, luego de tanto conocimiento de nuestra Fe, sólo quedaba transmitir la gran alegría que esto nos producía, es decir, el Evangelio de la Alegría que nos produce el conocimiento de Cristo. Pero hoy reflexionaremos un poco más sobre esa alegría que produce el Evangelio, ya que el Santo Padre Francisco ha publicado una Exhortación Apostólica titulada Evangelii Gaudium (EG), sobre la transmisión de la Fe.

¿Qué es la alegría? Esto mismo pregunté a un grupo de adultos hace un mes, y las respuestas no pudieran ser menos interesantes. Unos afirmaban que la alegría es tener lo que se necesita; otros afirmaban que estar alegre es lo importante porque ser alegre es difícil y casi imposible; pero la mayoría decía que la alegría es un estado personal que depende de uno mismo y que cada cual tiene aquello que lo hace ser alegre. La alegría, en definitiva, se ha convertido en una opción individual, y no en una acción colectiva.
Como nos hemos enclaustrados en tantas cosas personales —el teléfono personal, la computadora personal, la televisión personal, etc.—, los demás ya no caben en nuestras vidas (cf. EG 2). Sin embargo, el que es verdaderamente alegre siempre sale de sí mismo para hacer el bien a los demás. No hay que ser un payaso o un filántropo para entender esto; piensa, por ejemplo, en un momento de mucha alegría en tu vida y fíjate cómo, automáticamente, andabas sonriente, hacías las cosas con agrado, el tránsito no te molestaba… ¿Qué ha pasado con la alegría, entonces?
El Evangelio nos invita a ser alegres (cf. EG 5), pero no cualquiera alegría, sino la alegría de la certeza que el Amor de Dios no pasará nunca. La alegría de la que se nos habla como Buena Noticia es una alegría cimentada en la Fe, con los ojos en la Esperanza a la que hemos sido llamados, y con la Caridad como corazón palpitante. No es lo mismo esta alegría del Evangelio que la alegría que nos propone el mundo, ya que la primera tiene la certeza de ser amado, y la segunda tiene la inseguridad de confiar sólo en lo que se posee.
Nos han engañado y, además, nos invitan a ser ciegos, sordos y mudos. Casi todo lo que aparece en los medios de comunicación nos dice “Llame ahora”, “Aproveche esta oferta”, “Compre dos, no uno”, “Luzca como siempre ha querido”, y nos vamos engordando el corazón y la mente con tener, con poseer. ¡Pero es que el ser humano no fue hecho para tener, sino para ser! La alegría no se tiene, no se compra, no se obtiene… La alegría es un don de Dios para la humanidad que sólo se vive cuando se encuentra con la amistad con Dios (cf. EG 8).
Se acerca ya el tiempo de Adviento, tiempo en el que recordamos la primera Venida de nuestro Señor Jesucristo y en el que nos preparamos para su segunda Venida. Es un tiempo de Esperanza y de Fe, que sólo se muestra en la Caridad. Es un tiempo de entrega y de compartir, pero no porque lo digan los comerciales de la radio, sino porque el mismo Cristo se rebajó y se entregó a Sí mismo (cf. Fil. 2, 6-11), y debemos imitarlo. Por ello dice el mismo Jesucristo: “Hay mayor alegría en dar que en recibir” (Hch. 20, 35).
Salgamos de nuestra conciencia aislada y nuestra autorreferencialidad, y empecemos a ser verdaderos predicadores de la alegría del Evangelio. Esto es lo que, en lo más profundo, anhela toda persona, toda familia, todo grupo: ser verdaderamente alegres. Pues, nosotros que tenemos la clave de ello, no nos quedemos callados y compartamos la alegría de ser amados por Dios.

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