martes, 23 de febrero de 2010

Glorificar a Dios con Nuestras Vidas


Buen día, hermanos y hermanas. Que nuestro Padre Dios nos regale la fortaleza y la perseverancia para poder enfrentar las adversidades que se nos presentan y, por la intercesión de san Policarpo, poder recibir la longanimidad necesaria para ser verdaderos testigos de Su Amor ante los demás.

El ánimo del cristiano es una de las señales características de su fe en Jesucristo. Y éste sería directamente proporcional a la misma, es decir, mientras mayor sea tu fe en el Señor, mejor será tu ánimo ante las circunstancias que te rodean. Diría una canción “No puede estar triste el corazón que alaba a Cristo”, y cierto grado de verdad hay en ella, tomando en cuenta que “corazón” se refiere a nuestra disposición para realizar nuestras actividades normales, y “triste” hace referencia al estado de tribulación que presentamos cuando vemos que las cosas no salen como tenemos planeadas o como se supone que salgan. Porque, si nos vamos al sentido literal de la misma, pensaríamos igual que muchas personas que no son cristianas: los cristianos son unos locos, son una especie de sado-masoquismo grupal. Sin embargo, la diferencia entre un masoquista (quien disfruta del sufrimiento) y un mártir (quien aprovecha el sufrimiento) es la motivación por la cual el dolor o el sufrimiento se convierten en motivo de buen ánimo.

¿Cuál vendría a ser esa motivación? Sencillamente, Dios; o, si quieren un lenguaje más sublime y, a la vez, menos sublime: el Amor. Si las cosas que realizamos (ya sea el trabajo que nos corresponde en nuestras oficinas, o en nuestros lugares de trabajo, ya sea los estudios que debemos llevar a cabo en universidades, colegios, y otros centros, ya sea la ayuda que ofrecemos en la calle a cualquiera persona que pueda necesitarla) las realizamos con Amor, entonces nuestros ánimos cambian. ¡Con razón es que dice san Pablo que sin Amor no somos nada (cf. 1 Cor. 13, 1-3)! ¡Y con razón es que dice nuestro Señor Jesucristo que hay mayor ganancia en dar que en recibir (cf. Hch. 20, 35)! Esto viene a significar que todo lo que nos enseña Jesucristo sobre Dios a través del Espíritu Santo en la Iglesia tiene toda una secuencia y una concatenación que, si se ignora o se rompe, viene a fragmentar el mensaje y a diluir la Verdad que nos fue revelada.

La longanimidad, tomando el sentido de ciertas traducciones de la Biblia, viene a ser mansedumbre y paciencia o perseverancia. Pero no mansedumbre y paciencia en el sentido de no hacer nada al respecto frente a alguna situación de sufrimiento personal físico, emocional o espiritual; sino, mansedumbre y paciencia en el verdadero sentido de las palabras: moderarla tristeza y la cólera para obtener mejores resultados al tomar un curso de acción. Lo mismo podemos decir de la perseverancia, que es un fruto que nos permite mantenernos fieles al Señor a largo plazo. De hecho, esto es una gran oportunidad para poder servir más a Dios, porque en lugar de estar demasiado ocupados en resolver nuestras situaciones de dolor, estamos convencidos de que las mismas nos harán crecer en muchos aspectos, y ese ánimo lo compartimos con los demás y somos capaces de dar a conocer, como testigos directos, el mensaje de esperanza de Jesucristo.

Ahora, ¿cuál sería la “dificultad” de esto? Que amerita una vida de unión y comunión con Dios. Es decir, no es cualquiera que puede mostrarse feliz ante las situaciones adversas, sino aquel o aquella que sabe que todo obra conforme a los designios de Dios para el bien suyo (cf. Rom. 8, 28). Y la única manera por la que puedo yo saber que todas las cosas que me suceden me harán bien, es a través de la Fe. Y Fe es lo que debemos procurar aumentar en este tiempo de Cuaresma, donde nos imponemos nosotros mismos situaciones de sufrimiento (en grado mínimo, pero lo hacemos). Entonces, en realidad, a lo que la Iglesia nos llama en estos 35 días restantes es a un retiro especial de cinco semanas para promover el crecimiento de nuestra Fe, y así poder obtener los frutos que de ella derivan: uno de ellos, la longanimidad.

Pudiera parecer muy difícil mostrar ese ánimo, ese corazón alegre, ese gozo, en medio de un problema. Y quizá, si tú estás pasando por alguno (un problema en la comunidad o familia, una situación personal de pecado, o problemas económicos o de estudios, o sencillamente de un estatus actual), digas que es muy lindo hablar de todo esto cuando no se está metido en los problemas. Pero, abre tus ojos, y ¡no te hagas el tonto! Dios te está dando la oportunidad de que muestres a esos problemas que ellos están en manos Suyas, y no en las tuyas inútiles. ¿O acaso la fortaleza no se muestra en la debilidad (cf. 2 Cor. 12, 9a)? ¿O es que acaso tu Dios es tan poca cosa que se derrumba cuando le presentas tus problemas, o sale huyendo de tu lado cuando te llegan? Una descripción de esos dioses la encontramos en 1 Re. 18, 23-39, cuando el profeta Elías se burla de los profetas de Baal al decirles “¡Griten más alto, porque es un dios; tendrá algún negocio, le habrá ocurrido algo, estará en camino; tal vez esté dormido y se despertará!”. Sin embargo, mi Dios, el Dios de Elías, el Dios de Jesucristo, el Dios de san Policarpo, es un Dios que no necesita grandes escenarios para mostrarse, sino que se muestra en los pequeños, en tu vida, para que tu escenario sea engrandecido por Él.

Sin embargo, ¿qué dijo Elías que es la clave de todo? Él dijo: “Yahveh, Dios de Abraham, de Isaac y de Israel, que se sepa hoy que tú eres Dios en Israel y que yo soy tu servidor y que por orden tuya he ejecutado toda estas cosas. Respóndeme, Yahveh, respóndeme, y que todo este pueblo sepa que tú, Yahveh, eres Dios que conviertes sus corazones” (1 Re. 18, 36-37). A final de cuentas, la longanimidad nos da la oportunidad de glorificar a Dios con nuestras vidas, como testigos reales, como mártires al aceptar el sufrimiento como el escenario en el que Dios se quiere presentar en nuestras vidas. Así, digamos con san Policarpo la oración que él pronunció ante de morir quemado por no negar a Cristo en medio de su tribulación:

Señor Dios, Todopoderoso, Padre de Nuestro Señor Jesucristo: yo te bendigo porque me has permitido llegar a esta situación y me concedes la gracia de formar parte del grupo de tus mártires, y me das el gran honor de poder participar del cáliz de amargura que tu propio Hijo Jesús tuvo que tomar antes de llegar a Su Resurrección gloriosa. Concédeme la gracia de ser admitido entre el grupo de los que sacrifican su vida por Ti y haz que este sacrificio te sea totalmente agradable. Yo te alabo y te bendigo Padre Celestial por tu Santísimo Hijo Jesucristo a quien sea dada la gloria junto al Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

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