martes, 14 de septiembre de 2010

Hay Amor en la Corrección

Muy buen día para todos, hermanos y hermanas amados en Jesucristo, Señor nuestro. Juntos pidámosle a Dios que, por la intercesión de todos los santos, que se destacaron en el amor hacia la Cruz de nuestro Redentor, podamos tener entrañas de misericordia para mostrar el signo de la Cruz a todos los que nos rodean y suficiente sabiduría para llevar el mensaje íntegro a todo el mundo.

Hoy celebramos la Exaltación de la Santa Cruz, una fiesta que debe recordarnos la recuperación de la Santa Cruz obtenida en el año 614 por el emperador Heraclio, quien logró rescatarla de los persas, que se la habían robado de Jerusalén. Y, a través de esta fiesta, con sus lecturas y toda su liturgia, podemos ver un elemento de corrección del camino inadecuado que hace Dios con nosotros (cf. Núm. 21, 4b-9) y otro elemento de Amor y Misericordia que tiene el mismo Dios con nosotros (cf. Jn. 3, 13-17). Y justamente de esto quiero que reflexionemos hoy: cuando la Misericordia se encuentra con la corrección.

Suele suceder con mucha frecuencia entre nosotros, los cristianos, que nos ofendemos muy fácilmente ante cualquier comentario o actitud de los hermanos. Y sucede con mucha frecuencia que tomamos de manera personal algo que hace o dice algún integrante de nuestra comunidad, sin antes habernos preguntado si eso es parte de su personalidad. Solemos creer que “fulano” o “mengana” tiene algo contra nosotros, y tomamos actitudes de defensa. Lo que estamos elaborando es un campo de batalla, por demás minado, y no permitimos que Dios sea Dios en nuestras vidas. Este campo de batalla está desolado, porque el único que batalla eres tú, y está maltratado a partir de todo lo que tuviste que destrozar para convertirlo en lo que lo has convertido: tu universo paralelo lleno de mitos y leyendas acerca de tus hermanos. Me pregunto qué diferencia hay entre esa actitud y la actitud de uno más en el mundo… La respuesta es obvia: Jesucristo; a los del mundo se les juzgará menos severamente, porque ellos no han conocido a Jesucristo.

Suelo decir que el cristianismo no es una religión, sino un hospital, porque aquí estamos los enfermos, los que necesitamos sanación, los que necesitamos salud. Pero se nos olvida el hecho de que Jesucristo vino a llamar justamente a estos que estamos enfermos (cf. Mt. 9, 12-13), y creemos que todos estamos rehabilitados o curados ya. Entonces empezamos a exigir a nuestros hermanos que “conocen” del Señor que sean más condescendientes con nosotros, que nos busquen, que nos entiendan; ¡y de qué manera hacemos esto! Lo que suele hacer quien actúa así es ponerse como el centro de su fe, es hacer que toda una comunidad gire en torno a él o ella, y todos sus sentimientos son de “me han excluido”, “me han olvidado” o “me están ignorando”. ¿Por qué tú si puedes exigir que te hagan caso cuando, en realidad, tú no le haces caso a tus hermanos? ¿Por qué, entonces, nos hablaba Jesús el jueves pasado de que tratemos a los demás como queremos ser tratados (cf. Lc. 6, 27-38)? Es muy fácil querer que sean cristianos contigo, pero ¿por qué no quieres ser tú el cristiano con los demás?

Por hermanos que actúan de esa manera es que muchos, que no tienen nada que ver en el asunto, se marchan de la Iglesia, se marchan de las comunidades. Por gente que se comporta así, con actitudes egoístas, con correcciones inmisericordes, es que muchos afirmar que no quieren ir a la Iglesia si, dentro de ella, suceden cosas peores que fuera. Imagina la tristeza que siente el Señor al ver una de sus ovejas encargándose de dispersar a 98 mientras Él busca la que se había perdido. Imagina cómo será el Juicio para aquel que se comporta de esta manera. Y lo peor de todo es que encontramos a hermanos que quieren tener “misericordia” con estos lobos rapaces, pero una misericordia que no admite corrección, sino que permite la actitud bajo el supuesto “desahógate y deja que todo salga”. ¿Acaso no es “lo que sale de la boca del hombre lo que lo contamina” (Mt. 15, 11b)? ¡Eso no es Misericordia! Misericordia habría que tener contigo si eres de los que haces eso, porque estás ayudando a que el fuego que consume a ese hermano se encargue de consumirte a ti y a los que estén cerca. Misericordia habría de tener contigo, porque, con una actitud tan inconsciente, logras que ese hermano se sienta apoyado, cuando debería ser corregido. A menos que lo hagas porque te sientes identificado con dicho hermano, ahí habría que corregirlos a ambos.

Dios corrige al que ama” (Pr. 3, 12) y, por lo tanto, nunca debe ponerse una pseudomisericordia por encima de una verdadera corrección. El pecado es fruto del egoísmo humano y es donde Satanás se recrea. Satanás lo que desea es dividir, porque, esa es su naturaleza: diabólica (diabolos, el que se mete en medio de algo, el que separa, el que divide), y si tú estás creando división por satisfacción personal o por herida alguna, estás actuando de manera egoísta o diabólica. Y eres peor cuando te encargas de hablar con quienes sabes que no son de los santos de Dios, con aquellos que, evidentemente, en su historia de conversión están estancados y no dan frutos que les permitan ser reconocidos como justos. A este respecto, san Pablo nos dice: “Cuando alguno de ustedes tiene un pleito con otro, ¿se atreve a llevar la causa ante los injustos, y no ante los santos? Y cuando tienen pleitos de este género ¡toman como jueces a los que la Iglesia tiene en nada! Para vuestra vergüenza lo digo. ¿No hay entre ustedes algún sabio que pueda juzgar entre los hermanos? Sino que van a pleitear hermano contra hermano, ¡y eso, ante infieles!” (1 Co. 6, 1.4-6).

Aprende lo que es Misericordia, y reconoce que la corrección es parte de ella. A nadie le gusta ser corregido, pero es sabio quien reconoce el Amor en la corrección. No te asocies con Satanás al crear división entre tus hermanos y tú, o entre tus hermanos y otros hermanos. Mejor, como dice san Pablo, “ya es un fallo en ustedes que haya pleitos entre ustedes. ¿Por qué no prefieren soportar la injusticia? ¿Por qué no dejarse más bien despojar?” (1 Co. 6, 7). La Misericordia viene de un corazón que se deja mancillar por Amor a los demás, no que mancilla en nombre de la justicia. Aplica esto y empezarás a vivir.

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