martes, 10 de agosto de 2010

Aunque No Hubiera Cielo

Buen día, amados hermanos en Jesucristo, Señor nuestro. Que Dios Padre nos mire con toda Su Bondad para que, haciéndonos parte de Su Plan de Salvación, por la intercesión de san Lorenzo, quien fue obediente a este mandato, podamos asumir con alegría las consecuencias de pertenecer a este gran Rebaño de Dios.

He tenido la oportunidad de experimentar ciertas cosas en mi vida que jamás pensé experimentar con respecto de Dios y de mi Señor. En estos momentos que, no lo niego, son de angustia e incertidumbre, he tenido que rendirme ante Dios e implorar que me permita entender lo que está haciendo en mi vida. A manera de relajo he afirmado que Él me ha permitido ver los apuntes de Su cuaderno, pero que, aún así, no entiendo lo que dice. Y me he quedado pensando en ese sentido sobre algo que deseo que compartamos juntos en esta mañana: la vida del cristiano es incertidumbre constante y ella sólo se halla disipada cuando el alma de encuentra con Dios.


Empiezan unos famosos versos atribuidos a san Juan de la Cruz (y a muchos otros religiosos de la época): “No me mueve, mi Dios, para quererte / el cielo que me tienes prometido, / ni me mueve el infierno tan temido / para dejar por eso de ofenderte”. ¿Qué sentimiento posee el autor de este poema tan utilizado y malinterpretado por muchos al expresarse de esa manera? A él la promesa del Cielo no lo hace sentirse mejor para buscar a Jesucristo, pero tampoco es el miedo del infierno lo que lo hace buscarlo. Sin embargo, muchos de nosotros así es que buscamos al Señor: “Si no voy a misa, me va mal en la semana”, “si no hago mis rezos hoy, no estoy tranquilo”, “yo no hago eso, porque después Dios se molesta conmigo”, “yo prefiero no opinar, para evitar cometer el pecado contra el Espíritu Santo”. Y no es hoy la última vez que diremos cosas así, porque ni siquiera sabemos que tener estas cosas como un estilo de vida entristece a Dios. ¿O acaso no te sentirías tú mal que tu mejor amigo te busque sólo para que no te sientas mal o para él entretenerse en algo?

El autor del poema sigue en la próxima estrofa, mostrándonos cómo debemos comportarnos para ser realmente seguidores de Jesús: “Tú me mueves, Señor, muéveme el verte / clavado en una cruz y escarnecido, / muéveme ver tu cuerpo tan herido, / muévenme tus afrentas y tu muerte”. Es Dios mismo, es Jesucristo mismo, es el Espíritu Santo mismo quien debe ser el motivo de tu búsqueda. Si andas metiéndote en comunidades, en grupos de oración, en movimientos, tratando de encontrar a Dios, y no lo encuentras es porque no estás buscando a Dios. No te agarres de aquella frase tan trillada de que Dios no te quería en tal o cual sitio, porque si es cierto que Él no lo quería, ¿cómo terminaste tú perteneciendo a ese sitio? ¿Por falta de discernimiento? ¿Por no escuchar a Dios? Entonces, a Él no es que andas buscando. Si sigues buscando esas cosas, no has aprendido aún a actuar como María de Betania, la hermana de Lázaro y de Marta, quedándote con la mejor parte. Y por ello es que cualquiera cosa te puede quitar esa pequeña chispa que crees tener cuando asistes a uno der esos grupos.

¡Ahora hemos creado incertidumbre en nuestras vidas! ¿No es más fácil decir “ahí está el Reino de Dios” en un lugar donde te sientes cómodo orando y participando de actividades cristianas? Claro que sí lo es, pero también así dirán muchos cuando no hayan encontrado nada en su vida y quieran, desesperadamente, tener parte de la Paz que sólo Dios da. Se convertirán ellos y te conviertes tú con ellos en falsos profetas. Hablando de esa manera, despistarás a muchos más, por estar diciendo “esto es una bendición para mí”, si sólo te ha traído desgracias, o diciendo “definitivamente el Señor no me quiere aquí” cuando se presentan los problemas que te interpelen. Y ya sabemos los que nos dice el Señor sobre los falsos profetas (cf. Mt. 7, 15-23). Lo que debemos pedirle siempre a Dios, como san Charbel Makhlouf, que nos enseñe a distinguir entre tentación y oportunidad. Pero, para ello, hay que llevar una buena relación con Aquel que se encarga de tu vida, y a quien quieres desesperadamente encontrar cuando te sientes solo, o triste, o desamparado. Dios no está para ti cuando te sientes así, sino que Dios está (es) para ti siempre, lo que pasa es que prefieres ignorarlo en tu bienestar. ¿Dónde dejas la santidad?

Tener a Dios en tu vida es ser con Dios. Siempre he escuchado una famosa frase en inglés: “What would Jesus do?”, que se traduce al castellano como “¿Qué haría Jesús?”, y hace referencia sobre lo que Jesucristo haría en cualquier situación en la que te encuentres. Pero muchos manipulamos las actitudes de Jesucristo, y creemos que no somos egoístas cuando, en realidad, si lo estamos siendo, y creemos que defendemos nuestros derechos, cuando en realidad estamos aplastando los de los demás. ¿Y entonces, cómo yo sé si lo que hago es según la Voluntad de Dios? Pues, como reza el lema de este mes para el Tercer Plan de Pastoral de República Dominicana: “Por sus frutos los reconoceréis” (Mt. 7, 20). Sólo viendo los frutos es que sabemos que andamos en lo que debemos andar, pero eso implica paciencia, longanimidad, fe y esperanza.

Aprendamos a vivir el discernimiento de una manera adecuada. No queramos ser como los de este mundo, que todo debe ser para ayer, y no puede perderse tiempo. Si así andas en tu vida completa, te aseguro que te encontrarás con Dios, pero muy tarde y de una manera catastrófica. Detente y ora, pídele a Dios encontrarte con Él mismo, y así dirás como el autor del poema en las últimas dos estrofas: “Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera, / que aunque no hubiera cielo, yo te amara, / y aunque no hubiera infierno, te temiera. / No me tienes que dar porque te quiera, / pues aunque lo que espero no esperara, / lo mismo que te quiero te quisiera”.

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