martes, 12 de junio de 2012

A Raíz del Taller de Apologética

Buen y santo día, hermanos y hermanas en la fe. Pidamos juntos a Dios que nos una en Su Amor, que haga de todos nosotros una sola familia dispuesta a trabajar por el rescate de muchos, que ilumine nuestras mentes con la fe verdadera para que podamos ser testigos capaces de dar sabor a este mundo, y que, por la intercesión de santo Domingo Savio, podamos ser ejemplo constante de la certeza que tenemos en ese Amor.
A raíz de un taller de apologética que impartimos en el fin de semana pasado muchas personas han sentido un reavivamiento de su fe. Y a Dios damos la gloria por tan generoso don. Sin embargo, ha habido otras que, sin haber realizado el taller, han querido criticar esto y utilizan de manera cerrada, fundamentalista e insistente el argumento que escribe san Pablo en su primera carta a Timoteo cerca del año 65: “Hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo” (2, 5). Lo que estos hermanos reduccionistas no comprenden es que es ese mismo Pablo quien habla de que a él es que le ha sido confiada la enseñanza de la sana doctrina del Evangelio, pero que, a la época, todavía no existía la Biblia como tal, ya que fue en el año 382 que se decidió promulgar oficialmente un canon bíblico. ¿A qué Evangelio se refería san Pablo si sólo es posible que el evangelio según san Marcos se hubiera escrito para ese entonces? Pablo se refería al mensaje transmitido de manera oral a él y que luego él enseñaba.

Es curioso que estos hermanos quieran cimentar su fe en la Biblia cuando las mismas Sagradas Escrituras hacen referencia a que no todo ha quedado compilado por escrito: el documento de la alianza que utilizó Moisés para establecer la alianza entre Dios y el pueblo (cf. Éx. 24, 7), los libros que cuentan los hechos y la religiosidad de Manasés (cf. 2 Cr. 33, 18-19), la carta anterior a la que consideramos la primera que escribió san Pablo a los corintios (cf. 1 Co. 5, 9), el lugar donde san Pablo expone la revelación que le hace Dios para recibir la Gracia Suya (cf. Ef. 3, 3), la carta de san Pablo a los laodicenses (cf. Col. 4, 16), y así muchas más, sobretodo del Antiguo Testamento, que tanto utilizan estos hermanos para sustentar su fe. Pero es igual de curioso que un católico se sienta mal porque la fe de la Iglesia no está sustentada sólo en las Sagradas Escrituras. ¿De dónde salió esto de la Sola scriptura? Nace con la reforma que propone Martín Lutero junto con la Sola fide, Sola gratia, Solo Christo y Soli Deo gloria. Es decir, es un concepto que procede del siglo XVI y que la misma Biblia no lo contiene. Por tanto, ¿realmente estoy llamado a creer sólo lo que contienen las Sagradas Escrituras?
La relación que debemos llevar con las Sagradas Escrituras es aquella de la Palabra de Dios, es decir, debemos reconocer que en la Sagradas Escrituras está la inspiración divina del Espíritu y, por lo tanto, debemos creer en ellas y amarlas. Pero, si limitamos la revelación de Dios sólo a las Sagradas Escrituras, ¿no estaremos diciendo que todas las cosas que no fueron compiladas porque se perdieron en el tiempo o aquellas cosas que no se escribieron no son parte de la Revelación Divina? Cuando san Juan dice que “Jesús hizo también muchas otras cosas, que si se las relatara detalladamente no bastaría todo el mundo para contener los libros que se escribirían” (Jn. 21. 25), ¿estaba siendo mentiroso? Si ese Juan es mentiroso, ¿no estarían también llenos de mentiras sus otros escritos: sus tres cartas y el Apocalipsis? Cuando san Pablo dice que toda Escritura está inspirada por Dios, y es útil para enseñar y para argüir, corregir y educar (cf. 2 Tim. 4, 16), ¿acaso está contradiciendo lo que decía al iniciar la misma carta sobre tomar como norma las lecciones de fe y de amor a Jesucristo que él enseñaba (cf. 2 Tim. 1, 13)? ¿Será acaso Pablo otro un mentiroso? ¡Qué injusticia tan grande cometemos contra Dios cuando queremos interpretar las Sagradas Escrituras por cuenta propia!
Lo verdaderamente triste de todo esto es que hay hermanos débiles en la fe que se dejan convencer de estas falacias. Son falacias que blanquean las causas que defienden, son falacias farisaicas que no ven el gran libro en el que Dios ha escrito verdaderamente: la historia humana. No hay historia de la Salvación sin historia del ser humano. Omitir los hechos negativos y exagerar los argumentos positivos sólo hinchan el ego de la persona que pretende defender un punto. Por ello, un verdadero católico primero conoce su fe para luego entrar en diálogo con los que no la comparten con él. Relacionarnos con Dios no es relacionarnos con la Biblia, sino con una Persona, con tres Personas, que comunican Su Amor a la humanidad y cuya Palabra máxima se llama Jesucristo, quien es confirmada cada día, cada hora, cada segundo por la acción del Espíritu Santo. No nos dejemos convencer por falacias lógicas, porque Dios no se contradice nunca.

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