martes, 18 de octubre de 2011

Abrir la Puerta de la Fe

Excelente día para todos los que buscan de Dios con sincero corazón. Que nuestro Padre, que es todo Amor, nos llene de sabiduría y de prudencia para poder anunciar adecuadamente la Buena Noticia, y que, por la intercesión de san Lucas, nos permita ser mensajeros auténticos de nuestra fe delante de los demás y para el beneficio de todo el mundo.
¿Recuerdan que la semana pasada hablábamos de hacer de este año uno jubilar por nuestra fe? Pues hemos recibido confirmación de Dios. El Papa ha decretado que el año próximo, desde el 11 de octubre de 2012 al 24 de noviembre de 2013, sea el Año de la Fe por los dos acontecimientos que mencionamos la semana pasada. Y lo ha hecho a través de una Carta Apostólica en forma motu proprio titulada “Porta Fidei”, la puerta de la fe. Ya tuvimos la oportunidad de leerla y es una gran confirmación con respecto de lo que hemos venido reflexionando por mucho tiempo sobre una fe vivida sin usar la razón, sobre una fe que no quiere admitir la intelectualidad. De todo el documento -que esperamos sea de lectura obligatoria para todos en este mes-, quiero que reflexionemos sobre cómo debe ser vivida realmente la fe.

En el número 2 de la Porta Fidei (de ahora en adelante citaré esta Constitución como PF) Benedicto hace referencia a lo social de la Fe. La Fe era vista como un presupuesto de la vida común, porque teniendo esa fe era que nuestras obras tenían una verdadera razón de ser. Sin embargo, él mismo dice que hoy se niega este presupuesto, y la fe se convierte sólo es un asunto personal o de un grupo reducido y las obras sociales son las que deberían prevalecer, sin importar en qué creemos. Así, lo que creemos se diluye y sólo queda un activismo social. ¿Cómo responde el santo padre a esta situación? A lo largo del documento lo hace. En el número 3 afirma que los creyentes tenemos dos cosas que nos alimentan: la Palabra y el Pan de Vida; administrar ambas es una función de la Iglesia. En ese mismo número luego dice que “Jesucristo es el camino para llegar de modo definitivo a la salvación” (PF 3). Obviamente, igual que aquel documento del año 2000 titulado “Dominus Iesus”, el santo padre no busca crear división ni mucho menos destruir lo que se ha logrado con el ecumenismo, sino que él entiende -con toda la iluminación que recibe de la asistencia especial del Espíritu Santo- que no puede haber verdadera unidad de los cristianos si los católicos no conocen de manera auténtica su fe. Ya lo diría Pablo VI: “Es necesaria una exacta conciencia de la fe, para reanimarla, purificarla, confirmarla y confesarla” (PF 4).
Jesucristo vino a revelarnos a Dios como Él es, por eso afirma tantas veces que quien le ha visto Él ha visto al Padre. Además, entendemos claramente que Dios, el Dios que nos muestra Jesucristo, el Dios al que accedemos por la acción de Su Espíritu Santo que habita en nosotros desde nuestro Bautismo, es plenamente Amor o Caridad. En consecuencia, la Caridad que los cristianos practicamos es una que nace de nuestra fe, y no podemos jamás aislar una de la otra sin prostituir a ambas. Afirma el santo padre que “la fe sin caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda” (PF 14). Como él mismo afirma, la relación entre fe y caridad es una necesaria, porque una permite a la otra seguir su camino. Entonces, la fe es necesaria conocerla para profesarla de manera adecuada y de manera que no cree sectas ni partidismos, cosas que son contrarias al Espíritu, como afirma san Pablo. “El cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado” (PF 10). Como la manifestación de nuestra fe es comunitaria, es necesario que sea la comunidad quien, de acuerdo a la gran comunidad que es la Iglesia, dé testimonio de la fe vivida con frutos que no separen personas ni rompan con la unidad entre los cristianos. En este caso es el mismo Benedicto XVI es quien cita a Santiago al hacer referencia a las obras que muestran la fe, afirmando que es necesaria la manifestación de la fe por medio de las obras.
La gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX es el ConcilioVaticano II, y tenemos todo este año de preámbulo para conocer y estudiar sus documentos y los frutos de él, como lo es el Catecismo de la Iglesia Católica. Aplaudimos a todas las comunidades, grupos, asociaciones y movimientos que han empezado a formarse con respecto de lo que creemos, y exhortamos a los demás, sobre todo a los que han querido centrarse en una sola cosa, que abran sus corazones y sus mentes y se dejen permear de la caridad pastoral universal que no elimina nuestra fe ni cualquieriza nuestra creencia, sino que la confirma. Permitámonos ser mejores instrumentos de Dios para que, como Pablo y Bernabé, podamos gozarnos con los que profesan nuestra fe, dar un verdadero testimonio de Dios a todos los que creen a medias, y podamos contarle a nuestros hermanos cómo le abrimos la puerta de la fe a los que aún no creían en nuestro Señor (cf. Hch. 14, 27).

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