martes, 24 de enero de 2012

Maestro, ¿Dónde Vives? (III): La Renuncia

Buen día para todos, hermanos en nuestro Señor Jesucristo. A ti, Dios Padre, te pedimos que tengas misericordia de todos nosotros y no mires nuestra pequeña fe, para que, por la intercesión de san Francisco de Sales, podamos tener la fuerza que nos da tu Espíritu para alcanzar las metas de Luz y de Verdad que nos tienes reservadas para los que te buscamos con sincero corazón.
Muchas personas creen que responder al Señor de una manera radical es olvidarse de todo lo que se es y empezar de cero; y hay otros que creen que la respuesta que se le da al Señor es incluirlo a Él en cada uno de sus planes. Ni lo uno ni lo otro, sino que hay una manera adecuada de responder a esto. Hay una renuncia, eso es obvio, ¿pero cómo se renuncia? Ya reflexionamos sobre el llamado que hace Jesucristo, y sobre la respuesta que le dan los discípulos, es decir, que le damos nosotros, pero, seamos sinceros, ¿qué implica responder a Jesucristo de la manera en la que Él lo desea?

¿Qué tienen en común san Francisco de Sales -que recordamos hoy, y quien convirtió unos sesenta mil calvinistas-, san Pablo -cuya conversión celebramos mañana, y quien es el apóstol de los gentiles, san Timoteo y san Tito -cuya memoria recordamos el próximo jueves, y quienes son de los primeros obispos de la Iglesia- y santo Tomás de Aquino -a quien recordamos el sábado, quien es doctor de la Iglesia y eximio santo-? Ellos, al escuchar la voz del Señor que les llamaba en su realidad, le respondieron de una manera adecuada. Dejaron lo material, pero utilizaron lo que habían aprendido para ponerlo al servicio del Reino. Jesucristo, al llamar a los hermanos pescadores Simón y Andrés Barjona, les dijo que los haría pescadores de hombres (cf. Mc. 1, 16-17). Así mismo con cualquiera que llama: Jesucristo no te aniquila, no te anula cuando te llama, sino que te pide que te des como eres. Cuando Él te pide que renuncies a ti mismo y cargues con tu cruz para seguirlo (cf. Mc. 8, 34-38) te habla de tus maneras de querer ser mejor; el Evangelio es una contradicción con la tendencia que tenemos al pecado y, por lo tanto, con las estructuras que hemos creado como seres humanos.
Según los textos de estos días, los hermanos Simón Barjona y Andrés Barjona dejaron sus redes para seguir a Jesús (cf. Mc. 1, 18), los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, dejaron a su padre y los jornaleros (cf. Mc. 1, 20), Leví, conocido como Mateo, dejó la mesa con los impuestos recaudados (cf. Mc. 2, 14). Y, por igual, todos los apóstoles dejaron lo que tenían y en lo que trabajaban, pero para aplicarlo de otra manera en el servicio del Reino. Cuando obedeces a Jesucristo no renuncias a tu familia, a tus amigos, a tus quehaceres, sino que renuncias a tener una sola familia, porque “el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mc. 3, 35). Entonces, ¿a qué se renuncia? Renuncias a tu autosuficiencia, para ayudar a otros que no son autosuficientes;  renuncias a pensar que sólo tus logros son lo importante, recordando que proteger la dignidad de todos los hijos de Dios debe ser tu nueva meta; renuncias a tus comodidades, para introducirte en la incomodidad de la vida de los demás para que éstos puedan estar cómodos y puedan conocer a Dios; renuncias a tu vida de ensimismamiento, y abres tus ojos a la catolicidad de Dios, es decir, a que Dios se entrega a todos tus hermanos y no sólo a ti. Mi renuncia no es a lo que soy, sino a lo que he hecho de mí mismo. Mi renuncia no es a lo que Dios me ha dado, sino a lo que me he acomodado de lo que Dios me ha dado.
Una conversación con Dios implica un equilibrio entre palabras y silencio, para que el mensaje se comprenda. Dios no se contradice nunca, y si te ha permitido vivir en un hogar hostil, o en un hogar anticatólico, o en una familia desintegrada es para que aprendas a acompañar a los que viven en esa misma situación. Así, te conviertes en otro Cristo, haciéndote carne en los problemas de aquellos a quienes ayudas, conociendo realmente su situación y enseñándoles, con tu renuncia, con tu entrega, que es posible ser un hijo de Dios feliz y amante de los demás, en especial, de tus enemigos. La renuncia ante el llamado es parte de la respuesta que se da, pero debe ser una renuncia consciente, no coaccionada, y confiando en Dios, porque Él conoce a quienes ha elegido (Jn. 13, 18b). Si Dios te ha elegido a ti, y lo sientes en tu interior, no te desesperes; si el Llamado es de Dios y estás dispuesto a escucharle, pueden pasar años que te impidan decirle que sí, y aun así  ese “sí” está latente y dispuesto a entregarse a Él. Tu servicio: que Dios pueda llegar a los corazones de muchos hermanos por el testimonio de tu vida.

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