martes, 7 de agosto de 2012

Nuestras Eucaristías se Llenan (I): Las Misas de Cuerpo Presente

Buen y santo día, hermanos y hermanas en Jesucristo. Pidamos con fervor a Dios que nos conceda la gracia de conocer cada día más las verdades de nuestra Fe para que podamos acercarnos con sinceridad de corazón a los misterios de nuestro Señor Jesucristo, y así, por la intercesión de san Cayetano de Thiene, sepamos ser adoradores genuinos del Señor Sacramentado.
La liturgia de la Palabra nos hace volver la mirada durante todo este mes de agosto sobre el capítulo 6 del evangelio según san Juan, texto que hace referencia a la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. Es interesante destacar que san Juan no relata la institución de tan hermoso sacramento, sin embargo sí dedica todas estas líneas para poner en labios de Jesús algo que debería resonar con frecuencia en nuestras mentes: “si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes” (Jn. 6, 53). Es claro que la Iglesia no se ha equivocado en dos mil años con la celebración de este inmenso misterio de Amor y de Fe, sin embargo hay muchos que hemos puesto de lado la importancia del sacramento y lo hemos convertido sólo en un signo. ¿Cómo puedo hacer que los demás no quieran buscar del Señor? Siendo mal ejemplo frente a la Eucaristía.

Nuestras eucaristías se han convertido en lugares en los que disociamos la realidad, y la convertimos en caricaturas de nosotros mismos y de los demás. A todos parece olvidársele que el obispo, el presbítero o el diácono que preside es una persona humana que merece respeto y que merece que se le defienda la dignidad. Por igual, hay quienes se olvidan de que no son invisibles y que podemos ver cada vez que mastican goma de mascar, cada vez que se peinan el pelo, cada vez que hablan por el teléfono móvil… Nuestras eucaristías se llenan, ¿pero se llenan a costa de quiénes? De personajes “cumplidores” que hacen de nuestras celebraciones misas de cuerpo presente… El cuerpo está presente, pero el corazón y la mente están en superficialidades.
Hoy parece tan fácil ir vestido inadecuadamente a la eucaristía porque “tengo otra actividad después de misa”. ¿Es que el creyente ya no cree? ¿Es que el cristiano ya no elabora su vida alrededor de la Eucaristía dominical? Si tienes alguna actividad que amerite una vestimenta menos formal que la necesaria para asistir a celebrar el misterio de la Vida misma, con tantas celebraciones disponibles, ¿por qué escoges irrespetar al Señor Jesucristo, irrespetar a Dios mismo, irrespetar a tus hermanos e irrespetarte a ti? Son muchos los católicos que conozco que no ponen de su parte para no ser motivo de pecado para sus hermanos. Da terror ver cómo hemos permitido que la “libertad” haya llegado a ser irrespeto… La libertad real no es una que te aísla, sino la que te une con tu comunidad, la que hace que todos busquemos juntos el bien común, la justicia y el derecho. Si en el culto a Dios hacemos lo que nos plazca, ¡cuánto más sucederá (y sucede) en nuestras sociedades y culturas! Drogas, atracos, politiquería basada en la mentira, desfalcos, prostitución… son sólo maneras de vivir esa falsa libertad que profesas tú con tu presencia física pero ausencia espiritual en la Eucaristía.
Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed” (Jn. 6, 35). Él es el pan de la Vida, pero hay que creer en Él y hay que ir a Él. No es un cumplimiento cultual, sino un cumplimiento de la Fe. El que acude a la santa Eucaristía debe hacerlo por el Amor y la Misericordia que brotan en su vida gracias a la acción de Dios en ella. Si Él no te rechaza, ¿por qué no lo tratas con Amor en el único lugar en el que Él decidió permanecer verdadera y sustancialmente? No dejemos que nuestras misas sean de cuerpo presente, no seamos cómplices de llenar templos y vaciar corazones. Los verdaderos creyentes aman a Dios en espíritu y en verdad, no sólo en cuerpo y falsedad, porque “Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad” (Jn. 4, 24). Cuando te distraigas en medio de la celebración, vuelve tu mirada y tu corazón al Misterio de los Misterios de Misericordia y verás a un Jesucristo que te ama; cuando veas a un hermano que se distraiga, vuelve tú tu mirada al Señor y, con tu ejemplo, lograrás que tus hermanos quieran creer como tú y vivan la fe que tú vives.

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