martes, 8 de febrero de 2011

Dones (I): Los Regalos de Dios.


Un excelente día lleno de santidad para todos ustedes, hermanos que buscan agradar a Dios. Que ese Dios que buscamos de corazón se nos muestre lleno de gloria y amor como respuesta a nuestra fe y que, por la intercesión de san Jerónimo Emiliano y santa Josefina Bakhita, nos enseñe con Su Luz a ser verdaderos consuelos para todos aquellos que creen no tener solución a sus problemas.
En muy frecuentes ocasiones nos asombramos de las cosas que Dios hace en los santos que conocemos, y a veces leemos sus vidas y las vemos como si fueran sacadas de cuentos o de leyendas porque, aunque eran personas, creemos que no eran personas normales. Es muy cierto que la santidad es algo cotidiano y que no sucede sólo a algunos elegidos, sino que es un llamado para todos los hijos de Dios. Pero no quiero que reflexionemos sobre ese tema, que ya hemos tomado en cuenta en otras ocasiones. Sí deseo que reflexionemos sobre las cosas que hacen que el camino de la santidad se logre de una manera que tu vida y la mía se parezcan a las de aquellos hombres y mujeres de los que hemos leído o escuchado historias.
Algo fundamental es reconocer los dones de Dios. Dios tiene un Plan sumamente perfecto para todos y cada uno de Sus hijos. Y esa perfección consiste en tener un auxilio constante, una providencia firme, un sustento inquebrantable ante cada situación que pueda aparecer. Sí. Dios sustenta y guía tu vida y la mía de manera individual y de manera comunitaria. Ya nos diría el Catecismo de la Iglesia Católica que la vida nuestra está sostenida por los dones del Espíritu Santo (cf. CEC 1830), queriendo esto decir que muy fácilmente podemos perdernos o caernos si no tenemos algo que nos “sub” (abajo) “tenga” (agarre). Dios, como en toda la historia de Salvación, se pone por debajo de ti para que tú puedas tener alcance a las cosas que están más altas.
Es una sorpresa paradójica encontrarse pensando en Dios y querer “razonarlo”. Por ejemplo, si nosotros somos merecedores del Amor de Dios por los méritos de Jesucristo, ¿cómo es que, en un principio, merecimos que Jesucristo viniera, si Él no se había hecho hombre aún para que mereciéramos ese Amor? Igual, si el Espíritu de Dios es el que nos hace comprender las cosas Suyas, ¿cómo podemos conocer a ese Espíritu cuando se nos infunde por vez primera, si no se nos había dado antes para reconocer que procedía de Dios? Y así pudiéramos navegar profundamente en esos misterios, y no entenderíamos nada si no fuera por Dios mismo. Por eso y con mucha razón es que dice el salmista “Y por tu luz vemos la luz” (Sal. 36, 10b). Esa capacidad o disposición para entender estas cosas que son de Dios las llamamos dones.
Estos dones son herramientas poderosas que, muchas veces por ignorantes, sólo las ponemos a trabajar en un modo de prueba o, como dirían los que saben de programación e informática, en modo demo. Me refiero a que dejamos que los dones empiecen a ser en nosotros cuando estamos en contacto con Dios, y ese contacto lo limitamos a las lecturas matinales, o a las misas dominicales, o a las asambleas de oración, sin caer en la cuenta de que, como son un regalo de Dios, debemos ponerlos a trabajar o a dar frutos. ¿Acaso no es a eso que se refiere nuestro Señor Jesucristo cuando habla de los talentos (cf. Mt. 25, 14-30) o de las monedas (cf. Lc. 19, 12-27)? Los dones de Dios producen frutos de Dios, pero implica ponerlos a producir, porque no se producen buenos frutos cuando la semilla cae en tierra mala o entre piedras.
Conocer lo bueno y lo malo, hablar de parte de Dios, explicar misterios de nuestro Señor como si fuésemos expertos en la materia, profundizar en las bellezas de nuestra Iglesia, todas estas cosas nos vienen dadas por Dios. Por eso mismo es que venimos leyendo la primera carta del apóstol san Pablo a los corintios desde que comenzamos este tiempo ordinario. Es que, como los corintios, nosotros somos personas que nos dejamos llevar por los disparates que nos meten en la cabeza las noticias, las canciones, las películas, las novelas, los “eruditos” de hoy. Hasta lo más profundo de Dios podemos conocer por el Espíritu Santo (cf. 1 Cor. 2, 10), pero preferimos dejar los dones como algo accesorio de mi vida cristiana.
Si tu vida cristiana tiene dones a medias, o carece de dones, no tienes vida cristiana que valga. Es imposible conocer a Dios sin el conocimiento que viene de Él. Es imposible amar a Dios sin el Amor que procede de Él. Es imposible ver la Luz si la Luz misma no nos ilumina. Así como santa Josefina Bakhita pudo superar toda su esclavitud haciéndose esclava por amor, así como san Jerónimo Emiliano logró ayudar a los pobres haciéndose pobre con ellos, así como aquel sacerdote argentino que hace poco enfrentó con amor a un grupo que pretendía burlarse de la Iglesia y de nuestra fe, así mismo puedes tú enamorarte tanto de Aquel que es el Amor mismo cuando te dejas enamorar primero por Él y te dejas guiar dócilmente por el Amor que te da. No pierdas el tiempo y aprende a aceptar estos dones que Dios tiene preparados para todos aquellos que le aman (cf. 1 Cor. 2, 9), y pon tus dones a dar frutos abundantes de santidad.

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