martes, 28 de mayo de 2013

Sacrosanctum Concilium... Vitam Christianam Augere

Que Dios Padre, que Uno y Verdadero, tenga misericordia con todos nosotros y siga mostrándonos el camino de la Verdad a pesar de nuestras faltas, y que, por la intercesión de san Germán de Borgoña, podamos usarla para el bien de nuestros hermanos y mayor gloria Suya. Buen día para todos.
Desde el día 5 de febrero hemos venido reflexionando con la Constitución Dogmática Sacrosanctum Concilium que traza las pautas dogmáticas sobre la Liturgia. Lo que hemos venido viendo con estas doce reflexiones son cosas no opcionales, sino que son cosas dogmáticas. La Liturgia es lo que es porque así ha decidido la Iglesia que sea. Esto no es un capricho de “atar pesadas cargas y ponerlas sobre los hombros de los demás” (cf. Mt. 23, 4), sino que es cumplir con el precepto de santificar las fiestas.
Es muy curioso ver cómo los católicos sacamos la Liturgia de la fe y la vemos como algo accesorio a ella. Es curioso cómo respetamos la Sagrada Escritura y la constitución de la Iglesia, pero creemos que hay que andar desobedeciendo la Liturgia. Es más, muchos tenemos actitudes ante la Liturgia como si ésta fuera maneras en las que nos ponemos de acuerdo para hacer las cosas en una misa. El numeral 1 de la Sacrosanctum Concilium afirma que la vida cristiana se acrecienta día a día (vitam christianam inter fideles in diez augere) viviendo la Liturgia. Es más, los padres conciliares se atreven a afirmar en el mismo numeral que la promoción de la vivencia de la Liturgia puede contribuir a la unión de cuantos creen en Jesucristo, y fortalecer la invitación a todos los que no creen aún.

¿Cómo vamos, pues, a lograr que haya unidad de los cristianos, si cada uno vive su fe como le viene en gana? ¿Hacia qué es que procuramos que se unan: a adaptaciones vacías de frases trilladas, gestos cadavéricos y cantos huecos que buscan sólo hacer sentir bien a la persona? ¿Desde cuándo ha sido Jesucristo alguien que busca hacer sentir bien a la persona? ¿Acaso Jesucristo no interpela? ¿Acaso el Señor Jesucristo, que nos redime, no ha buscado que renunciemos a lo que hemos venido siendo y nos volvamos a Dios?
La celebración de los sacramentos (leiturgia), el anuncio de la Palabra de Dios (kerygma-martyria) y el servicio de la caridad (diakonia) son tareas de la naturaleza íntima de la Iglesia que se implican mutuamente y que son inseparables entre sí (cf. Benedicto XVI, Deus Caritas est, 25). Es, pues, inconcebible que un cristiano busque la comunión con los demás hermanos (koinonia) si primero no conoce y vive la naturaleza de la Iglesia. Y no nos referimos a una de las tantas iglesias, sino a la Iglesia, la instituida por nuestro Señor Jesucristo (cf. Mt. 16, 18), aquella de la que afirma san Clemente de Alejandría (†200): “¡Qué sorprendente misterio! Hay un solo Padre del universo, un solo Logos del universo y también un solo Espíritu Santo idéntico en todas partes; hay también una sola virgen hecha madre, y me gusta llamarla Iglesia”. No podemos estar llamándonos Iglesia si no buscamos conocer la naturaleza de Ella, cuya celebración de la Fe ocurre en la Liturgia.
Y no es que leer la Sacrosanctum Concilium te hace experto en Liturgia, puesto que hay muchísimos documentos que desarrollan los temas litúrgicos, empezando por las Praenotandas de los sacramentos. La razón por la cual existe este documento del Concilio Vaticano II es para constituir dogmáticamente la naturaleza, la reforma y el fomento adecuado de la Liturgia. Me atrevo a parafrasear a san Pablo al decir: ¿cómo invocar al Señor si creo que es lo mismo un sacramento que una asamblea de oración? ¿Cómo creer en el Señor si lo que oímos hablar de Él son cosas intangibles? ¿Y cómo oír hablar de Él si lo que nos predican son verdades a medias o mentiras completas? ¿Y quiénes predicarán si quienes les envían saben menos de lo debido? (cf. Rom. 10, 14-15a).
¿Quiénes somos, pues, los responsables en este Año de la Fe de que la Liturgia ejerza la obra de nuestra Redención (cf. SC 2)? La respuesta es sencilla: tú y yo. No te dejes llevar por la corriente. Aunque haya cosas que hagas desde hace años de una manera dada, revisa los documentos, revisa la Fe de la Iglesia. No vayamos como muertos en vida tratando de que la Liturgia sea “más alegre”, “más viva”, que por esa razón es que ella ha ido muriendo poco a poco. Cuando entendamos que la Liturgia tiene un espíritu que nos eleva sobre nuestras limitaciones humanas y nos une a la plenitud de la Alegría, que es Dios, dejaremos estos deseos infructuosos de cambiarlo todo. Ama la Liturgia, ama a Cristo, ama a la Iglesia… pero de corazón.

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