martes, 29 de noviembre de 2011

Con Mis Manos Atadas

Que hoy sea un excelente día para ti y todos los hermanos con quienes compartirás la bendición de vivir amando a Jesucristo. Que Dios rico en Misericordia, por la intercesión de san Gregorio taumaturgo y san Saturnino, siga mostrándonos Su Amor por medio de Su Palabra, para que así aprendamos a dar verdaderamente de corazón lo necesario a cada uno de los que nos rodean.
Anoche tuvimos una conversación interesante unos compañeros y yo con respecto de las dificultades que presenta nuestros países y el mundo. Salieron a flote muchos temas, pero hubo uno de ellos que realmente logró que nos quedásemos pensando y es algo que quiero que compartamos hoy. Quisiera que reflexionemos sobre las figuras paternalistas que buscamos en nuestras instituciones.

Hace poco, una joven se me acercó y me preguntó mi parecer sobre una situación con respecto de dos sacerdotes, a lo que le respondí que los sacerdotes son humanos, que eso no los exculpa de fallar, pero debe lograr que tengamos entrañas de misericordia con ellos, ya que “todo lo que deseen que los demás hagan por ustedes, háganlo por ellos” (Mt. 7, 12a). ¿Por qué nos molesta tanto una actitud de un superior: sacerdote, líder político, líder de gobierno…? Puede ser porque los hemos colocado en lugares que no les corresponden. Probablemente, hemos puesto a ciertas personas como figuras a las que acudo cuando tengo algún tipo de dificultad, y esas figuras me suplen con bienes materiales o me dan las cosas que necesito para resolver una situación puntual. Esas figuras que realizan ese papel en nuestras vidas son las figuras paternalistas.
Si un líder político es capaz de darme una canasta con alimentos básicos, está ejerciendo un papel paternalista. Si un sacerdote está proporcionándome el conocimiento espiritual que yo pudiera requerir  para conocer a Jesucristo, está tomando una actitud paternalista. Ningún tipo de líder tiene como permiso el ejercer esa actitud a menos que haya un consentimiento de quienes son regidos por él en cualquier ámbito. ¿A qué me refiero? Todo líder de comunidades, de instituciones, de partidos políticos, que resuelva todo tipo de situación siempre, se convierte en un totalitarista, y, cuando falte, será un caos, un decrecer, un caer. Sólo logran atar las manos de los demás para que no puedan hacer nada por sí mismos. Hemos visto muchas comunidades nuestras que desaparecen o decrecen cuando el líder es movido a otra comunidad. Esto sólo dice que la comunidad no dio frutos, sino el líder. Esta actitud paternalista es a la vez una actitud egoísta.
A este tipo de actitud es que podemos decir que Jesucristo se refería cuando decía que no se dejaran llamar “maestro” ni “doctor” ni llamasen a nadie “padre” (cf. Mt. 23, 8-10), porque es que hay uno solo que provee todo de la manera adecuada: Dios. No es que está mal llamar a alguien de tal o cual manera, es que está mal que veamos a los demás como dadores de bienestar o que los demás nos vean como proporcionadores de bienes, porque esa actitud no enseña nada más que la dependencia absoluta de otro. Y eso es algo que atenta contra la dignidad del dependiente. Es cierto que Jesucristo sanaba a los enfermos, pero no era que les resolvía sus vidas; el proporcionaba la solución necesaria para que los demás pudieran ser útiles en lo que debían hacer: por ejemplo, el servicio de los apóstoles en las multiplicaciones de los panes, el testimonio del ciego de Betsaida al ser curado, el agradecimiento de uno de los diez leproso al ser sanado. Jesucristo no daba el pan material, sino que daba las maneras para que las personas pudieran buscarse el pan material y el espiritual mediante el conocimiento de Él.
El Adviento es un momento de esperanza, de reflexión, de conversión. Este es el mejor momento para ver si yo como persona estoy haciéndome dependiente de otros o si otros están haciéndose dependientes de mí. Yo con mis manos atadas y ellos con sus manos atadas, no resolvemos nada en nuestras vidas. Es cierto que hay ocasiones en que debo ayudar materialmente a los demás, pero no de por vida ni hacerlos dependientes. Si tengo que dar alguna solución a algún problema de un hermano, debo ayudarle a ponerse de pie y mostrarle a ese hermano la salida, pero no cargarlo hasta ella. Ya diría la beata Teresa de Calcuta cuando le preguntaron por qué daba el pescado en lugar de enseñar a pescar, que primero les daba de comer para que pudieran levantarse e ir a pescar, pero cuando ya podían levantarse a pescar, ella se los entregaba a quienes estaban preguntándole para que ellos les enseñaran a pescar. No nos hagamos dependientes ni hagamos que los demás dependan de nosotros, sino que demos lo que debemos dar para que los demás sean siempre mejores seres humanos capaces de moverse por amor.

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