martes, 4 de diciembre de 2012

Lumen Gentium (VIII): La Santísima Virgen en el Misterio de Cristo


Buen día, amados hermanos y hermanas en el Señor. Que al iniciar este nuevo año litúrgico seamos capaces de entregar nuestras vidas a la Voluntad de Dios, para que Él se encargue de que nuestros corazones sean lugares idóneos para el nacimiento de Su Hijo, nuestro Señor Jesucristo. Que por la intercesión de san Juan Damasceno, nos volvamos almas que engendran a Cristo según la fe a imitación de la Madre Buena e Inmaculada que permitió que Dios hiciera Su Voluntad en ella.
Estamos en Adviento, tiempo de espera, tiempo de preparación. La Virgen María se encuentra con unas 37 semanas de embarazo, y se acerca el momento en el que llegará la Luz al mundo según la Voluntad del Padre. En esta semana, el día 8, celebraremos la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, y veremos cómo el nacimiento de ella y la necesidad de su presencia se anunciaban desde el principio de la Creación. Justamente nos corresponde culminar la Constitución dogmática Lumen Gentium con la reflexión sobre el capítulo VIII: La Santísima Virgen María, Madre de Dios, en el Misterio de Cristo y de la Iglesia.

María es catalogada por el Concilio como “verdadera Madre de Dios y del Redentor”, como “redimida de modo eminente”, como “enriquecida con la suma prerrogativa y dignidad de ser la Madre de Dios Hijo”, como “hija predilecta del Padre”, como “sagrario del Espíritu Santo”, como “tipo y ejemplar acabadísimo de la Iglesia en la fe y en la caridad”, y muchas bellezas más (cf. LG 53). Si los creyentes conociéramos estas cosas y las comprendiéramos, no sería necesario defender la fe frente a la indiferencia o los ataques contra la Madre del Salvador. No es invento de nadie que María haya sido, hasta cierto punto, necesaria para que nos salvásemos. Se bosqueja esto desde el principio, en Génesis 3, 15, y luego sigue por los profetas Isaías y Miqueas. Ella es tan importante no porque sea una especie de contenedor para el Hijo de Dios, sino porque de ella asume Él la naturaleza humana (cf. LG 55). Siendo esto así, y ella es una pecadora cualquiera, el Hijo fuera pecador también... y esto es una herejía mayúscula. Ya la describe a ella el santo que hoy recordamos: “Ella, por no tener pecado original, no tenía que recibir el castigo de la enfermedad” (S. Juan Damasceno, †749).
María es Madre de los vivientes, ya que, “así como la mujer contribuyó a la muerte, también la mujer contribuyese a la vida” (LG 56). Ella es verdadera Madre de Jesucristo, y le enseña Su camino desde el principio (cf. LG 57), lo acompaña en toda Su vida pública hasta Su muerte (cf. LG 58) y, además, continuó su misión en la Iglesia (cf. LG 59). Ella se hace mediadora porque Dios así lo ha querido: “la misión maternal de María para con los hombres no oscurece ni disminuye en modo alguno esta mediación única de Cristo, antes bien sirve para demostrar su poder” (LG 60). Así, ella se hace nuestra Madre según la Gracia, porque si Cristo es la Cabeza y la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, María es madre de Cristo y también de Su Cuerpo, que es la Iglesia. Es nuestra Madre desde la Anunciación hasta la eternidad (cf. LG 62). Esto nos enseña que la mediación de Cristo “no excluye, sino que suscita en las criaturas diversas clases de cooperación” (LG 62).
María es Madre de la Iglesia y, pues, la Iglesia se hace Madre por ella (cf. LG 63-64). Amar a María es amar a Dios, y esto hace que el Hijo “sea mejor conocido, amado glorificado, y que, a la vez, sean mejor cumplidos sus mandamientos” (LG 66). Por eso se hace necesario que haya un culto correcto según lo que la Iglesia enseña, sin exageraciones ni mezquindades, evitando palabras y obras que induzcan “a error a los hermanos separados o a cualesquiera otras personas acerca de la verdadera doctrina de la Iglesia” (LG 67).
María es signo de esperanza y de consuelo (cf. LG 68) con respecto de cada uno de nosotros y con respecto de toda la Iglesia. Ella es motivo de gozo y de paz (cf. LG 69) en el mundo. Ella es modelo perfecto de la verdadera vida en Cristo. No hay Navidad sin Cristo, ni hay Cristo sin María. Un verdadero católico debe aprender a amar a María para encontrarse con el Señor. Que esta primera semana de Adviento nos prepare, como María, a concebir la Palabra de Dios en nuestras vidas y ponerla a dar frutos en la fe, la esperanza y la caridad.

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