martes, 5 de octubre de 2010

Cosas que no Confesamos


Que hoy sea un día de reconocimiento y disfrute de todas las cosas que Dios nos da para todos, hermanos. Pidamos juntos a este mismo Dios que ponga en nosotros el Amor necesario para que, por la intercesión de santa María Virgen, nuestras obras sean movidas por él y podamos acumular así bienes eternos.

Hemos empezado octubre y, como bien sabemos, es el mes del santo Rosario. En este mes tenemos fechas importantes como la celebración de unos cuantos doctores de la Iglesia, un evangelista, la memoria de nuestra Señora del Rosario y la del Pilar, entre otras cosas. Sin embargo, hay una celebración en nuestra liturgia que nadie nunca menciona y que está presente y que justamente hoy celebramos: las témporas de acción de gracias y de petición.

Dice el Misal que las témporas son días de acción de gracias y de petición que la comunidad cristiana ofrece a Dios, terminadas las vacaciones y la recolección de las cosechas, al reemprender la actividad habitual. O sea, nosotros los cristianos sí tenemos un día al año específicamente para celebrar las gracias a Dios, lo que en inglés se llamaría un “thanksgiving”, y éste sí tiene más sentido para nosotros que aquel de unos peregrinos y unos indígenas y un pavo y unas calabazas. Ahora, ¿por qué solemos pasarlo por alto? Por ignorancia, por desconocimiento y, quizá, porque en los trópicos no se aplica esto de fin de las estaciones y de la cosecha. Pero sí es algo que pudiéramos tomar en cuenta a manera de acercamiento litúrgico de las labores humanas con los dones de Dios. El problema siempre reside en nuestra ignorancia de estas cosas y es algo de lo que no nos confesamos.

Solemos ir al sacramento de la Reconciliación (o la confesión) con la intención de que se nos perdonen nuestros pecados, olvidándonos que el centro de todo sacramento no es en sí tu persona sola, sino la relación de tu persona humana con las personas divinas que te conceden el perdón. En lugar de ir a dicho sacramento con actitud triste, deberíamos acercarnos gozosos porque es Dios que manifiesta Su Amor a través del perdón y, donde hay Amor, no hace falta ninguna actitud apesadumbrada. Es más, esta actitud, aunque debe existir en el momento del examen de conciencia para una correcta contrición, en el momento del perdón mismo se convierte en una actitud ofensiva a Dios. ¿A quién se le ocurre seguir sintiéndose “sucio” luego de confesarse? A aquella persona que aún no entiende la grandeza y la largueza del Amor de Dios y esto, diría yo, es algo que no confesamos tampoco.

Otra cosa que no solemos confesar como pecado es el no ser agradecidos. Recibimos dones inmensos de Dios diariamente y le agradecemos por aquellos que no habíamos percibido antes, pero una vez éstos se convierten en habituales —y mira que no dije “normales” o “costumbre”— en nuestras vidas, los pasamos por alto para darle gracias a Él. No ser agradecidos es uno de los más frecuentes pecados que cometemos diariamente, ya que quien no agradece no reconoce lo que Dios ha hecho en su vida. ¿Cómo es esto? Pues, “agradecer” procede del latín “gratias” y, a su vez, de “gratus”, que lo que significa es “alabanza” u “honra”. Lo mismo sucede en el griego, donde “gracia” procede de “charites” y, éste a su vez, de “charis”, que significa “don” o “belleza”. Es decir, cuando somos agradecidos, rendimos honor a Dios y reconocemos sus dones en nosotros. ¿Acaso no es esto lo que dice el primer mandamiento de la ley de Dios? ¿Y faltar al primer mandamiento no es pecado? Pero tampoco confesamos estas cosas.

Así pudiéramos hacer una lista casi interminable de cosas por las que deberíamos confesarnos y no lo hacemos, pero que ni siquiera sabemos que son pecado. Y, al estar en esta vida de cristianos, comprometidos con nuestro Dios y con nuestra Iglesia, el querer permanecer ignorante de estas cosas se convierte en otra especie de pecado. Si estamos en la Iglesia de Jesucristo, la que Él fundó, donde reside la plenitud de la Revelación, donde lo que ilumina todo nuestro actuar y pensar es la Luz del Evangelio, ¿por qué quedarse viviendo un cristianismo de camisetas y CDs (con esto me refiero a que conocemos frases de la Biblia, por ejemplo, de las cosas que leemos o escuchamos en estos lugares y no del contacto directo con la Palabra de Dios)?

Lo que Dios quiere es adoradores en espíritu y en verdad (cf. Jn. 4, 23-24), personas que busquen la Verdad en donde Él reside. Jesús no quiere que te afanes infructuosamente, sino que primero lo busques a Él (como hace referencia el Evangelio de hoy, Lc. 10, 38-42). Si revisas bien tu vida, pero me refiero “bien” en el sentido del Bien mismo, que es Dios, te darás cuenta que hay pequeñas cosas que pudieras cambiar para que los demás puedan glorificar a Dios por medio de tu vida. Te recuerdo: santo es aquel que hace de manera extraordinaria las cosas ordinarias. Un buen acto de contrición, un buen arrepentimiento, una buena enmienda a través del sacramento de la Reconciliación te dará fuerzas para ser mejor en Cristo Jesús. “Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor” (Sal. 26, 14). 

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