martes, 31 de enero de 2012

Maestro, ¿Dónde Vives? (IV): Los Signos que Acompañan

Que hoy sea un día lleno de bendiciones para todos. Que Dios muestre Su Amor sobre cada uno de nosotros y que Él sea quien tome el control de las situaciones difíciles en nuestras vidas. Que el Espíritu Santo, dador de la Alegría, no conceda un día lleno de Santidad. Y que, por la intercesión de san Juan Bosco, nuestro Señor Jesucristo bendiga nuestras vidas con Su Presencia constante.
Todos los que hemos seguido de cerca la liturgia de la Palabra que nos propone la santa Iglesia a lo largo de estas semanas hemos podido darnos cuenta de que, además del llamado que hace el Señor a sus discípulos y de la respuesta que éstos le dan renunciando a lo que poseían, Jesucristo realiza unas obras por Amor a aquellos con quienes se encuentran, pero tiene a los discípulos como testigos. Las expulsiones de demonios y las curaciones de enfermedades son signos que Jesucristo realizaba sin ningún tipo de magia, y que cuestionaba a los presentes. De hecho, los demonios mismos son quienes delatan a Jesucristo entre la gente al gritar: “¡Tú eres el hijo de Dios!” (cf. Mc. 3, 7-11) o “Sé quién eres: el Santo de Dios” (cf. Mc. 1, 21-26). Es bien curioso que el mal rechace al bien en el Evangelio, cuando en nuestros días vemos muchas personas aparentemente buenas que se asocian con una facilidad increíble con lo malo. Hoy reflexionaremos sobre esto: la expulsión de demonios, las curaciones, la autoridad, los signos que acompañan a los que, de verdad, caminan con Jesucristo.

Mucha gente hoy piensa que las presencias demoníacas son un cuento de la edad media, o son maneras arcaicas que tenían los escritores sagrados para expresar el mal en el mundo. Hay muchas personas en la Iglesia que igualan a Satanás con las obras malas de las personas. Para muchos cristianos, el mal existe sólo en forma de actos malos, pero no en forma de criatura. El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice bien claro haciendo referencia a la frase “y líbranos del mal” del Padrenuestro: “en esta petición, el mal no es una abstracción, sino que designa a una persona, Satanás, el Maligno, el ángel que se opone a Dios” (cf. CIC 2851). Pero, por igual, hay muchos cristianos que piensan que todo lo malo es obra de Satanás, y así ven demonios en cada persona en su contra, en cada sombra que ven. Brevemente y para que reflexionemos profundamente, sólo preguntaré: Si lo bueno lo hace Dios, si lo malo lo hace el demonio, ¿dónde está el obrar humano, dónde su libertad? El ser humano es libre para elegir el bien o asociarse al mal.
Las curaciones son posible hoy día; yo he sido testigo de unas cuantas. Las expulsiones de demonios son reales, no son un cuento infantil. Lo que impide ver estas realidades supernaturales es que hay quienes no creen en estas cosas. Si no crees en los milagros de Jesucristo como una realidad tanto del pasado como del presente, ¿cómo recibirás el milagro? Por estas razones es que Jesucristo le dice a los sanados: “Tu fe te ha salvado” (cf. Mc. 5, 24-34). Pero todos estos signos van más allá del Jesucristo histórico, le son dados a los miembros del cuerpo de Cristo por misma Voluntad Suya: “A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos” (Mc. 16, 17-18). Atención: esto sólo podrán hacerlo los que crean.
Las expulsiones y las curaciones son signos del Amor de Dios, pero esto no quiere decir que sean metáforas en el lenguaje del que habla o escribe. Son realidades en las que se pone de manifiesto la existencia de lo visible y lo invisible. Es un mandato del Señor echar demonios, curar enfermos; no es un mandato del Señor interpretar estas cosas como mera psicología humana. Los demonios existen, las enfermedades existen; las expulsiones y las curaciones no sólo son posibles, sino que son una responsabilidad del creyente. Adecuadamente orientados por personas que saben de estas cosas (sacerdotes, consagrados, etc.), todos estamos llamados a sanar poco a poco el cuerpo de Jesucristo. No hay por qué temer, porque Dios está por encima de Satanás y, por los sacramentos, estamos unidos a Él en Jesucristo. Dios es tan grande y bueno que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad (cf. 1 Tim. 2, 4), dejando de mentirse en su interior y los unos con los otros. Somos guerreros, y nuestra lucha es en contra de Satanás y sus servidores. Es una lucha fuerte, pero el que persevere hasta el final se salvará (cf. Mt. 10, 22).

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