martes, 14 de diciembre de 2010

Mi Luz sea la Cruz Santa

Buen día, hermanos en Cristo, Señor nuestro. Hoy recordamos a san Juan de la Cruz, doctor de la Iglesia. Pidamos a Dios que, por la intercesión de este tan grandioso santo, nos conceda la gracia de Su sabiduría para poder dar testimonio en nuestras vidas de las grandezas incomparables que encierra el Amor de Jesucristo para nosotros y que nos enseñe a prepararnos para la próxima venida gloriosa suya.
La semana pasada, por televisión, vi una imagen de la medalla de san Benito y decidí ver el programa. No pasaron bien treinta segundos cuando el conductor del mismo decía que ese era un amuleto muy especial que él iba a regalar a aquellos que le llamaran. El programa era de un “adivino” a quien las personas escriben o llaman y éste les dice lo conveniente para su futuro según las cartas que lee. Pudiéramos reflexionar sobre la falsedad de estas “lecturas” o sobre el riesgo espiritual que conlleva este tipo de prácticas, pero hoy quiero que reflexionemos juntos sobre la manera en la que muchísima gente utiliza nuestros símbolos sagrados para sacar provecho y hasta para burlarse de ellos, y nosotros lo tomamos como algo natural.
La medalla de san Benito posee de un lado la Cruz de Jesucristo y, del otro, a san Benito Abad. Lo curioso de esta medalla es que la Cruz está compuesta de letras que parecerían no tener sentido, y que muchos ignorantes apelan a ella como algo cabalístico. Si buscamos no tan profundamente nos daremos cuenta que esas letras son las iniciales para una especie de exorcismo, donde se contempla a la Cruz como luz y el demonio como el tentador. Es, sencillamente, una manera explícita de lo que realiza el signo de la Cruz ante aquellos que creen verdaderamente en el poder redentor de la Pasión y Muerte de nuestro Señor Jesucristo. Sin embargo, muchos la utilizan como fetiche, es decir, como un objeto con el que deben tener contacto físico (sea con las manos, sea sobre el pecho) para sentirse resguardados. Eso es ignorancia neta. Pero peor lo hacen aquellos que, como el “adivino”, lo utilizan como algo que no es, a sabiendas que es algo sagrado; y nosotros somos peores que vemos como normal y permitimos que estas cosas sucedan sin siquiera dar una voz de alarma.
Dice el profeta Isaías: “Una voz proclama: ¡Preparen en el desierto el camino del Señor, tracen en la estepa un sendero para nuestro Dios! (Is. 40, 3); y luego nos dice san Mateo que del profeta Juan el Bautista es que Isaías dice: “Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos” (Mt. 3, 3) y Juan el Evangelista pone esto último en los labios del mismo Juan el Bautista (cf. Jn. 1, 23). Sin importar la traducción, el concepto, el contexto, algo es muy seguro de estos textos: se necesita una preparación para que el Señor venga y actúe adecuadamente. No debe haber diferencias abismales entre los seres humanos, ni debe haber vidas torcidas. Justo por eso es que Jesús nos concede el Espíritu Santo, a quien le pedimos: “riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma al espíritu indómito, guía el que tuerce el sendero” (Extracto de la Secuencia de Pentecostés). Pero, por lo visto nos olvidamos de que Dios actúa en medio de su pueblo a través de los profetas, calidad que recibimos en el Bautismo, y que casi ninguno aplica.
¿Cómo es posible, hermano, que haya individuos que vistan una imagen de nuestra Señora de Fátima con un preservativo, y tú, sencillamente, prefieres evitar discusiones y no te unes a esa batalla? ¿Cómo es posible, hermana, que haya personas que hablen de cosas sagradas nuestras como instrumentos que Satanás utiliza y no digas nada al respecto? No es que salgas a los medios de comunicación a destruirlos como si fueras un extremista, pero sí es necesario que te dejes escuchar. Algo tan sencillo como un correo electrónico o como un estatus en tus redes sociales puede ser suficiente para aliviar estos pesos que lleva tu Iglesia. Mientras sigas en el silencio de complicidad (que para nada es silencio de beneficencia), seguirás también permitiendo y apoyando esa serie de sacrilegios. Para una muestra, fíjate cómo casi ni te interesas por la vida de tu Iglesia, por tus hermanos de Asia, por tus hermanas consagradas de África, por las vocaciones de Europa, por las catástrofes de América… claro, a menos que te afecte directamente.
Si una herida a un miembro del cuerpo de Cristo hace que todo el cuerpo se hiera (cf. 1 Co. 12, 26), entonces un miembro que no se hiere con alguno que sufre no debe ser considerado miembro. Si sólo dices “presente” cuando se habla bien de la Iglesia, y bajas la cabeza y la voz cuando se le acusa de cualquiera cosa, no eres un miembro de la Iglesia. Si eres de los que aún bajas la cabeza cuando se te habla de las Cruzadas, de la Inquisición, de Galileo Galilei, de las violaciones a menores, ¿por qué no te pones a leer adecuadamente los libros de historia para que descubras que la cosa no es como los de fuera dicen? Pero supongo que es más fácil consultar galletitas de la fortuna, o pedir palabras a Jesús por medio de aplicaciones de las redes sociales, y con ello querer nublar tu vista ante tu Iglesia. O eres de la Iglesia o no eres, o eres frío o eres caliente, pero no puedes seguir siendo motivo para que otros crean lo que les venga en gana. Hay demasiada sabiduría en Cristo como para quedarse flotando en nubecillas ridículas de conocimiento relativo, sino pregúntale a san Juan de la Cruz, quien te responderá en su cántico espiritual.
Igual, san Benito, junto con todos los santos de la Iglesia, pueden darte ejemplo de cómo ser Iglesia en la Iglesia, y ser para los demás en nuestro Señor. La medalla de san Benito dice algo que deberías meter en tu corazón por lo menos a fuerza de repetición, para poder salir de ese letargo en el que estás, donde prefieres ser término medio para todos (y no quiero mencionar lo que dice el Señor en el libro del Apocalipsis con respecto de estos tibios en la fe): “Mi luz sea la Cruz Santa, no sea el demonio mi guía. ¡Apártate, Satanás! Nunca sugieras cosas vanas, pues maldad es lo que brindas. Bebe tú mismo ese veneno”.

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