martes, 5 de marzo de 2013

Sacrosanctum Concilium (IV): La Reforma Litúrgica. Jerarquía y Comunidad



Buen día, hermanos. Que Dios siga iluminando nuestras vidas con Su Amor para que, por la intercesión de san Lucio I y san Adrián, podamos iluminar nosotros con Su Luz la vida de los demás.
Hemos tomado todo este tiempo para ir desmenuzando poco a poco la Constitución Dogmática Sacrosanctum Concilium sobre la Sagrada Liturgia, ya que es un pie del cual solemos cojear los creyentes. Como nuestra fe no es la religión del libro (cf. CIC 108), sino que la naturaleza de la Iglesia tiene una triple tarea: anuncio, celebración y servicio del Amor de Dios, entendemos la necesidad de profundizar más en estos temas. Hoy reflexionaremos sobre lo jerárquico y lo comunitario de las celebraciones litúrgicas.
Las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia”, nos dice el número 26 de la SC. Esto quiere decir que no pueden ser “adaptadas” a deseos particulares de una persona o un grupo. Sí hay diversidad en la espiritualidad, pero no hay diversidad en el mismo Espíritu que la inspira. Por ello, el verdadero dueño de cada celebración litúrgica es el Espíritu, ése que habita en cada bautizado; y es un irrespeto contra ese mismo Espíritu el excluir a personas de las celebraciones. Esto hace referencia, entre otras cosas, a aquello de preferir llevar un sacerdote para concluir algún retiro, alguna convivencia, en lugar de sumarse a la celebración comunitaria parroquial.
Cuando queremos “cualquierizar” las celebraciones litúrgicas, y las consideramos como un servicio que nos hace la Iglesia, no hemos comprendido el concepto de “Liturgia” y, mucho menos, el de “Iglesia”. Por ejemplo, ahora en Cuaresma, ¿por qué preferir una celebración individual del Sacramento de la Reconciliación antes que la celebración comunitaria que propone el párroco a la comunidad? Excepto si hay razones de fuerza mayor, nunca debe preferirse lo particular ante lo comunitario (cf. SC 27). Y de esto debe estar consciente también el presbítero, el diácono, el obispo, porque la mucha relajación de estas normas conlleva a un irrespeto al carácter comunitario de la Salvación.
En este sentido, debemos reconocer que hay una armonía en las funciones de la Liturgia (cf. SC 28): no somos todos iguales en la celebración de la Fe, aunque sí lo somos en cuanto bautizados. El ministro del sacramento a lo suyo, el laico a lo suyo. Hermano obispo, hermano presbítero, hermano diácono, al permitir que los demás imiten las funciones que a ti te corresponden, estás incentivando la ruptura de la separación lógica que hay entre Jesucristo y sus amigos. Mucho ha amado el Señor a sus apóstoles (cf. Jn. 15, 15), pero no quiere esto decir que Él les permitió a ellos ser otros Jesucristo. Lo mismo en las celebraciones litúrgicas, en las que el ministro actúa in persona Christi: no ayuda a la fe que llega por el testimonio aquello de que todos pueden hacer lo que sea en las celebraciones litúrgicas. Educar en la fe es propio de los que han recibido el Sacramento del Orden Sacerdotal.
Lo mismo a los laicos que sirven en los sacramentos: “acólitos, lectores, comentadores y cuantos pertenecen a la Schola Cantorum […] es preciso que cada uno a su manera esté penetrado del espíritu de la Liturgia y que sea instruido para cumplir su función debida y ordenadamente” (SC 29). Hermano, haz lo tuyo, pero hazlo con el espíritu propio de la Liturgia, esto es, con respeto, con orden, con solemnidad, con la actitud del que sabe que transmite a Jesucristo. Esto incluye gestos y posturas corporales y el silencio (cf. SC 30). Debe fomentarse el silencio, pero no sólo para la ausencia de ruido, sino para que demos espacio a que Dios hable a nuestras vidas.
Muchos me preguntan sobre cómo conocer todas estas cosas, y les respondo que todo está en las rúbricas. Es decir, en los libros que utilizan los ministros para las celebraciones, hay letras rojas que explican el proceso de cada celebración. Fomenten los sacerdotes este conocimiento y la participación activa a partir de ellas (cf. SC 31), y procuren los laicos conocerlas, ya que todo eso se encuentra disponible ampliamente en internet o en librerías. Al final, esto nos dice que la Liturgia Santa es un acto para todo y de todos, pero cada cual según su condición y estado (cf. SC 32). No alejes a los que no conocen por cuestiones antojadizas, ni logres que los encargados de vigilar por el cumplimiento de la Liturgia se conviertan en ogros. El primer paso para que vivas adecuadamente la celebración de la Fe es y será siempre la obediencia a los que, con conciencia, procuran que se realiza adecuadamente.

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