martes, 22 de enero de 2013

Dei Verbum (IV): La Sagrada Escritura en la Vida de la Iglesia



Buen día, hermanos y hermanas en un solo Espíritu y una sola fe. Oh, Dios Padre Eterno, ten misericordia de nosotros todos. Que nuestras vidas sean imitación de la de Tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, para que, por la intercesión de san Vicente y la beata Laura Vicuña, comprendamos el valor de la Vida que procede de Tu Palabra y la amemos, la respetemos y la protejamos como el tesoro precioso que ella es.
Dios habla y las cosas vienen a ser. Dios se comunica y no sólo se deja oír, sino que se da. Como Dios es la Verdad, la Palabra Suya es Verdadera. Su Palabra es. Y es Palabra que, además, se encarna y se hace hombre, y se hace acontecimiento, y se hace encuentro real con nosotros. Por ello, la Palabra de Dios da Vida, y la Vida es, pues, sagrada porque procede de Dios comunicándose Él mismo. En EE.UU. se cumplen hoy 40 años de haberse permitido la legalización del aborto (el fallo Roe vs Wade). Aunque el mundo entero se proponga acabar con la vida humana por medio de envenenamientos sociales, psicológicos, físicos y asesinatos explícitos como el aborto, la Vida humana es y será siempre sagrada, y debe ser defendida. Es la Palabra de Dios comunicada en nosotros. Y justo de esto queremos reflexionar hoy con el cuarto capítulo de la Constitución Dogmática Dei Verbum sobre la Divina Revelación: qué hace la Sagrada Escritura en la Iglesia y qué hace la Iglesia con la Sagrada Escritura.

La Iglesia ha venerado siempre la Sagrada Escritura” (DV 21); no es cierto que la ha tenido escondida para que los laicos no la conozcamos, sino que le ha dado su valor para que cualquiera no la interprete según le venga en gana. La Sagrada Escritura es apoyo y vigor en la Iglesia, fortaleza de fe, alimento del alma y fuente de la vida espiritual (cf. Ibíd.). ¿Te imaginas que cada cual interprete la Palabra de Dios según se sienta hoy? ¿Dónde quedaría la Iglesia fundada por Jesucristo? ¿Dónde su envío apostólico? ¿Dónde la comunión? Por ello es que las traducciones deben ser bien cuidadas (cf. DV 22), para que la Palabra no sea malinterpretada, y por ello es que las distintas ediciones de la Biblia no pueden ser tomadas indiferentemente por los cristianos.
El estudio de la Sagrada Escritura debe ser según el Magisterio y el sentir de la Iglesia (cf. DV 23). ¿Por qué se hace difícil y hasta cansa estudiarla para un laico solo o para un grupo de laicos que no son guiados por alguien que sepa? Porque todo se diluye y se confunde, porque no hay un asidero adecuado, porque sólo en la Iglesia donde nace la Sagrada Escritura es que puede entenderse. Así, los teólogos debemos esforzarnos en nutrirnos de ella, porque ella es como el alma de la teología (cf. DV 24). No es un relajo o un punto de referencia, sino que la Sagrada Escritura es fundamento de la fe.
Un buen hijo de Dios escucha a Dios. Por ello, todos Sus hijos debemos escucharle, sobre todo aquellos que se encargan de transmitir la fe: catequistas, predicadores, locutores de radio, presentadores de televisión, cantantes, evangelizadores, sacerdotes… Todo el que habla de Dios y de Su Palabra debe tener una adecuada relación con ella (cf. DV 25). Así evitaremos la mera emoción al relacionarnos con Dios, así ayudaremos a que Dios verdaderamente transforme nuestras vidas y las de los demás. Un evangelizador que habla de Dios pero que no oye a Dios es un predicador vacío y superfluo. Por ello mismo es que el Pan de la Eucaristía va precedido por el Pan de la Palabra, para que las obras sean comprendidas, para que los sacrificios tengan sentido, para que las conversiones sean adecuadas.
Cuando oro, hablo a Dios; cuando leo y medito la Sagrada Escritura es Dios quien me habla a mí (cf. san Ambrosio, De officiis ministrorum, I, 20, 88). Tienes el mandato de hablar de parte de Dios. ¿De qué hablarás? De lo que conoces de Él. ¿Qué conoces de Él? Lo que lees de la Sagrada Escritura que fue dejada en el seno de la Iglesia como fuente perenne de santidad y conversión. ¿Quieres ser santo? Ama a Dios y Su Palabra, lee y conserva la escritura divina en tu vida, aplícala y dala como testimonio. Que la Sagrada Revelación sea motivo de defensa constante de los dones que Dios nos ha dado, empezando por el de la vida.

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