martes, 29 de enero de 2013

Dei Verbum Religiose Audiens



Buen día amados hermanos en el Señor. Que Dios Misericordioso y Eterno siempre nos muestre Su Rostro de Amor, para que ayudados por Su Sabiduría, por la intercesión de san Sabiniano y san Sulpicio, podamos siempre llevar íntegro Su mensaje a todos los que nos rodean.
Hemos Ido reflexionando poco a poco con la Constitución Dogmática Dei Verbum sobre la Revelación Divina. Hemos descubierto cosas tales como que la Revelación no es sólo la Sagrada Escritura, la Palabra de Dios ha quedado por escrito pero, igual, ha sido transmitida oralmente, y que es necesario entender esto para hacer una adecuada interpretación de lo que Dios nos ha dejado. Sin embargo, a pesar de estar este documento firmado por los padres conciliares con fecha del 18 de noviembre de 1965, todavía muchos católicos ignoramos estas cosas básicas. ¿Qué nos queda?

En decenas de ocasiones, al impartir cursos, prédicas y talleres sobre este tema, he recibido comentarios y gestos desaprobando esta realidad. “¿Qué la Biblia no contiene toda la Verdad? ¡Ese es del demonio! ¡No lo inviten más!”. “Biblia” no es lo mismo que “Palabra de Dios”, ni estas dos son lo mismo que “Sagrada Escritura”. Que la mayoría de la gente lo utilice indistintamente no nos da permiso de aceptar estos errores o de buscar la manera de diluir sus significados. Debemos educarnos y enriquecernos del tesoro que tenemos en nuestra fe.
En una ocasión, al afirmar que la salvación no es personal según el concepto errado que tenemos de “personal”, personas de mucho tiempo en los caminos del Señor sacaron sus biblias escandalizados de lo que dije intentando buscar la respuesta a mi “error”. No debemos confundir el concepto “personal” con el concepto “individual”, porque la fe sí es personal porque es la persona la que la recibe y la vive, pero no puede vivirla apartada de los demás, porque, de por sí, la fe integra y no divide. La salvación y la fe son realidades personales pero comunitarias; Jesucristo lo afirma al hablar del juicio final (cf. Mt. 25, 31-46). Cada vez que con alguien hicimos el bien, a Él se lo hicimos; cada vez que no hicimos el bien, a Él dejamos de hacérselo.
Dios se revela a cada persona, pero Su Revelación no se contradice con respecto de cada uno. Dios no es mentiroso, Dios es fiel. No puede ser posible que la Iglesia esté enseñando una mentira y que, a pesar de esto, los frutos sean cada vez más abundantes a lo largo de los siglos. La relación personal con Jesucristo no se ve aislada de la relación Suya con la Iglesia, puesto que somos nosotros partes del cuerpo (cf. 1 Co. 12, 12-30), y ese cuerpo es la Iglesia (cf. Ef. 4, 11-16). Por lo tanto, para amar a Dios en la plenitud de la Verdad, se hace necesario aceptar la Revelación de Dios en la Iglesia.
Es cierto que Cristo es la plenitud de la Revelación del Amor Supremo de Dios, pero esa Revelación se ha transmitido de maneras específicas a hombres que le han respondido adecuadamente; estos son hombres religiosos, hombres de fe real. Por ello, así como el concilio Vaticano II “Dei Verbum religiose audiens et fidenter proclamans” (DV 1), nosotros también con la fe de la Iglesia debemos escuchar religiosamente la Palabra de Dios y proclamarla con fe. No puede un buen creyente contradecir la acción del Espíritu a lo largo de tantos siglos, y luego afirmar que es el mismo Espíritu quien lo mueve.
¿Cómo llegaremos al camino de la santidad de una manera más firme? Entra en comunión con tu fe, con la Iglesia. Olvídate de cuestiones individuales, combate tus ansias de separación, no permitas que las pasiones humanas puedan más que el Espíritu Santo que se te ha dado. Inclúyete en comunidades de estudio bíblico en tu parroquia, estudia estos documentos de la Iglesia, ama con fervor la Palabra de Dios. Así como crees que la Palabra de Dios se ve limitada por las normas de la Iglesia, abre los ojos y cae en la cuenta que quien está atando a Dios a sus limitaciones eres tú. En la Iglesia y sólo en la fe de la Iglesia comprendemos la plenitud del Amor de Dios revelado a lo largo de la historia humana. Escucha la Palabra de Dios como Él quiso dejárnosla, y proclámala con esa misma sola fe.

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