martes, 23 de noviembre de 2010

Que no se me Quede Desentendidamente Frío.

Buen día y bendiciones para todos ustedes, hermanos. Que Dios, que ha hecho de Jesucristo el Rey del Universo, haga de nosotros, la Iglesia, el trono donde venga a sentarse nuestro Señor y Rey, para que, por la intercesión de san Clemente I y del beato Miguel Pro, seamos fieles ejemplos del Amor que Él vino a dejar en nuestros corazones, y nuestra vida adquiera el sentido de plenitud que necesita para su salvación.
Ante tantas situaciones que se dan a diario entre nosotros resaltan las situaciones de injusticia. Es cierto que el tiempo de Navidad que se acerca hace que las personas anden un poco más alegres y un poco menos egoístas, sin embargo, cada año con menos frecuencia suceden estas cosas. Sólo los que tenemos un poco de sentido escatológico sobre la vida humana podemos ayudar para mejorar esta situación. Ya lo decía Jesucristo al hablarnos del final de los tiempos: “Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos; peste y hambre en muchas partes; se verán también fenómenos aterradores y grandes señales en el cielo. Pero antes de todo eso, los detendrán, los perseguirán, los entregarán a las sinagogas y serán encarcelados; los llevarán ante reyes y gobernadores a causa de mi Nombre, y esto les sucederá para que puedan dar testimonio de mí” (Lc. 21, 10b-13). Pero reflexionemos sobre la parte humana de la catástrofe de la que nos hablan esos versículos.
Solemos creer que el ser humano se extinguirá con el fin del mundo con terremotos y catástrofes naturales. Es cierto que habrá cosas terribles en el cielo y en la tierra, como lo afirma Jesucristo. Sin embargo, el ser humano se habrá acabado antes de eso; sólo unos pocos quedarán. ¿Cómo lo sabemos? La plenitud del ser humano reside en su entrega al otro. Si se levanta reino contra reino y nación contra nación (cf. Lc. 21, 10b), y si hay divisiones en las familias y padres contra hijos e hijos contra padres (cf. Lc. 12, 52-53), y si Jesucristo pregunta si encontrará fe en la tierra cuando vuelva (cf. Lc. 18, 8b), ¿acaso no hace referencia todo esto a que el ser humano, poco a poco, dejará de ser “humano” para convertirse sólo en “homínido”? No es la razón la que te hace humano. No es el lenguaje lo que te hace humano. Si lo humano fuera la actividad del hombre y la mujer, ¿por qué hablamos de “humanizar el trato”, de “humanizar los lugares”, de “humanizar nuestras relaciones”? Nuestro Señor sabe perfectamente que, poco a poco, las personas irán distanciándose entre sí en dos grandes bloques: los que desean vivir las virtudes a partir de la obediencia a un ser supremo (como la ovejas), y los que no les interesa vivir ninguna virtud porque piensan sólo en sí mismos (como las cabras).
Pero, como siempre reflexionamos, el pertenecer a uno u otro bloque implica cierto grado de objetividad consigo mismo y de autoconciencia. El resto, que decide bailar entre esos dos grandes bloques, será considerado tibio, y los tibios pasan por un peor mal, porque, cuando formen parte de la plenitud de la conciencia de la Verdad en el día último, serán juzgados severamente al verse malos con los buenos y buenos con los malos. Lo peor de todo esto es que seguimos estando en ese grupo del medio, sabiendo que no está bien. Muy pocos de entre nosotros los católicos hacemos las cosas tratando de ser plenos en nuestro actuar. Somos muy santos en momentos de adoración al Santísimo Sacramento, o somos muy proféticos en momentos de oración o en la Eucaristía, o somos el extremo de la bondad humana cuando tenemos que ir de misión; pero, por igual, somos muy duros y necios con las personas que cometen algún pecado, o somos muy prontos para juzgar a aquel que se enfría en su fe, o exigimos mucho cuando no recibimos de alguien lo que esperamos. Esta ambivalencia sucede en tu vida con mucha frecuencia. Pero Dios no te juzgará por ella, sino que te juzgará por permitirte seguir así a sabiendas de que andas tibio.
Dios no te hizo para andar complaciendo personas. Dios te creó para que, poniéndolo a Él como la razón de tu existir, le sirvas a través de tus hermanos. Hay hermanos que caen constantemente en el mismo fango y ni siquiera se percatan de dónde están. Tú tienes amigos y hermanos que están estancados en su vida porque no saben que están estancados. Y no es que no tienen las herramientas, sino que no saben utilizarlas para salir de esa ciénaga. Hay hermanos que están buscando “amores” fuera de sí porque en sí no recibieron la siembra de los amores primeros de un padre o una madre o un hermano o un amigo. Si tú eres uno de esos hermanos, abre tus ojos a aquellos que están tendiéndote la mano (o el razonamiento) para que puedas salir de ahí. Si tú, en cambio, no eres uno de ellos, pero conoces a alguno, sigue escudriñando en la Palabra de Dios a través de tu vida de oración para conocer el perfecto plan de Dios para ese hermano.
Leí hace poco una frase de alguien que decía: “es más fácil decir que estás bien que tener que dar explicaciones cuando digas que estás mal”. Y es una pena que la mayoría de nosotros mismos pensamos así. El decir “bien” automáticamente cuando se te pregunta “¿cómo estás?” es una señal de que el relativismo y la deshumanización lo dejas entrar y salir de tu vida con mucha facilidad. Si quieres dejar de actuar así, empieza a conocerte a ti mismo. ¿No es sobre esto que habla todo el mandamiento del Amor que nos dejó el Señor: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”? No existe bien tuyo que no haga bien a alguno que te rodea, ni mal tuyo que no haga mal a cualquiera que pase cerca. Tu vida debe ser testimonio del reinado de Jesús, de Aquel que decidió venir una primera vez a salvarte y que ha decidido venir una segunda vez para, con misericordia, juzgarte. Sé misericordioso con los demás, pero fuerte contigo mismo. Dice un himno de la liturgia de las horas: Haz de esta piedra de mis manos / una herramienta constructiva, / cura su fiebre posesiva, / y ábrela al bien de mis hermanos. / Que yo comprenda, Señor mío, / al que se queja y retrocede, / que el corazón no se me quede / desentendidamente frío. Es un deber tuyo, como cristiano, revisar tu vida diariamente y, con la Luz que sólo Jesucristo da, examinarla detalle por detalle y proponerte cambiarla para gloria de Dios y para el mayor beneficio de tus hermanos.

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