martes, 19 de noviembre de 2013

El Evangelio de la Alegría



Buen día, hermano y hermanas. Que Dios Padre Bueno y Sabio nos colme de sus bendiciones, para que, por la intercesión de san Odón, aprovechemos la plenitud de Su Gracia y la pongamos al servicio de los demás.
Desde el día 9 de octubre del año pasado hemos venido reflexionando con los documentos frutos del Concilio Vaticano II en el marco del Año de la Fe. Hemos visto constituciones, decretos, declaraciones y mensajes que cuestionan nuestro actuar en la fe. Todos ellos, documentos de casi 50 años de antigüedad, se muestran actuales ya que han sido inspirados por el Espíritu Santo, que no pasa. ¿Y ahora qué?

En el Espíritu Santo es que se ha reunido el Concilio Vaticano II, y es en el mismo Espíritu Santo que ha concluido y que fue clausurado. Si este Espíritu Santo es el mismo que recibimos en nuestro Bautismo y nuestra Confirmación, ¿cómo es que nuestra fe camina distanciándose de la fe de este Concilio? Si es el mismo Espíritu de Dios el que ha soplado la barca de Pedro para que navegue por un rumbo específico, ¿cómo es que nuestras comunidades viven un “pseudangelio” (griego ψεῦδο, falso) o un “parangelio” (griego παρά, al margen de)?
Así como hemos confundido conceptos como “Amor” y “Caridad”, “persona” y “humano”, “individual” y “personal”, así hemos venido confundiendo la alegría con el gozo. ¿Acaso no es el gozo el sentimiento de aquel que se siente poseído de Dios, lleno de Dios, rebosante de Él? ¿Acaso no es la alegría necesariamente transmisible? Es decir, el gozo antecede a la alegría, pero la alegría ha de transmitirse a los demás. Pero lo que vemos es que preferimos una alegría individual, y nos olvidamos de que la Fe y la Esperanza son comunitarias.
Todo esto viene porque no conocemos los frutos del Espíritu Santo en la Iglesia; y, al no conocerlos, no los vivimos; y, al no vivirlos, no nos gozamos en ellos; y, al no gozarnos en ellos, no transmitimos la alegría de ese Evangelio de Cristo. ¿Cómo podemos unirnos a la fe de la Iglesia si ignoramos la verdad a Ella revelada y andamos viviendo lo que creemos que puede ser el Evangelio? El Espíritu Santo une; el demonio divide.
El Concilio es clausurado diciendo de él que todo lo establecido debe ser observado religiosamente, que lo escrito sea permanente, firme, válido y eficaz, y que cualquiera cosa hecha contra el espíritu del Concilio, sea consciente o por ignorancia, debe ser considerado nula y sin valor (cf. In Spiritu Sancto, Pablo VI, 08 de diciembre de 1965). Siendo esto así, ¿cuántas cosas que hacemos y decimos marchan al margen del Concilio? Entonces, ¿cuántas cosas que alegamos de la Fe son nulas y sin valor?
¿Estamos verdaderamente anunciando un Cristo único, un mismo Reino de Dios, una misma Verdad de Amor? El Domingo próximo, día de Jesucristo Rey del Universo, clausuramos el Año de la Fe, y lo haremos con alegría. Sin embargo, es una alegría que queda patente en el Evangelio de ese día: la alegría del que reconoce su pequeñez delante de la grandeza de Dios. Es el humilde el que se gana el Paraíso (cf. Lc. 23, 35-43). Es el humilde, el que escruta los designios de Dios para glorificarlo a Él, el que se acoge a Él, quien se alegra con júbilo eterno (cf. Sal. 5, 12).
Anunciemos juntos un Evangelio de la Alegría, pero de la alegría verdadera, la que va precedida del gozo, para que los demás puedan acercarse al Cristo verdadero, al que es incomodidad para este mundo, y juntos alabemos las glorias de Dios. Feliz clausura del Año de la Fe.

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