martes, 7 de febrero de 2012

Maestro, ¿Dónde Vives? (V): La Metanoia

Buen día, hermanos amados en el Señor. Dios Padre bueno, que has querido que el ser humano, que se ha distanciado de tu Voluntad, se reencuentre contigo, te pedimos que, por la intercesión generosa de san Tobías y el beato Pío IX, podamos abrir los ojos de la fe ante las manifestaciones que realizas y sepamos verte a ti en lo natural y lo sobrenatural, sin olvidarnos del servicio a nuestros hermanos.
Para aquel que tiene fe, todo lo que se realiza en esta vida tiene consecuencias para la vida próxima. Pero, por igual, para aquel que no tiene fe… aunque desee no creer en eso. Nuestra vida no fue hecha como la de un arbusto, que, al secarse, muere y no deja consecuencias de su existencia. Nuestra vida tiene algo que no posee la vida de los animales y las plantas: un alma racional, un alma trascendental. La vida humana, siendo imagen de Dios, posee aspiraciones de trascendencia, esto es, todos los seres humanos buscamos algo más que lo que poseemos para poder llenar un anhelo interior. Ha sido demostrado científicamente que las personas que invierten su dinero en acontecimientos (viajes, excursiones, peregrinaciones, etc.) son mucho más felices que aquellas que lo invierten en objetos (televisores, vehículos, teléfonos, etc.). Este deseo de trascender hacia un infinito sólo encuentra su saciedad en algo, o mejor, Alguien que es infinito: Dios. Pero, al ser tan hipócritas y llevarnos de doctrinas innecesarias, Él se ha encarnado en Jesucristo para que nos enseñara la Verdad del Amor de Dios.

Hemos visto que para encontrarnos con este Jesús debemos ir al lugar donde vive, porque Él es quien nos llama a ir y ver lo que Él hace, quien Él es. Esto implica escuchar su llamado, darle respuesta renunciando a las cosas que tenemos, y dándonos cuenta de que Él actúa como alguien a quien lo natural y lo sobrenatural le parecen lo mismo. Si Dios ha creado lo visible y lo invisible, por el hecho de que no podamos verlo no quiere decir que debemos ignorarlo o separarlo de la realidad. La realidad no se define por lo que podemos ver y tocar, sino por lo que se nos ha revelado de manera natural y además sobrenatural. La fe implica una manera nueva de ver los acontecimientos, y por ello la fe es una metanoia, un cambio de mentalidad y de actitud. Hemos visto en toda la liturgia de estas cinco semanas del tiempo ordinario que sólo los que han tenido fe en Jesucristo son los que han recibido la curación, la liberación, y el perdón de sus pecados. Esto debe dejarnos pensando: si en mi vida no se manifiesta de manera sobrenatural Dios, no tengo fe suficiente como para poder recibir los milagros Suyos.
¿Quieres saber dónde vive el Señor? Tienes que cambiar de actitud frente a ti mismo. Eres un ser humano imagen de Dios, por ello hay en ti la eternidad Suya, en tu alma. “Para venir a lo que no sabes, has de ir por donde no sabes; para venir a lo que no gustas, has de ir por donde no gustas; para venir a lo que no posees, has de ir por donde no posees; para venir a lo que no eres, has de ir por donde no eres” (síntesis de la Subida al Monte Carmelo),  nos diría san Juan de la Cruz al explicarnos el modo para venir al Todo. El Señor Jesucristo se deja encontrar muy fácilmente, pero requiere que cambies de actitud y que la respuesta al llamado que te hace sea con una renuncia no sólo física sino de desapego mental y sentimental de las cosas y personas. Encontrarse con el Maestro no es olvidarse de sus responsabilidades humanas, sino de colocarlo a Él en el centro y que todo lo otro adquiera su justa dimensión.
El Señor Jesucristo te llama a abrir tus ojos ante las acciones que realizas y las que no realizas. Te darás cuenta de que debes ir a predicar como fruto de Su Amor y mandato Suyo (cf. Mc. 1, 32-39), y esta predicación implica una apertura tuya a Su acción Providencial Sobrenatural (cf. Mc. 6, 53-56), denunciando lo que verdaderamente está dañando al ser humano (cf. Mc. 7, 1-23), teniendo misericordia con todos los que se te acercan (cf. Mc. 7, 24-30), dándoles el consuelo de la sanación física (cf. Mc. 7, 31-37) y preparando en ellos el terreno para que la fe crezca y puedan recibir de Dios Sus bendiciones (cf. Mc. 1, 40-45). Pero el primer paso es cambiar de actitud frente al conocimiento de Jesucristo. Cuando le preguntes como los discípulos “Maestro, ¿dónde vives?”, escucha que no te responde diciéndote “Ve y haz lo que quieras”, sino que te dice “Ven y verás”. Verás la Gloria de Dios, verás Su Mano Poderosa, verás Su Misericordia y Su Amor, verás Sus Grandezas… pero primero, ven.

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