martes, 7 de septiembre de 2010

Un Cristianismo de Supermercado


Que nuestro día hoy sea bueno y santo para mayor gloria de Dios, hermanos. Así pidámosle a Dios Su Auxilio para que, por la intercesión de santa Regina, sepamos obedecer todos Sus Mandatos y podamos, como Iglesia, dar testimonio de las cosas buenas, las que le agradan a Dios, las perfectas ante los hermanos que aún no conocen plenamente de Su Amor.

Me parece curioso que mucha gente ataque a la Iglesia como si impusiera las cosas sobre los hombres de hoy. Hay quienes dicen que todo en la Iglesia es un complot, que hay millones de millones en dinero envueltos en toda una red única dentro de ella, que miles y miles de dirigentes eclesiales se encuentran en pecados bien graves, y que casi ninguno de los que se están encargando de dirigir la Iglesia tienen la moral adecuada para hacerlo. Me parece curioso porque todas las generaciones creen que descubren algo nuevo en la Iglesia y se encargan de denunciarlo como si fueran los primeros en hacer tal cosa. Pero, mejor aclaremos cosas.

Pongamos que sí hay una corrupción terrible al interior de la Iglesia, y pongamos que ninguno de los que la dirige “merece” hacerlo según nuestros paradigmas éticos. De ser esto así, tiene razón de ser, y es que la Iglesia está compuesta por todas las personas de este mundo que, aunque no queramos aceptarlo, somos pecadoras por el mero hecho de querer ser como Dios sin Dios. Pero hay algo que casi nadie nunca asume, a menos que sea un verdadero fiel de la Iglesia: la Iglesia también está compuesta por todos los hermanos santos del Cielo que están con Dios sin mancha alguna de pecado, y que esta condición les viene dada no por méritos propios, sino por méritos del mismo Dios. Pero entender esto implica que hay que aceptar, no sólo la existencia de un mundo invisible (“Creo en un solo Dios, Padre Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible”, Símbolo Niceno-Constantinopolitano), sino de un mundo invisible creado por el Dios que nos fue revelado en la persona de Jesucristo por medio de sus enseñanzas. Esto último, a su vez, implica aceptar a Jesucristo como Dios verdadero (“Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz. Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho”, ibídem) pero también como hombre verdadero (“que por nosotros los hombres y por nuestra salvación, bajó del cielo; y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre”, ibídem).

Todas estas cosas son irreductibles a la lógica humana, y por eso la mayoría de las personas asumen un cristianismo de supermercado, donde sólo tomas lo que “necesitas” de cada religión o filosofía o creencia que conozcas. Así, para algunos, Jesucristo es un amor ciego y sordomudo, que te permite hacer todo lo que quieras y que siempre te acoge con mucho amor incluso si no te arrepientes de lo malo que has hecho; para otros, Jesucristo es quien anuncia que todo lo que tú has hecho toda tu vida ha estado mal y seguirá estando mal hasta que des un cambio de todas y cada una de tus actitudes y comportamientos; para otros más arriesgados, Jesucristo viene a ser lo mismo que Krishna, Horus, Mitra, Attis, Dionisio o cualquier otra mitología que habla de vivir la vida “hakuna matata”, es decir, cogerlo variado o no preocuparte. Y lo peor de todo es que esto sucede al interior de la Iglesia misma, por muchos ni siquiera nos damos cuenta de que estamos haciendo justamente esto: creyendo medalaganariamente en un Jesucristo que ni siquiera es Cristo, en un Dios que a veces es poderoso, en un Amor que implica defender mis derechos a toda costa.

¿Cómo nos damos cuenta de que andamos pensando así? Es muy fácil: la fuente de donde bebemos y las consecuencias de haber bebido de ella. Si nuestros conceptos del cristianismo o de Jesucristo están basados en documentales del History o del Discovery Channel o de cualquier otra red televisiva claramente anti-religión y anti-cristiana, estamos tomando de una fuente podrida. O si están basados en libros o programas esotéricos donde la divinidad es lo mismo que la conjunción astral o donde la frase que resume todo es que “el universo completo conspira en tu favor”, lo que estás bebiendo no es agua cristalina y pura. Entonces, obviamente, cuando te dejas intoxicar por esa agua, empiezan los dolores y los retortijones mentales de que “la Iglesia es una institución humana que saca el jugo de los pobres”, “la Iglesia sólo sabe robar, matar y violar”, “el obispo tal es un ladrón y un inmoral”, y una sarta de idioteces que sólo tienen sentido en tu mundo surrealista creado por la estupefaciencia de tu agua dañada.

Ahora, ¿quieres conocer realmente a Jesucristo? ¿Te gustaría comprender su mensaje de Amor y de Misericordia? Acude a la fuente, acude a ese lugar visible que Él dejó, entendiéndonos como ser humano que era y es: acude a tu Iglesia. No es equivocación que el Símbolo de nuestra fe, el Credo, tenga cuatro credos: Padre, Hijo, Espíritu Santo e Iglesia (“Creo la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica. Confieso que hay un solo bautismo para el perdón de los pecados. Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro”, ibídem). Hay miles de sectas cristianas anticatólicas que surgieron antes de ayer, ¿y tú te dejarás convencer por su mensaje en lugar de por el mensaje firme y contundente de la Iglesia que tiene ya dos mil años fundada? Tú también eres Iglesia, porque eres llamado a formar parte del hermoso plan de Salvación; empieza, entonces, a ayudar a tus hermanos que poseen debilidades y no busques la anarquía ni la autocomplacencia, que, de ser así lo bueno, Dios nunca nos hubiera creado juntos ni para reproducirnos. Aprende de los pequeños detalles que Dios ha dejado en nuestro mundo visible, acepta las revelaciones que Él nos ha hecho por medio de nuestro Señor Jesucristo y que Éste ha dejado en la Iglesia que fundó, y no te cierres a las bondades que se manifiestan aún hoy en esta Iglesia de santos y santas en potencia que pueden lograr un mundo mejor que el que ya existe.

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