martes, 20 de julio de 2010

Cumpliendo la Voluntad de Dios

Muchas bendiciones para todos los hermanos que fielmente tratan de agradar al Señor. Pidámosle a Dios que, por la intercesión de san Aurelio, sepamos reconocer Sus manifestaciones en nuestras vidas, para que seamos ejemplos vivos de lo que Él desea con nosotros y así los demás aprendan a amar Su Voluntad.

Una pregunta muy frecuente en todos los que queremos agradar a Dios o, mejor, en todos los que buscamos hacer Su Voluntad es: “¿pero cómo yo sé cuándo estoy haciendo la Voluntad de Dios?”. Y muchas veces no tenemos respuesta, y creemos que hacer la Voluntad de Dios es hacer lo bueno. Pero me permito corregirte si eres de los que piensas así.


Si crees que hacer lo que Dios quiere con tu vida es hacer lo bueno, aún no conoces a Dios. Dios no es bipolar —a diferencia de muchos cristianos, que sí suben y bajan de ánimo y cambian de parecer en cuestión de minutos u horas—, y no puede ser bipolar porque, si lo fuera, no sería Dios, no sería eterno. En la eternidad “se es”, no se puede hablar de “se fue” o “se será”, y esto lo sabemos por Dios mismo cuando se revela a Moisés en el monte Horeb y le dice que le diga a los israelitas que Su nombre es “Yo soy el que soy” (cf. Éx. 3, 13-14). No le dice un nombre bonito, ni le dice que es una fuerza de la naturaleza, ni se denomina como algo que ya existe, porque Dios es más que existencia y, por lo tanto, Él, sencillamente, es, sin adjetivos. Y, si Dios es, pero no es bipolar, Él no expone Su Amor en “” y “no”. Bien sabemos que Dios es alguien que va mucho más allá de una respuesta cerrada, porque Él no desea que cumplan ciegamente los preceptos que ha puesto, sino que Él ha puesto esos preceptos para que abramos nuestros ojos cerrados, nuestra dura cerviz (cf. Deut. 31, 24-29; Mt. 5, 17).

Dios no puede ser malo en el Antiguo Testamento y bueno en el Nuevo, porque ya sería un ser voluble, cambiable, y Su eternidad ya no fuera eternidad, entonces no sería Dios. Pero le sucede al pueblo de Israel lo mismo que nos sucede a nosotros en nuestras vidas de conversión, que es lo mismo que afirma san Pablo a los corintios cuando dice “Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño. Al hacerme hombre, dejé todas las cosas de niño” (1 Co. 13, 11). Nosotros hemos pasado de ver a un Dios que castiga a un Dios que provee y es misericordioso. ¿Acaso Dios era castigador cuando éramos niños y luego decidió cambiar cuando vio el cambio que dábamos? Porque ahora Dios se desespera con la gente que no lo entiende. ¡Qué juicio más inmaduro sobre Dios!

Si esto es así, ¿por qué piensas que hacer la Voluntad de Dios es hacer lo bueno y no lo malo? ¿Qué le dijo Jesucristo a Marta, la hermana de María, en el Evangelio que meditamos el Domingo pasado en Lc. 10, 38-42? Déjame recordarte los últimos dos versículos del texto: “Le respondió el Señor: «Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte mejor, que no le será quitada”. Jesucristo no le dice a Marta que María escogió lo bueno y, por tanto, ella escogió lo malo; Él le dice que María ha escogido la parte mejor, y por lo tanto ella escogió algo bueno. Y es que en la vida con Cristo no debemos andar pensando en qué es bueno y qué es malo, porque ya ese pensamiento infantil debió haber pasado con nuestra inmadurez o con nuestra ceguera espiritual. Afirma san Pablo que para ser libres fue que nos libertó Cristo, y nos recomienda que nos mantengamos así, lejos de la esclavitud del moralismo dualista o del legalismo (cf. Gál. 5, 1).

Entonces, para cumplir la Voluntad de Dios no hay que hacer lo bueno y evitar lo malo, sino elegir entre lo bueno y lo mejor. Es saber discernir, con la ayuda del Espíritu Santo en Su Iglesia, lo bueno, lo que agrada a Dios, lo perfecto, y esto último lo dice san Pablo, quien perseguía a los cristianos creyendo que hacía lo bueno, y le tocó decidir hacia lo mejor. O sea, no es alguien inventando palabras bonitas, sino que estas palabras son testimonio de alguien que se encontró cara a cara con Jesucristo Resucitado y quiere que los demás también lo hagamos. “No se acomoden al mundo presente” (Rom. 12, 2a), dice él y nos invita a transformarnos por “la renovación de la mente” (ibid.) para que podamos distinguir cuál es la Voluntad de Dios.

Jesucristo pregunta sobre cuál es el mayor mandamiento de la ley, y uno le responde “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente”. Amar a Dios implica cambiar nuestros sentimientos, nuestras aspiraciones humanas y nuestros pensamientos. Implica un cambio de actitud frente a la vida. Si Dios no es capaz de cambiarte ciertos sentimientos, ciertas actitudes que dañan a los demás, ciertas mañas y ciertos “es que yo soy así”, entonces no conoces a Dios, porque Dios, es Todopoderoso, porque Dios todo lo puede.

Amar a Dios es buscar hacer Su Voluntad. Es tomar la actitud de Juan el Bautista al referirse a Jesús: “Es preciso que él crezca y que yo disminuya”, sabiendo que, mientras Él más crece en ti, más plenamente humano serás, porque ser santo es cumplir la Voluntad de Dios, es ser verdaderamente humano, porque Jesucristo fue verdaderamente humano.

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