martes, 17 de enero de 2012

Maestro, ¿Dónde Vives? (II): La Respuesta

Buen día para todos, hermanos en el Señor. Que este Dios tan bueno y tan misericordioso, que se ha encargado de llamar a grandes hombres y mujeres para servirle en nuestros hermanos, por la intercesión de san Antonio abad, siga dejándose escuchar hoy, para que así siga habiendo respuestas santas de hombres y mujeres que puedan cambiar este mundo que tanto necesita la presencia Suya entre nosotros.
La semana pasada reflexionábamos un poco sobre el llamado que hace Jesús a personas específicas. Pero, como todo diálogo necesita un emisor y un receptor de un mensaje, reflexionemos hoy sobre el receptor de esa llamada de Jesucristo. Si una persona, sea Samuel (cf. 1 Sam. 3, 1-20), sea Saúl (cf. 1 Sam. 9, 1 – 10,1), sea Simón Pedro (cf. Jn. 1, 35-42), seas tú o alguien cercano a ti, realmente quiere dejarse amar por el Señor, necesariamente le pregunta al Señor cuáles son Sus planes, cuál es Su Voluntad. Para sorpresa de muchos, Dios necesita muchas personas que estén dispuestas a consagrarse a Él, es decir, a hacerse sagradas con Él y, así, consagren a los demás a Dios. Y este es el temor hoy de muchos jóvenes y adultos, hombres y mujeres: que Dios los esté llamando para servirle de una manera muy especial.

Hoy recordamos a san Antonio abad, padre del desierto que, luego de que san Pacomio creara el anacoretismo, se encarga de congregar estos anacoretas en cenobios, consolidando así el cenobitismo e iniciando la vida monástica como la conocemos hoy en día. San Antonio recibió un llamado: escuchando la Palabra de Dios que habla sobre el joven rico que quería seguir a Jesús (cf. Mc. 10, 17-22), asumió para sí el mandato de Jesucristo: “Ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres”. Así hizo, a pesar de las dificultades que podría encontrar al ser económicamente pudiente, y ahora es el hombre que ha inspirado a millones de personas a encontrarse más de cerca con Jesús. Y lo mismo pudiéramos decir con san Pedro, quien, dejando todo (su trabajo, su padre, hasta su familia), fue capaz de asumir el llamado que le hizo el Señor y convertirse no sólo en pescador de hombres, sino en el primero entre esos pescadores, y hoy en día sigue inspirando a muchos a través de lo que la sucesión apostólica nos ha dejado en la persona del papa.
Cuando Dios llama, quien le ama lo reconoce. La Voz de Dios, que es Jesús, nos lo recuerda: “Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen” (Jn. 10, 27). Y podemos percibir claramente que las ovejas del Señor no sólo escuchan Su voz, sino que hacen algo al respecto. Hacer algo es dar respuesta a esa llamada, es empezar a confiar en esa Persona que llama y reconocer en Él un guía, un pastor, uno que alimenta, uno que no deja solo, uno que sale a buscar a su oveja, uno que las guarda en la oscuridad de la noche, uno que sabe lo que es mejor para esa oveja y para el redil. Por ello, las ovejas son obedientes. Y si, en estos casos, tú eres una de esas ovejas a las que el Señor cuida de manera especial –esto no quiere decir exclusivo, sino distinto, porque distinta será tu función–, mi recomendación es que le hagas caso y escuches Su voz y le sigas.
Si Dios te llama a ser como Pedro, como Antonio, como María de Altagracia –quien recibió la más Alta Gracia, la de concebir en la carne al Hijo de Dios–, y tienes miedo a dejar trabajo, estudios, novio, familia, te digo que aún no has confiado en Dios. Dios no sabe dar cosas malas a Sus hijos, y, por lo tanto, un llamado de este tipo es una bendición para el llamado, para los que le rodean y para el mundo. El llamado de Jesucristo implica una respuesta de Amor, porque ha sido un llamado desde el Amor y por el Amor. Déjate cubrir por la sombra del Altísimo, y así, inspirado por el Espíritu Santo, deja que el Señor te guíe por donde Él comprende que necesita guiarte. Y, si no sientes el llamado de Dios para consagrarte a Su servicio como Samuel, santifica tu vida como la de Elí hasta tal punto que otros, que sí sienten ese llamado, no tengan temor de darle la respuesta grandiosa del “sí” categórico, que se una sin reserva y sin medida al “sí” de María, y podamos ser signos de salvación para el mundo entero y testimonio de la presencia de Dios entre Sus hijos.

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