martes, 18 de septiembre de 2012

Biblia, Sagradas Escrituras y Palabra de Dios (III)



Que hoy sea un día lleno de bendiciones para cada uno de nosotros. Que Dios Padre nos muestre Su Amor y Su Misericordia para que seamos fieles a Su Voluntad, y que, por la intercesión de san José de Cupertino, descubramos la Verdad que sólo se encuentra plenamente en Jesucristo, nuestro Señor.
¿Para qué sirve el conocimiento del Señor? ¿Para qué tanta teología, tanta lectura? Hemos visto que la Biblia es el libro que contiene las Sagradas Escrituras, y que las Sagradas Escrituras son una de las maneras que ha utilizado Dios para darnos a conocer Su Palabra. Sin embargo, habrá alguno que dirá que es de necios hacer este tipo de diferencias, que es invento humano y que es, por tanto, innecesario. A esas personas les diremos que así pensaban unos cuantos con respecto de muchos temas de la fe cristiana y terminaron generando dificultades que se han extendido por casi 500 años. ¿Acaso es necesario conocer estas cuestiones técnicas de las Sagradas Escrituras?

Un sí rotundo sería una buena respuesta que diéramos a los hermanos católicos que reconocen que la Palabra de Dios no puede verse limitada a un libro y que se hacen ese tipo de preguntas. Sin embargo, como sabemos que no muchos de nosotros nos dedicamos a profundizar de verdad en las Sagradas Escrituras, como sabemos que muchos empiezan a leer los libros de la Biblia sin ningún tipo de orientación, es necesario hacer énfasis en estas cuestiones. ¿Cómo puede Dios hacer que todo lo que Él ha dicho al mundo quepa en un solo libro? No es que Él no tenga poder para hacer eso, sino que no es razonable considerar que exclusivamente las Sagradas Escrituras pueden tener el mensaje de la Salvación si hay cosas que Dios ha hecho y no quedaron por escrito. Nosotros reconocemos que hay una suficiencia material en las Sagradas Escrituras, es decir, que ellas contienen explícita o implícitamente todo lo que necesitamos para la fe; sin embargo, condenamos que haya una suficiencia formal de ellas, es decir, que ni la Tradición ni la Iglesia son necesarias para comprender lo explícito que hay en ella. No pueden ser comprendidas las Sagradas Escrituras fuera del lugar y el contexto en el que nacieron: la Iglesia.
Antes del año 397, eran la predicación y la autoridad de la Iglesia lo que lograban las conversiones, ya que para esa fecha fue que se compiló la Biblia. Era la enseñanza de los apóstoles la que permitía que hubiera unidad en la Buena Nueva (cf. Hch. 2, 42). Sin embargo, cuando un católico decide alejarse de la autoridad de la Iglesia pero quiere seguir creyendo en Jesucristo a su manera, lo primero que hace es darle la autoridad a la Biblia y la interpreta como gusta. Conferir toda la autoridad a la Biblia hasta el punto de caer en una bibliocracia se denomina “sola scriptura”, es decir, que sólo las Escrituras contienen toda la verdad para alcanzar la salvación. No hay nada más alejado de la realidad, porque es atribuirle a la Biblia la calidad de recetario de Dios para llegar a un fin, ignorando las realidades sociohistóricas que rodeaban a los autores de los textos. Asumir que sólo la Biblia es la autoridad es asumir una posición circular de la que nunca se saldrá a menos que se acuda a interpretaciones personales de algunos textos. Tan pronto esto ocurre, ya no hay autoridad bíblica.
¿Cuál debe ser la manera correcta de aproximarnos a las Sagradas Escrituras? Dejándonos orientar por aquellos que han hecho posible que lleguen hasta nosotros. Leer una carta de san Pablo, por ejemplo, da frutos, sin embargo, leerla con conciencia del contexto del texto da muchos más frutos. Tan sencillo como ir hacia atrás en la historia y ver qué han dicho los primeros sucesores de los apóstoles con respecto de las Sagradas Escrituras nos dejará ver el espíritu con el que fueron escritas y con el que deben ser interpretadas. Por ello es que no debemos andar preparando prédicas o reflexiones a partir de las Sagradas Escrituras sólo con oración, porque serán interpretadas dependiendo del ánimo que tengamos y de las circunstancias que nos rodean… Esto último no está mal, pero sí deja incompleta la interpretación y, por lo tanto, la plenitud del mensaje que debe ser llevado.
Un verdadero creyente confía en los hermanos que les han precedido en la fe, en aquellos que han entregado su vida defendiendo esta Verdad, y que no han buscado divisiones, sino la unidad. Muestra de que la “sola scriptura” no deja frutos debidos se nota en los cientos de divisiones que han ocurrido desde la reforma de Martín Lutero al interior de esos “reformados”: luteranos, menonitas, presbiterianos, bautistas, metodistas, adventistas, mormones, testigos de Jehová… Si Jesucristo vino a darle cumplimiento a la ley y los profetas, no creo que sea capaz de lograr que haya alguien que se meta en medio y separe a los hermanos (diabolos), sino que Él dejaría la autoridad a aquellos que se reúnen en su nombre para ser uno como Él y el Padre (ekklesía). Amar las Sagradas Escrituras es amar a la Iglesia en la que nacieron y, por lo tanto, respetar el espíritu con el que fueron escritas y saber obedecer las enseñanzas que la Iglesia nos da de ellas.

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