martes, 14 de mayo de 2013

Sacrosanctum Concilium (XI): La Música Sagrada

Dios, que siempre regalas cosas buenas a aquellos que buscan de Ti, concédenos la gracia de vivir plenamente la acción de tu Espíritu, para que nos recuerde todas las cosas que Tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, nos enseñó, y que, por la intercesión de san Matías, apóstol, nos encontremos con esta Verdad en el seno de la Iglesia. Buen día para todos, hermanos.
De los siete capítulos que posee la Constitución Dogmática Sacrosanctum Concilium, el sexto es el dedicado a la música en la Liturgia; esto quiere decir que los padres conciliares entienden, con toda la Iglesia, que primero debemos que conocer la teología de la Liturgia y vivir su espíritu para luego profundizar en los conocimientos musicales de este género. Sin embargo, lo que vemos es lo contrario: grandes discusiones (innecesarias en su mayoría) sobre si tal o cual canto es de la Liturgia o no, y se convierten en infructuosas porque ambas partes pudieran desconocer el espíritu de la Liturgia.

La tradición musical de la Iglesia universal constituye un tesoro de valor inestimable […] principalmente porque el canto sagrado, unido a las palabras, constituye una parte necesario o integral de la Liturgia solemne” (SC 112). La función de la música y el canto en la Liturgia no es la de rellenar momentos, ni la de complacer los sentimientos, sino que es un auténtico ministerio litúrgico (cf. SC 29), y debe hacerse con la piedad y el orden necesarios. El papa Francisco nos dijo ayer que el Espíritu Santo nos recuerda lo que Jesucristo nos enseñó, por lo que “un cristiano sin memoria no es un verdadero cristiano” y debe recordar la historia de su fe (cf. Homilía del 13 de mayo de 2013, en la Casa Santa Marta). Por esta razón, rechazar a historia musical de la Iglesia no es una opción para un creyente.
Mientras más unida esté a la acción litúrgica, más santa será la música sagrada (cf. SC 112); los textos del canto sagrado deben estar de acuerdo con la doctrina católica y deben tomarse la Sagrada Escritura y de las fuentes litúrgicas (cf. SC 121). Esto quiere decir que sí hay libertad en la composición musical sagrada y en su interpretación, pero tiene una ordenación, ya que la Liturgia es celebración, pero es celebración solemne (cf. SC 113). Esta “Schola cantorum” debe fomentarse en todas las comunidades, pero debe recibir formación musical sagrada, porque, de no ser así, no es sino un grupo que se encarga de amenizar los momentos de la Liturgia.
Hay varios tipos de música sagrada, y el concilio le da toda la importancia posible al canto gregoriano, porque “es el propio de la liturgia romana” (cf. SC 116), sin embargo no quiere decir esto que se eliminara la polifonía (cf. ibíd.) ni el canto religioso popular (cf. SC 118). Estos tres tipos son tomados como ejemplo por los padres conciliares debido a la importancia que tienen en la Liturgia. Pero es necesario aclarar que no es cualquiera polifonía, sino la polifonía sagrada; no es cualquier canto religioso popular, sino el canto religioso popular sagrado. Son himnos, son cantos, es música que ha sido compuesto para la Liturgia y, por lo tanto, han sido compuestos desde la Liturgia. Por supuesto, debe esto implicar un conocimiento teológico conforme a la fe de la Iglesia: por ejemplo, no podemos cantar un himno del Antiguo Testamento olvidando que éste sólo tiene sentido desde el Nuevo Testamento, desde Jesucristo.
Quiere decir todo esto que la función de la música para la Sagrada Liturgia, que es acción de Cristo (cf. SC 5), debe hacerse según la vida de Cristo: hay momentos de gozo, momentos de reflexión, momentos de interiorización, momentos de exaltación, pero todo desde la solemnidad del misterio de la Vida de Cristo. Quienes preparen la música para la Liturgia santa deben procurar tener el sentir de la Iglesia y no sólo formarse en uno que otro canto, sino formarse en la historia de la música sagrada. El concilio no pretende aclarar todas las dudas en este aspecto, sino normarlas. “Tra le sollecitudini” de san Pío X, o “Musicam sacram” aprobada por Pablo VI, o el Quirógrafo de Juan Pablo II pudieran orientarnos más en este sentido. Lo que queremos es que reflexionemos sobre qué hemos hecho con la música sagrada y pongamos de nuestra parte para volver a ponerla en el lugar que debe estar: en la Liturgia misma.

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