martes, 23 de abril de 2013

Sacrosanctum Concilium (VIII): Sacramentos y Sacramentales



Que hoy sea un día lleno de bendiciones y que la semana siga reflejando los frutos del Amor de Dios en nuestras vidas. Que Dios nos muestre la Luz de Su Verdad, para que, por la intercesión de san Jorge, mártir, seamos reflejo de la misma para nuestros hermanos.
Este Año de la Fe ha sido uno muy bendecido para los que hemos querido formar parte del llamado de la Iglesia a conocer nuestra Fe. Sin embargo, es lamentable tener que reconocer que no todos los católicos estamos poniendo de nuestra parte. Hay quienes escucharán por vez primera la palabra “sacramental” y no profundizarán en esto. Hay toda una teología litúrgica sobre los sacramentos y los sacramentales, y, en parte, es sobre esto que reflexionaremos hoy: el capítulo III de la Constitución Dogmática Sacrosanctum Concilium del Concilio Vaticano II.

Soy facilitador en un diplomado de Liturgia que está impartiendo la Vicaría de Servicios Pastorales de mi Arquidiócesis. La semana pasada comentaba a los asistentes que somos nosotros los culpables de que nuestros hermanos se vayan de la Iglesia o rechacen la fe. “Hemos decidido no imponerles ninguna carga más que las indispensables” inicia el documento conclusivo del primer concilio de la historia de la Iglesia (cf. Hch. 15, 1-30); “es de suma importancia que los fieles comprendan fácilmente los signos sacramentales” afirma el Concilio Vaticano II (cf. SC 59); entonces, ¿por qué es que complicamos la existencia de nuestros hermanos con pasos, imágenes, flores, sonidos…? Los signos se explican por sí mismos; si hay que explicarlos, no están siendo eficaces.
Lo mismo suele suceder con los sacramentales: todo tipo de bendiciones de personas, de lugares, de propiedades, de situaciones, exequias, exorcismos… queremos ponerlos con efectos especiales, hasta el punto de que, si no lo hacemos rellenando hasta los silencios litúrgicos con sonidos innecesarios (padrenuestros y avemarías repetitivos), creemos que no tienen sentido. Cabe repetir lo que le dijeron los criados de Naamán, el sirio, cuando rechazó el medio de curación que le propuso el profeta Eliseo: “si el profeta te hubiera mandado una cosa extraordinaria, ¿no la habrías hecho? ¡Cuánto más si él te dice simplemente: Báñate y quedarás limpio!” (cf. 2 Re. 5, 1-19). Los sacramentales deben llevarnos con su sencillez a los sacramentos (SC 60); los sacramentos deben explicarse por sí mismos casi en su totalidad.
Al final, la celebración de la fe tiene dos objetivos fundamentales: santificar al hombre y alabar a Dios (cf. SC 61). Si la preparación de la Liturgia te hace fijarte en el culto a Dios, pero te lleva a criticar a tus hermanos, no estás viviendo el espíritu de la Liturgia. Lo mismo si el desarrollo de la Liturgia te lleva a querer bailar o a aplaudir. Diría Joseph Ratzinger: “Donde quiera que estalle un aplauso en la Liturgia por algún logro humano, es un signo seguro de que la esencia de la Liturgia ha desaparecido totalmente y de que ha sido reemplazada por algún tipo de entretenimiento religioso” (Lo Spitiro della Liturgia, pp. 187-188, en: Joseph Ratzinger, Opera Omnia, Libreria Editrice Vaticana, 2010, 849p).
Hay reformas que el Concilio Vaticano II introdujo sobre la lengua vernácula en los sacramentos, el catecumenado de adultos y en las misiones, el bautismo de adultos y niños, y los bautismos numerosos y por urgencia, la bendición del agua bautismal, los ritos de la Confirmación, la Penitencia, la Unción de los enfermos y a cantidad de unciones, el Orden Sacerdotal y el Matrimonio, la profesión religioso, los ritos funerarios o exequias y la sepultura de niños (cf. SC 62-82). Pero nada de ello tiene sentido si lo olvidamos en las páginas, si no lo vivimos, o si no ponemos de nuestra parte para que los demás lo vivan.
El problema es que solemos estimular más la mecánica de la Liturgia en lugar de la teología de la Liturgia. La razón por la que vemos hermanos desubicados o asustados o que prefieren irse de la fe es esa misma: hemos atado pesadas cargas y las ponemos sobre los hombros de los demás (cf. Mt. 23, 4). ¿No damos a conocer aquello que debemos aprender a amar, pero exigimos que lo amemos? ¿Nos hemos vueltos hipócritas? ¿Somos fariseos en la Liturgia? Que esta sea una llamada de alerta, y que sepamos edificar este cuerpo de Cristo con el testimonio coherente de fe que celebramos.

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