martes, 15 de marzo de 2011

¿Aún No Comprendes el Misterio?

¡Hoy es un gran día para ser santos! Pidamos a Dios, que abre los corazones de Sus hijos al entendimiento pleno de la Verdad en nuestro Señor Jesucristo, que nos conceda, por la intercesión de santa Luisa de Marillac, la luz que necesitamos para poder seguir el camino que ha sido trazado por Él para salvación nuestra y la de todo el mundo.
Parece ser necesario que hagamos una pausa en todo este recorrido. Al parecer, muchas personas creen que la oración, el ayuno y la limosna son capaces de prepararnos para este caminar. He escuchado a muchos jóvenes y no tan jóvenes fomentar estas prácticas en Cuaresma, porque son prácticas que pueden enseñarnos cosas necesarias para nuestra preparación. Y por eso, hoy me dirijo a ellos, pero también me dirijo a ti que lees esto, porque no puede ser posible que sigamos pensando que así es que son las cosas. Tú que te enfrentas constantemente con situaciones en tu vida en las que buscas ser buen hermano, buena hija, buena madre, buen esposo… a ti es que me dirijo hoy.
La Cuaresma es un tiempo que propicia muchos cambios en tu persona. Puedes ser más abierto con Dios, más abierto con tus hermanos y más abierto contigo mismo. Te cuestionas muchas cosas sobre tu vida de pecado, y haces exámenes de conciencia, actos penitenciales y peregrinaciones buscando ser un poco mejor y no alejarte de Dios. Eso está muy bien, pero es un acto incompleto de todo lo que debes revisar. Lo digo justamente porque te has dejado cerrar los ojos por el concepto que tienes de tu fe. Hace tiempo que ya caminas en la fe cristiana y te has metido normas en la cabeza que te están alejando de Dios.
¿Crees que es levantando las manos al orar que recibirás más bendiciones de Dios? ¿Crees que dando tus bienes a personas necesitadas te encontrarás con Dios? ¿Crees que caminar a lugares distantes en peregrinación te harán mejor cristiano? Yo creo que, si piensas así, estás siendo un necio y estás condicionando fuertemente la acción de Dios. ¿Necesita Dios que tú levantes tus manos, que tú regales tus bienes, que camines a lugares distantes para bendecirte? ¡Pero claro que no! Quien necesita eso eres tú, es tu hermano. Dios no necesita esas cosas para bendecirte. Lo único que Él pide de ti es que seas un adorador Suyo en espíritu y en verdad (cf. Jn. 4, 23-24), en el sentido de que creas lo que profesas y vivas lo que celebras. Es decir, los ayunos, la oración, las limosnas no pueden ser causa para que te encuentres con Dios, sino consecuencia. Se supone que eres católico ya, y que has tenido un encuentro con Dios. Jesucristo es una persona y con una persona no te encuentras a medias, sino que te encuentras o no te encuentras. El conocimiento de esa persona es otra cosa.
Entonces tú te has encargado de que esas prácticas cuaresmales, que son muy buenas y pueden llevarte a conocerte más a ti y conocer más a tus hermanos y conocer más a Dios, se conviertan en motivo de distanciamiento tuyo y de los demás. ¿Aún no comprendes el misterio? Todo es Gracia. La gracia es gratis. No haces nada para merecer la Gracia de Dios, sino que es un Don Suyo, una iniciativa Suya porque te ama. ¿Cómo es posible, entonces, que obligues a tu cuerpo con los ayunos, u obligues a tus hermanos con tus oraciones en posturas o con palabras específicas, para que puedan ser expiadas tus culpas? ¡En qué cristiano más inmaduro te has convertido! Dios quiere esas prácticas como fruto del Amor que vas conociendo en Él y que recibes para los demás. Así como el pecado te ata, tú mismo te has encargado de atarte forzando la Gracia a meterse en tus estructuras.
Sólo Dios es el necesario. Sólo Dios es el suficiente. Las obras que realizas son consecuencia de tu fe, no lo contrario (cf. St. 2, 14-16). Estás constantemente tratando de encasillar al Espíritu Santo en tus estructuras cómodas, y bien sabes que Dios hace cosas sin tus estructuras. Estás queriendo quedarte a hacer las tres chozas en la Transfiguración de tu vida con Jesús y esperando disfrutar el momento cuando aún no corresponde eso (cf. Mt. 17, 1-9). Dios hará lo que tenga que hacer, y es sólo al final cuando se instaurará definitivamente lo que Él desea instaurar.
¡Es casi increíble que aún andes condicionando al Señor! Hablas de las cosas Suyas como si estuvieran totalmente desvinculadas de las nuestras. Fuiste hecho a Imagen y a Semejanza Suya (cf. Gn. 1, 26) y, por lo tanto, todo lo que es humano es divino y divinizable en Jesucristo. No puedes separar las obras de tu fe ni puedes estar pretendiendo que Dios sea cognoscible sólo a través de las maneras en que has podido conocerlo. Que Dios se haya dejado conocer por ti a través de esa manera es debido sólo a Su Infinita Misericordia, y es un misterio incomprensible para todos. No andes, pues, condicionándote a ti mismo y a tus hermanos con prácticas que sólo generan distancia. Propicia más bien el Amor al Señor para que esas prácticas sean realizadas de manera que den frutos en todos los que las vean, y no que la vean como una serie de ritos necesarios para alcanzar un fin. Dios no necesita tus prácticas vacías, porque Él no desea sacrificios y holocaustos que aplasten tu dignidad y alejen a tus hermanos del Amor a Él (cf. Os. 6, 6; Am. 5, 22; Sal. 40, 7; Mc. 12, 33). Eres tú quien necesitas de Dios para que esas prácticas puedan formar un mundo mejor al ser testimonio de lo que Dios puede hacer en un ser humano cuando éste se deja amar por Él.

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