martes, 16 de marzo de 2010

Sobre la Empresa en la que Trabajamos

Muy buen día para todos ustedes, hermanos y hermanas en Jesucristo. Pidámosle juntos a Dios que, por la intercesión de san Hilario y san Taciano, nos enseñe a vivir adecuadamente nuestra fe para que así seamos ejemplos vivos de las grandes maravillas que Él hace con quienes se refugian en Él.

En el día de ayer contemplaba cómo hay tantas personas que necesitan una mano amiga. Eran aproximadamente las siete de la noche, y veía cómo había mujeres que cruzaban afanosamente las calles con bolsas de supermercado, y los vehículos no las dejaban pasar. Igualmente, vi un hombre con muletas tratando de desmontarse de un vehículo de transporte público y tambalearse para poder ponerse en pie. Y en muchas ocasiones me remuerde la conciencia al ver tantas personas con necesidad de llegar a algún lugar y yo, por ejemplo, ando solo en mi vehículo. Y me quedé pensando en que esta grandiosa empresa de Dios, Su Reino, tiene unos empleados que están muy ocupados en hacer lo que entienden que les corresponde, sin darse cuenta de que ello es solamente lo que le proporciona un beneficio limitado a cada uno.

Pienso en el hombre enfermo de la piscina de Betesda del que nos habla el Evangelio de hoy (Jn. 5, 1-3.5-16). Este joven quería hacer algo para poder entrar a la piscina y sanarse, pero tenía una tristeza: “Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua; y mientras yo voy, otro baja antes que yo” (v. 7). No analicemos la lectura, sino mejor la actitud del que queda implícito en esa frase: el hermano que debe ayudar. Todo el mundo estaba muy ocupado metiéndose en el agua y quedaba sano, mientras que este hombre, que llevaba treinta y ocho años enfermo, no tenía quién lo ayudara a entrar. Y, nuevamente, me quedo pensando en lo ocupados que debieron haber estado los familiares, los amigos, la gente que le rodeaba. Y, si actualizamos dicha actitud, casi dos mil años más tarde, nuestras actitudes siguen siendo las mismas. Y no me refiero a que dejes todas tus responsabilidades para ayudar a todo el que aparezca; sino a que, bien sabes, hay momentos en el día en que estás justamente con el tiempo, con las herramientas, con las fuerzas para ayudar a alguien que delante de ti está en necesidad, y no tienes la disposición.

Una de las maneras en las que podemos imaginarnos el Reino de Dios es como una gran empresa, donde hay un Jefe (Dios), donde hay mensajeros (sus ángeles), y donde hay todo un gran sistema de Atención al Cliente (la Iglesia). El grave problema es que muchas veces creemos que, como “yo necesito atención y ayuda”, yo soy un cliente. Entonces empiezo a actuar exigiendo cosas en mi Empresa, sin recordar todos los derechos y deberes que tengo. Con razón es que Jesucristo nos reprocha esa actitud de obediencia infantil que solemos tener como el hermano mayor en la parábola del hijo pródigo (cf. Lc. 15, 25-32). Trabajamos en un lugar donde todas las cosas obran para bien nuestro, que hemos sido llamados según la Voluntad del Empleador (cf. Rom. 8, 28). Nuestros malestares y carencias encuentran solución en los hermanos de departamentos más altos (santos y santas), y en los clientes (hermanos necesitados). Entonces, ¿por qué siempre solemos olvidarnos de nuestro cargo? Yo intento no hacerlo, pero tú quizá te olvidas porque entiendes que te cansas o que te agotas. Si así lo haces es porque aún no has conocido personalmente al Jefe de la Empresa, a pesar de trabajar hace años en ella y hablarle continuamente de Él a los clientes.

También es cierto que puede ser que no seas tú quien se olvide de su responsabilidad, sino algunos de tus compañeros de trabajo. Y el trabajo se hace muy pesado, y las cosas no salen como deben salir por falta del trabajo en equipo, y hay incluso superiores que son muy molestos y creen que al final es para ellos todo lo que se hace. Y quizá termines agotándote física y mentalmente, y tu espiritualidad cae y empiezas a fijarte más en las cosas que tu compañero hace mal para tener algo de qué hablar, en lugar de fijarte en ellas para corregirte tú y corregirlo a él o a ella con Amor. Y tú mismo empiezas a amargarte y a olvidarte de dónde y para Quién trabajas. Y te vuelves alguien que no tiene una misión, una visión, unos valores y unos objetivos en común con el resto de la Empresa. Y, ¿sabes qué? Terminas siendo un empleado mediocre que llega tarde al trabajo, que busca cualquier excusa para no estar ahí, que hace sólo lo que el mínimo esfuerzo le exige y que nunca será una fuente de inspiración para que más personas quieran trabajar en la Empresa. Sigue pensando en todo eso y verás todo lo que descubrirás.

A final de cuentas, mi recomendación, como parte de esta Empresa, es que tus ojos los tengas puestos tanto en el Jefe de la Empresa como en los clientes, que tus manos estén pendientes de los compañeros de trabajo que puedan tropezar, que tu mente la tengas en la misión, la visión, los valores y los objetivos de la Empresa, y que tu ser completo se deje guiar por los hermanos con mayor tiempo de experiencia que cumplan con las normas de la Empresa. Por eso es que somos una comunidad. Por eso es que somos lo que hemos sido a lo largo de tantos siglos, la Santa Iglesia Católica, donde nuestro servicio es universal, y donde no nos limitamos a vernos bien, sino a dar un buen servicio, incluso si nunca llegamos a ver un cliente satisfecho, sino que le toque a otro contemplar eso. Anímate a trabajar junto a nosotros, olvidándote de tus miserias, porque de ellas se encarga el Jefe. Seamos los que ayudemos a ese hombre enfermo de la piscina de Betesda, y que cada día haya menos personas que digan “no tengo a nadie que me ayude”, porque nosotros, como Iglesia, estamos llevando el mensaje de Amor del Jefe con nuestros actos y eso no se queda sin recompensa.

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