martes, 13 de diciembre de 2011

Detente... Déjalo Hablar.

Buen día, hermanos y hermanas que esperan con ansias la gran manifestación de nuestro Señor y Salvador. Pidamos juntos a Dios que nos enseñe a distinguir realmente lo que es bueno y justo, para que, por la intercesión de santa Lucía, podamos tener unos ojos y un corazón dispuestos a reconocer Su Gloria en cada acontecimiento de nuestras vidas.
Estamos ya en la tercera semana del tiempo de Adviento. Se acerca la fecha en la que conmemoramos la llegada de la gran Promesa del Amor de Dios: nuestro Redentor. Son tres semanas de intensa reflexión y oración, en las que hemos venido preparándonos para ver a Jesucristo nacer. ¿Pero nacer dónde? ¿Nacer cómo? ¿“En el pesebre de nuestros corazones”? Siempre hemos tomado frases como ésta para expresar la realidad de la Navidad, pero olvidamos que para que nazca en el pesebre, tiene que haber habido un recorrido previo hasta encontrarnos con aquel lugar de nuestros corazones adonde no queremos llegar. Reflexionemos sobre esto hoy: ¿nacerá el Salvador en mi corazón?

Grandes cosas han tenido que pasar José, María y la criatura en su vientre en el largo recorrido para poder llegar allí adonde los había citado Dios por medio del emperador que ordenó el censo. Llegando a aquel lugar, a Belén, buscaban una posada en donde pasar la noche de manera cómoda, pero el albergue estaba lleno, por lo que tuvo la Familia que albergarse en una gruta donde el único mobiliario era un pesebre para la comida de los animales. Y allí, en medio de las incomodidades, fue que vino el momento del parto. ¿Qué cosas tenemos que leer en los acontecimientos? Primero, José pudo haber ido solo desde Nazaret por las condiciones de María, sin embargo no quería dejarla sola, puesto que él era el responsable de ella (recordemos el mandato de Dios de que él le daría el nombre de Jesús al niño, cf. Mt. 1, 20-21); segundo, el albergue estaba lleno y no podía alojar a una madre parturienta (cf. Lc. 2, 6-7) pero tampoco hubo otra mujer que le hiciera el parto; tercero, había un pesebre (ibíd.) que pudo no haber tenido el alimento de los animales.
Constantemente estamos quejándonos de los acontecimientos de nuestras vidas: “no tengo dinero”, “me han maltratado”, “me siento sola y sin amigos”; pero no nos damos cuenta de que estas cosas Dios las permite para Él encarnarse en nuestra realidad. A diferencia de José, que pudo haber ido solo a Belén pero llevó consigo su responsabilidad, tú, en todas estas fiestas y comidas del trabajo y de la universidad o la escuela, buscas la manera de romper con tus responsabilidades (bebiendo, fumando, consumiendo drogas, teniendo relaciones sexuales). Además, andas ocupándote de comprar regalos, los ingredientes de la cena de Nochebuena, la ropa que vas a vestir… andas llenando tu albergue, y, además, no te ocupas de hacer que los demás se preparen para este gran evento. Lo único que queda, entonces, es tener un lugar sucio, hediondo, frío y solo en donde permitir que nazca el Señor, pero tu pesebre quizá esté vacío porque te has olvidado de cuidar tu entorno junto con los árboles y los animales que tienes que administrar (cf. Gn. 1, 28-30). Ese lugar, esa gruta fría y olvidada en ti, es el lugar donde el Señor va a nacer y donde Él quiere iluminar.
Este tiempo de Adviento es de verdadera reflexión. No es de poner grandes luces en tu vida, sino de permitir que la Luz, la verdadera Luz, te ilumine. No es de buscar brillo para que en algún momento se refleje la luz de alguna luz artificial. No es el buen vestido, ni la buena comida, ni los buenos bailes, ni los buenos regalos. Es ser verdaderamente humano lo que le importa a Dios que seas. Es recordar que la primera viña que debes trabajar es la de tu vida. De haber sido lo contrario, ¿para qué hubiera nacido pobre y olvidado el Señor? Fiestas, música, bebidas, comidas, ropa... ¿de qué sirven, si no permites que nazca en ti el Salvador? Detente un momento, que aún estás a tiempo. Estamos en la tercera semana de Adviento, la del gozo, que nos enseña a esperar con gozo real a la verdadera Alegría del mundo. Está Dios enviando signos, está hablando, está dándote lo que necesitas de verdad. Detente… déjalo hablar. Escucha… “Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña” (Mt. 21, 28b). Dios te habla, quiere nacer, hazle espacio. ¡Sé alegre en Él!

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