martes, 5 de julio de 2011

Sobre el Género y sus Interpretaciones (III)

Buen día, hermanos y hermanas. En este día, tan lleno de bendiciones que iluminan, pidamos a Dios Padre nuestro que siga llenándonos de Sus Bondades para que, por la intercesión de todos los santos y santas, seamos verdaderamente faros en las oscuridades del mundo y que seamos, así, testimonio de lo que nuestro nombre de cristianos significa.
Muchas personas entienden que la moral no tiene nada que ver con el plan de Dios. Muchos cristianos y no-cristianos se atreven a afirmar que la moral es algo que aleja de Dios y que, por lo tanto, Dios está por encima de cualquier moral. Esos creyentes están, sabiéndolo o no, negando a Dios mismo cuando lo afirman. La Sagrada Escritura afirma que Dios creó al ser humano a Su Imagen y Semejanza, y también dice que modeló cada corazón, y también dice que todos tenemos en nuestros corazones inscritos los preceptos de Dios. Por esta razón, entre otras, es que la Iglesia afirma con mucha autoridad que “el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente” (Gaudium et spes, 16). La conciencia se convierte en el sagrario de Dios en el ser humano y, por lo tanto, siendo fieles a ella es que podemos buscar la solución a muchos problemas morales y alejarnos de caprichos ciegos. Una muestra actual de estos caprichos ciegos son las aprobaciones de “condiciones” individuales como derechos sociales que no son apoyados por las ciencias que la misma sociedad ha impuesto como infalible sobre la fe.

Cuando la Iglesia afirma que los homosexuales “deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza” (Catecismo de la Iglesia Católica, 2358) y manda a todos a evitar hacia ellos “todo signo de discriminación injusta” (ibídem), ya ha afirmado que “son contrarios a la ley natural” (ibíd., 2357) y “no puedo recibir aprobación en ningún caso” (ibíd.). Esto quiere decir que la moral a la que hacemos referencia no es a una moral social, como muchos creen que obliga la Iglesia, porque, de ser así, ¿qué sería de los hermanos de ciertas regiones que están obligados a vivir una moral cultural o, si no, son eliminados? La Iglesia afirma que la ley natural es aquella que ha inscrito Dios en el corazón de todos los seres humanos y lo impulsa a amar a Dios y al prójimo. Es así, pues, que la moral lleva a los seres humanos al encuentro con Dios y a amar (más que no-dañar) a sus hermanos. Cuando el individuo desobedece esto, cuando pone lo superficial (que queda representado con los pecados capitales) por encima de lo fundamental (el Amor), logra cegar esa luz que ilumina sus actos y calla la voz interior que habla “en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal haz esto, evita aquello” (GS, 16).
Por consiguiente, podemos afirmar categóricamente que la Iglesia defiende la dignidad humana. Según el consenso, la dignidad es el valor que tiene el ser humano en cuanto ser racional, dotado de libertad y capaz de crear, es decir, es el valor que tiene el ser humano por el hecho de ser un ser humano. Y la definición de la Iglesia es la misma que esta, con el agregado de que incluye además el origen de esta dignidad: Dios. Una no niega la otra, sino que la primera elimina los conceptos religiosos que pueden traer conflictos con la diversidad humana. Siendo esto así, cuando la Iglesia no aprueba el activismo homosexual, las uniones homosexuales, las adopciones homosexuales de niños, y demás, lo hace cuidando la dignidad de aquellos que se declaran homosexuales y aquellos que presencian estas declaraciones. Es cierto que el ser humano no es sólo biología, ni sólo psicología, ni sólo espiritualidad, pero que no sea sólo eso no quiere decir que no sea todo eso. La biología define el sexo del individuo, pero el sexo define el género que, según unos, puede ser moldeado. Cierto es que puede modificarse, pero decir que hay moldes buenos, aceptables, capaces de lograr el bien humano distintos de varón y hembra es una idea anti-humana.
La Iglesia defiende la dignidad y la libertad humanas que han sido dadas por Dios. Que haya quienes quieren acusarla de algo distinto a esto sólo da más motivos para confirmar que lo que ella afirma es bueno y es verdadero. Si la Iglesia aprobara este tipo de actitudes estaría totalmente opuesta a Jesucristo, quien acoge con Amor al pecador (la persona en sí, sin discriminaciones) pero le manda a no pecar más (el aspecto moral de su vida). La Iglesia no está en contra de Jesucristo en estos aspectos ni tiene, entonces, doble moral, sino que ha sido la misma siempre: defender la dignidad humana y promoverla. Una vida con moral tergiversada puede y debe ser corregida, sin embargo, si esa vida busca adaptar al mundo a sus carencias, sólo encontrará pérdidas. Sea que aprueben legalmente la homosexualidad y sus uniones en el mundo completo, no querrá esto decir que está bien y que, por tanto, amerita que la Iglesia se calle ante estos maltratos a Dios mismo a través de estos hermanos que se han cegado por sus pasiones. La dignidad nos viene de Dios y, por tanto, con Amor y Misericordia, debemos defenderla, pero luchando hasta el final.

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