martes, 18 de junio de 2013

Gaudium et Spes (III): La Iglesia y el Ateísmo



Buen día, hermanos amados en el Señor. Que Dios Misericordioso siga llenado nuestras vidas con Su Amor para que podamos ser misericordiosos con todos los que nos rodean y así, por la intercesión de santa Juliana de Falconieri, todos juntos nos acerquemos a la Verdad y nos encontremos con Dios mismo.
En nuestra sociedad, con respecto de la religión, encontramos tres tipos de personas: los que profesan una fe, los que creen lo que sea que se les cruce por delante, y los que niegan la necesidad o la posibilidad de una divinidad. Los últimos pertenecen a una corriente que ha sido denominada por la Iglesia como ateísmo. Reflexionemos juntos con la Constitución Pastoral Gaudium et Spes sobre este tema.

En el Evangelio de hoy la Iglesia nos propone a Jesucristo que nos dice “Amen a sus enemigos y recen por los que los persiguen” (cf. Mt. 5, 43-48), y muchos creemos que todos los que no aceptan el mensaje de nuestro Señor son nuestros enemigos. ¡Qué error tan mayúsculo! Que haya personas que no compartan la fe nuestra no quiere decir que, necesariamente, están en contra de nosotros. Esta aclaración es necesaria porque el ateísmo muchas veces se manifiesta como oposición a la fe cristiana, pero otras veces no.
El número 19 de la Gaudium et Spes propone diversas posturas dentro del ateísmo: negar expresamente a Dios, la imposibilidad nuestra de afirmar la existencia de Dios, la inutilidad del planteamiento del problema, la negación de verdades absolutas, el conocimiento de la verdad sólo por la razón… Pero hay una que ha de llamarnos la atención: “puede bien suceder que una parte no pequeña de la responsabilidad cargue sobre los creyentes, en cuanto que, por el descuido en educar su fe o por una exposición deficiente de la doctrina, que induce al error, o también por los defectos de su vida religiosa, moral o social, en vez de revelar el rostro auténtico de Dios y de la religión, se ha de decir que más bien lo velan” (óp. cit.).
Afirman los padres conciliares que una parte de la responsabilidad es nuestra ignorancia con respecto de nuestra propia fe. ¡Lógico y justo este argumento! ¿Cuántas veces no has dicho a tus hijos, sobrinos, hermanos o amigos que si hacen algo mal Dios los castigará o se alejarán de Dios? ¿Cuántas veces somos públicamente agradecidos con Dios por lo bueno o lo rechazamos por lo malo? ¿No recuerdas las ocasiones en las que has hecho de la oración una carga para los demás o un compromiso para que te vaya bien? Ése no es Dios. Ése no es nuestro Señor. Eso que haces es motivo para que otros no quieran creer y afirmen que no es necesario creer. Y eso es sólo lo religioso de tu vida; no entremos en lo moral o en lo social.
Como vivimos en un mundo que tiene como principal sistema político la democracia, y el sistema económico más difundido es el capitalismo, vemos que la afirmación del ser humano que obtiene lo que se propone es el cuadro que se nos pinta. La mayoría de nosotros tiene en su cabeza un concepto muy marcado de autoafirmación, de no aguantarle nada a nadie, de tener cosas para sentirse mejor. Esto es parte de la sistematicidad del ateísmo (cf. GS 20). Y, por supuesto, esto no es lo que desea la religión o la fe; por ello se ataca la religión en los estados cuyos dirigentes tienen estas posturas. Si eres de los que piensa así, aún no has conocido a Dios.
El ateísmo no es enemistad con los creyentes, por ello no podemos ignorar sus posturas ni tampoco rechazarlas. Es menester que estudiemos las causas de este ateísmo “con seriedad y profundidad” (GS 21). Por ellos, el remedio a esta postura que quiere alejarse de Dios es exponer adecuadamente nuestra doctrina y exponernos a nosotros, la Iglesia, como verdaderos creyentes de una doctrina que le da la justa dimensión al ser humano (ibíd.). Aprovecha este Año de la Fe y aprende a amar a Dios y al ser humano. No es sólo por ti que estás aprendiendo estas cosas, sino también por los hermanos mucho más necesitados de tú que se han ido del camino de Dios por malos testimonios tuyos y míos. No son nuestros enemigos, pero ámalos; no todos nos persiguen, pero reza por ellos.

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