martes, 10 de julio de 2012

Reflexionemos Sobre Nuestra Fe (IV)

Que Dios Padre nos enseñe el camino que debemos recorrer para encontrarnos con Él, y que, por intercesión de san Cristóbal y santa Amelia, podamos ser motivos de encuentro con Dios para los demás. Que este día sea uno lleno de bendiciones para todos.
No es posible transmitir lo que no se cree y no se vive. No podemos dar a los demás aquello que no hemos conocido. Es imposible para una persona comunicar aquello que ella misma no conoce. Esta realidad la entendemos perfectamente con nuestras profesiones, nuestros estudios académicos, nuestros trabajos… pero parece que la ignoramos y la bloqueamos en lo que se refiere a nuestra fe.  La transmisión de la fe es responsabilidad de cada cristiano, y no sólo de unos cuantos, ya que ella sucede de dos maneras: por la palabra que se anuncia y por el ejemplo que se da. Un cristiano que no vive lo que profesa es difícil que sea motivo de salvación para el mundo. Es la fe la que introduce a la vida de comunión con Dios y permite el ingreso a la comunidad eclesial. Sin la fe, no podemos conocer a Dios ni vivir la vida que Él quiere que vivamos.

El Instrumentum laboris del Sínodo sobre la Nueva Evangelización para la Transmisión de la Fe, en su tercer capítulo, es claro al reconocer que hay obstáculos que han impedido que la fe, en muchas comunidades, se convierta en una fe adulta. Al interior de nuestras comunidades estamos viendo que la fe está siendo vivida de una manera privada y en un modo pasivo, no estamos advirtiendo que tenemos necesidad de educación o formación en la fe, y, por ende, estamos separando la fe de la vida cotidiana. El ambiente sociocultural, por medio del hedonismo y el consumismo, el nihilismo que busca introducir a la fuerza, y el cierre a la trascendencia, está encargándose de que la libertad la sea vista como exceso de autonomía. ¿Qué estamos permitiendo? La fe nunca ha sido algo privado. Muestra de ello es la manera en la que vivían las primeras comunidades cristianas: “Se mantenían constantes en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones.  [...] Acudían diariamente al Templo con perseverancia y con un mismo espíritu partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios y gozando de la simpatía de todo el pueblo. Por lo demás, el Señor agregaba al grupo a los que cada día se iban salvando” (Hch. 2, 42.46-47).
El mejor lugar para la transmisión de la fe es una comunidad nutrida y transformada por la vida litúrgica y la oración” nos recuerda el documento, haciendo referencia a la Porta fidei y la Sacrosanctum Concilium. Es decir, es prácticamente imposible que la fe pueda ser puesta en práctica en los trabajos y lugares de estudios y en los hogares si no la celebramos con nuestra comunidad y no tenemos como respuesta a ella la oración. La fe debe ser profesada, celebrada, vivida y rezada (Porta fidei, 9) nos recuerda Benedicto XVI haciendo referencia a los cuatro bloques del Catecismo de la Iglesia Católica. Siendo esto así, la catequesis no debe ser considerada por nosotros como una preparación para los sacramentos, como vemos tantas veces que nosotros mismos hacemos al participar en un Bautismo, o en una Confirmación, o en una Primera Comunión, o en un Matrimonio. La catequesis no se reduce a esto, ya que la catequesis es la enseñanza de la fe. ¿Qué debe ser, pues, la catequesis? Una educación permanente de los cristianos. Y esto inicia en el hogar de manera ejemplar y se extiende a todos los ámbitos de la vida humana, procurando que la persona viva de manera integral el Evangelio: que piense y actúe de manera coherente, que se comporte a nivel personal como lo dice con sus testimonios públicos, que procure una vida comunitaria dejándose llevar del impulso misionero propio de la fe.
Hablo a los que tienen su fe débil: muy probablemente estás ahí por negligencia tuya, puesto que se te ha ofrecido espacios de conocimiento de tu fe y los has desechado, y has preferido fijarte en el ejemplo de aquellos que viven la mediocridad de la fe que dicen profesar. Ahora hablo a los que han encontrado un impulso en el conocimiento de su fe: no te quedes callado; busca espacios y medios para que sea constante en ti la transmisión de tu fe. Al final, todos avanzamos hacia la eternidad, pero no todos podrán acceder a la Vida Eterna, unos por negligencia pasiva y otros por activa. Esto no es una campaña apologética, sino que “es una invitación a vivir con aquella determinación de quien sabe que su meta es el encuentro con Dios Padre en Su Reino” (Instrumentum laboris, 119). El compromiso es tuyo, pero por convicción, no por obligación.

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