martes, 29 de mayo de 2012

Las Dos Trinidades: el Valor de la Familia

Buen día, hermanos y hermanas. Que Dios sea nuestra Paz y que el testimonio de Su Amor sea el que constantemente demos. Pidamos juntos a Él que, por los méritos de la Resurrección de Su Hijo, por la Venida gloriosa del Santo Espíritu, y por la intercesión de san Voto y san Félix, sepamos ser verdaderos testimonios de unidad en la Fe, en la Esperanza y en el Amor.
Ayer estuve conversado con una joven madre sobre la manera en la que los padres de hoy han querido desentenderse de sus hijos y de la integración en la familia. Ella me contaba casos particulares que conocía de este tipo y yo me quedaba asombrado de las frases que escuchaba. Cuando una madre es capaz de dejar a su hijo o a su hija de 9 ó 10 años ir a una discoteca o salir al cine sin supervisión es claramente un acto de irresponsabilidad. ¿Cuáles principios y valores tendrá ese adolescente cuando necesite recurrir a ellos de manera autónoma? Gracias a la cultura de la indiferencia, de la pseudo-autonomía, y del individualismo, hemos llegado a creer que tener una familia es un derecho. Formar una familia no es un derecho, sino un deber. A propósito de esto, desde el día de mañana hasta el Domingo 3 de junio es el VII Encuentro Mundial de las Familias, y el tema será “La Familia: el Trabajo y la Fiesta”. Ahora que el concepto de familia está tan tergiversado y hasta prostituido, es necesario que los cristianos defendamos esta institución.

Me gusta definir la familia como lo haría Esteban Bartolomé Murillo, pintor español de la edad media, con su cuadro titulado “Las dos Trinidades”: la familia es imagen de la comunidad en la que son y participan el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Cuando el ser humano decide salir huyendo de Dios, no quiere que nada haga referencia a Él, incluyendo lo que hace totalmente referencia a Su Amor: la persona humana, la dignidad humana, el respeto por los demás, la vida familiar, la vida comunitaria, la justicia… Todo lo bueno es bueno porque es de Dios y, de una manera u otra, lleva a Dios. ¿Cómo podemos, pues, evitar que una familia que es reflejo de Dios nos lleve a Él? Destruyéndola. Cuando el trabajo de los padres y de los hijos mayores es el centro y el hogar es un lugar de comida y dormida, estamos destruyendo la familia. Cuando los estudios de los hijos son un escape para los padres, y no una oportunidad para aprender juntos no sólo lo académico sino la convivencia y las normas morales, estamos destruyendo la familia. Cuando la recreación o la fiesta es un motivo para evadir las responsabilidades familiares y lo material (comidas, bebidas, ropas, viajes…) se convierte en el centro, estamos destruyendo las familias.
Alguno aludirá que la situación económica no está para mantener más de un hijo. Otro dirá que es mejor esforzarse con pocos cuando uno esté realmente preparado, es decir, alrededor de los 30 ó 40 años de edad. Y yo les pregunto: ¿Bajo las normas de quién? ¿De la sociedad consumista en la que vivimos? Hoy hay más gastos porque hemos creado falsamente necesidades a partir de antojos. Ahora un vehículo nuevo es una necesidad, la ropa de marca es una necesidad, salir a ciertos lugares es una necesidad, consumir cierto tipo de alimentos es una necesidad. La situación económica mundial nunca mejorará porque hemos dejado que el consumismo se introduzca en la primera institución humana que es reflejo de Dios: el matrimonio que lleva a la familia. Ahora hay matrimonios por interés, matrimonios por inmoralidades, matrimonios de la tercera edad, y pseudo-matrimonios homosexuales. ¿Cuáles son los principios que transmitiremos a nuestros hijos si los principios que nos han unido como familia son caricaturas surrealistas de personas unidas para facilitar las cosas a nivel personal? Por ejemplo, es más cómodo vivir juntos porque los gastos son menores. Y ni hablemos de lo que ha sucedido con enseñar el valor de compartir las cosas o de ganárselas o del trabajo o del ahorro.
Hermanos católicos, no dejemos que las familias se destruyan. Si eres tú el único o la única persona creyente y practicante en tu familia, no te asocies a las tinieblas de ella. Asóciate mejor a la Luz que Dios ha puesto en ella, porque, así como tú has llegado a creer, los demás pueden llegar a creer también por el ejemplo que das. Si, por el contrario, por Gracia de Dios toda tu familia cree y practica, aprovecha y enseña a tus hijos a servir en cada lugar, a que sean capaces de mostrar lo aprendido en medio de las tinieblas de los sistemas escolares y universitarios decaídos, y tú busca la manera de trabajar por y para las familias en tu comunidad, en tu parroquia, en tu diócesis. Siembra en tu casa el deseo de ser más parecidos a la Sagrada Familia, como, por ejemplo, lo proponen las catequesis preparatorias para el VII Encuentro Mundial de las Familias, o lean juntos la Familiaris Consortio de Juan Pablo II. Si la Iglesia doméstica que es la familia termina destruyéndose, quedarán pocos cristianos en el mundo. La familia es escuela de valores, escuela de principio, escuela de trascendencia; en ella aprendemos a ser de Dios y aprendemos a ser, por el Amor, los unos para los otros. No nos quedemos de brazos cruzados y defendámosla.

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