martes, 29 de marzo de 2011

Prepárate Para la Siega

Bendito sea Dios, que vive eternamente y que manifiesta Su Amor a todos los seres humanos. A ese Dios que se manifiesta pidamos, hermanos y hermanas, que nos siga mostrando Su Bondad a través de prodigios y que nos conceda el Discernimiento para poder distinguir lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto.
La Iglesia nos ha hablado claramente sobre la importancia del agua como símbolo de regeneración, de nueva vida. Y pronto ella misma nos hablará sobre la importancia que también posee la luz como sinónimo de la Verdad, que es Jesucristo. Estos símbolos nos muestran de una manera misteriosa las realidades de Dios, y suelen ser muy utilizados por nosotros para dar retiros, prédicas, reflexiones. Lo que es más interesante de todo eso es que hay un gran símbolo (y mucho más que símbolo) que representa a Dios mismo y que ignoramos con mucha frecuencia: nuestra propia vida. Y ya que, como Iglesia, hemos venido reflexionando sobre las manifestaciones de Dios, reflexionemos ahora cómo se manifiesta Dios en tu vida.
Se acerca el tiempo de Pascua, el tiempo del paso del Señor, y parecía tan lejano. Ahora te detienes a pensar y te das cuenta de que ya van tres Domingos de los cinco de Cuaresma. Se agota el tiempo y es probable que aún no te hayas identificado con alguna actividad de ayuno, oración o limosna. Quizá sientas que quieres hacerlo todo, o quizá, sencillamente, no sientas el compromiso ante esas actitudes de las que ya te han hablado mucho. De todos modos, te diré que lo que estás haciendo es tirando por la cañería las oportunidades de amar; estás enterrando tus talentos y luego quieres justificarte como lo hizo Adán y Eva hicieron en el Edén cuando Dios le preguntó sobre lo que habían hecho (cf. Gén. 3, 8-13). Si estás justificando tu vida de sacrificios, eres igual que Adán y que Eva. Y, si eso es así, ¿en qué has superado el pecado original de aquellos padres?
Hemos reflexionado constantemente que creer en Jesucristo no es ser optimista ni ser filántropo. Jesucristo realmente te llena de fuerzas para seguir adelante en medio de las pruebas, pero en ningún momento te sugestiona para que dejes de sentir la prueba por la que pasas. Prueba de que cambiarle el nombre a las situaciones para que te parezcan menos pesadas es algo que no te dignifica es el rechazo que el mismo Jesucristo hizo en su Pasión al vino mezclado con mirra (cf. Mc. 15, 23), que era una especie de anestesia para disminuir sus sufrimientos. ¿Qué quiere decirte esto? Que el dolor y el sufrimiento vividos como parte del Plan de Dios para todos los ser humanos te engrandece, pero salva a tus hermanos, porque te unes a la Pasión consciente y voluntaria de nuestro Señor.
En esto se manifiesta el Misterio del Amor de Dios para con toda la humanidad: en que tú eres parte esencial de la Redención que lleva a cabo nuestro Señor. Por Jesucristo, con Jesucristo y en Jesucristo se manifiesta en tu vida la Verdad de Dios: que Él te ama y ama a tus hermanos con tanta Verdad que se encarna en ti el misterio salvífico. ¿Cómo va a ser que Dios, el Todopoderoso, quiera hacerte a ti parte de este grandioso misterio? La respuesta: “¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?” (Mt. 20, 15). Si yo fuera Dios te diría: “estoy cansado de que dudes siempre por lo mismo, de que te cohíbas de actuar en mi nombre por lo mismo, de que siempre haya excusas para hablar, sencillamente hablar de parte mía, cuando yo estoy a diario haciendo cosas maravillosas por ti”. Pero yo no soy Dios, sin embargo eso no elimina el hecho de que Él pueda estar sintiéndose mal con tus excusas, con tus ignorancias. Un verdadero amante de Dios no puede decir “yo no sé hacerlo” ante las situaciones que ameriten su intervención para ser testimonio de Dios, porque Dios te capacita y te pide confianza.
A final de cuentas, ¿qué queda? Pues, quedas tú, excusándote ante Dios por no saber hacer lo que crees que te corresponde y, también, discutiéndole a Dios por ser bueno y pensar en ti para realizar esas tareas de conversión y fe. ¿Cómo crece un cristiano así? ¿Cómo camina una Iglesia llena de cristianos que no se creen ni un ápice de lo que escuchan? ¿Cómo se instaura el Reino de Dios en un mundo lleno de pusilánimes acomodados en sus superficialidades? Lo sorprendente de todo es que, a pesar de esas actitudes tuyas de negligencia, Él sigue manifestando Su Amor y sigue otorgándote oportunidades para que hables de parte Suya. “Despiértate, tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo te iluminará” (Ef. 5, 14). ¿No crees que es tiempo ya de que abras tus ojos, como el ciego de nacimiento (cf. Jn. 9, 1-41), y des testimonio de lo que ha venido sucediendo en tu vida por el Amor de Dios? Es tiempo ya. La mies está ya madura. Prepárate para la siega.

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