martes, 9 de julio de 2013

Gaudium et Spes (VI): ¿Para Qué Trabajamos?


Que Dios Padre siga mostrándonos Su Amor a lo largo de nuestra historia familiar y social, para que, por la intercesión de san Nicolás Pieck, sus compañeros mártires y santa Verónica Giuliani, seamos verdaderos testigos en el espíritu y en la carne de esta gran Bondad y se la mostremos a todo el mundo. Que este día sea uno lleno de bendiciones.

Una de las grandes preguntas de la filosofía ha sido “¿Cuál es el sentido de la actividad humana?”, y seguro muchos de nosotros la hemos hecho de mil maneras: “¿Por qué hay que estudiar?”, “¿Para qué hay que ir a trabajar?”, “¿Trabajar para vivir, vivir para trabajar?”… Esto tiene respuesta en la Revelación de Dios y es lo que hace la Constitución Pastoral Gaudium et Spes en el tercer capítulo: “desea unir la luz de la Revelación al conocimiento de todos para iluminar el camino por donde ahora está entrando la humanidad” (GS 33).

Fuimos creados a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn. 1, 26-27), y la voluntad Suya es que administremos toda la creación. Cuando somos expulsados del jardín del Edén no se anula esta responsabilidad nuestra, sino que ahora debemos cumplirla con dificultad gracias al pecado. Dios no impone el trabajo, ya que el trabajo era parte del ser humano; ahora el trabajo será con sudor, será fatigoso (cf. Gn. 3, 17-19). Sin embargo, el trabajo sigue siendo una manera en la que se cumplen los designios de Dios en la historia. El trabajo dignifica al ser humano, porque le devuelve la laboriosidad propia de un Dios creador y providente (cf. Juan Pablo II, Laborem exercens, 9, Libreria Editrice Vaticana, 1981). Por lo tanto, un verdadero cristiano no puede huir de la actividad humana, sino fomentarla, fomentar la colaboración en los avances técnicos (cf. GS 34).

Si vemos el trabajo de manera egoísta, por supuesto que vamos a verlo como algo innecesario, fatigoso, destructor que sólo gana bienes materiales y pasajeros. Sin embargo, el trabajo implica que vayas preparándote para realizarlo, que vayas estudiando, haciéndote conocedor, y, por lo tanto, el trabajo perfecciona al ser humano (cf. GS 35). Si vemos el trabajo de esta manera, podemos afirmar con el siervo de Dios Pablo VI: “no basta que el hombre se crezca en lo que posee, ha de crecer en lo que él es” (Discurso al cuerpo diplomático, 7 de enero de 1965). Y si conocer al ser humano en su camino a la dignificación plena es reconocer la imagen y semejanza de Dios, conocer las cosas que el ser humano hace es conocer a Dios. Dios ha permitido estas cosas para que el ser humano tenga un lugar en dónde ocupar su actividad creadora.

Por ello, nunca la fe y la ciencia han ido desunidas, y nunca debe condenarse la ciencia porque pueda entrar en conflictos con la fe (cf. GS 36). Si la ciencia y la técnica arrojan verdades que pueden entrar en conflicto con lo que la fe ha conocido, debe la fe revisar sus postulados. La fe busca la perfección del ser humano por la Revelación, pero se adorna de verdades que responden a distintas épocas. Como el caso de Galileo Galilei: el problema no fue el movimiento o no de la Tierra, sino la eliminación del cristocentrismo/antropocentrismo de las mentalidades de la época. Por ello, la fe debe conocer la Verdad de Dios y encargarse de que la jerarquía de valores no se subvierta ni que el mal se mezcle con el bien, ya que esto logra que la actividad humana no sea egoísta ni autodestructiva (cf. GS 37).

¿Cómo, pues, se perfecciona la labor humana? En el mandamiento del Amor (cf. GS 38). Si trabajas por amor a los demás (para que otros puedan alcanzar a desarrollarse, para que otros tengan oportunidades de trabajo, para que otros puedan tener acceso a lo básico…), si trabajas por amor a la creación (para que el planeta sea para todos, para que los recursos no se agoten innecesariamente, para que el bienestar se alcance en común…), si trabajas para ti y los tuyos (para que tu vida tenga sentido, para que otros vean tu ejemplo, para que puedas vivir en valores con lo necesario…) estás trabajando para Dios y en Dios. Todo tiene que volver necesariamente a Cristo (cf. GS 39), que es el hombre por excelencia, la razón por la cual todo fue hecho, el Hombre Digno modelo de todos. Él hará que la tierra sea nueva y el cielo también, pero necesita de nuestra actividad para que participemos conscientemente de ellos. Ahora… ¡a trabajar dignamente!

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