martes, 9 de febrero de 2010

Dando Razón de Nuestra Fe


Muy buen día, hermanos amados. Pidámosle a Dios, por intercesión de la siempre Virgen María, que nos enseñe a entender todas aquellas cosas que son ilógicas para nuestros pensamientos, pero que son parte esencial de Su Plan con nosotros, para que podamos, así como Él, ver con alegría el curso de nuestras vidas y los frutos que dejará.

Esta semana ha sido y será muy interesante, porque he tenido oportunidad de conocer muchas personas que se han mostrado interesadas en conocer la verdad de las cosas trascendentales o espirituales. Obviamente, no todas se acercan con la intención positiva de conocer y aceptar, sino con la intención de demostrarme que lo que yo creo es puro disparate y que soy un irracional al creerlas. Y sé que será así toda la semana porque, por ejemplo, Su Santidad Benedicto XVI ya dio a conocer su mensaje para esta Cuaresma, el Seminario Mayor de Santo Domingo tiene desde hoy la Semana Teológico-Pastoral, el jueves celebramos la Jornada Mundial de los Enfermos, y muchísimas cosas más que lo que hacen es enriquecer nuestras mentes y nuestros espíritus para acercarnos cada día más a esa Verdad que nosotros procuramos conocer y amar: Jesucristo.

Pero, refirámonos a esos hermanos que se acercan a nosotros, consciente o inconscientemente, para conocer la verdad. Ellos suelen ser personas que creen tener la solución de todos los problemas del mundo, y entienden que esa solución es un cambio de mentalidad porque todo el mundo ha estado equivocado por muchos siglos. Sin embargo, y ahora me refiero a nuestra fe, no son capaces de abrir los ojos de la lógica y entender que lo que la historia ha venido proclamando como cierto no puede ser considerado como toda una gran conspiración en contra del mundo. ¿Qué hubiera ganado Jesús (suponiendo que Él no haya sido Dios ni nada de lo que conocemos, sino sólo un ser humano más) con hacer toda una revolución espiritual a base de mentiras y que dos mil años después se mantenga en pie? En realidad, ¿qué ganan los sacerdotes? De hecho, conozco muchos sacerdotes que pasan por muchas dificultades sólo por predicar la Buena Noticia de Jesús y lograr que las personas sean más humanas y se acerquen más a la plenitud de la Verdad en el Amor.

A mí no me interesa que la gente empiece a convertirse al cristianismo por manadas, ni mucho menos que empiecen a mostrar devoción a las cosas de la Iglesia porque se acerca el fin del mundo. Mucho menos me interesa que la gente se mate entre sí y que la Iglesia se convierta en una especie de monarquía como sucedió en una época por las necesidades que hubo. Ojalá pudiéramos decir como escribió aquel poeta cristiano anónimo del siglo XV, que lo que nos debe mover para querer a Jesucristo no es el cielo o el infierno, sino sólo Él. Pero, justamente ese es el problema: que nosotros mismos ni siquiera sabemos por qué creemos en Jesús y en Su Iglesia. A muchos nos pueden meter por los ojos y los oídos, como el “famoso” documental Zeitgeist, de que todo es una gran conspiración, y de que hay muchas cosas que no nos cuentan. ¿Quiénes? Yo no lo sé. Pero deben ser personas en extremo inteligentes y astutas como para elaborar cosas a nivel mundial y hasta universal, y seguir quedando en el anonimato. Y así hay muchísimas cosas más, como “El Efecto Nostradamus” que pasan por un canal de “ciencias” en la televisión.

Al final, ¿a qué me refiero? Que nosotros no sabemos dar respuestas a las interrogantes que nos ponen porque estamos tratando de darlas en la misma tónica que nos las plantean. ¡¿Cuántas veces tendrá que decirnos Jesucristo que Sus Planes no son nuestros planes, o que Su Reino no es de este mundo, o que nosotros vivimos en el mundo perno no somos del mundo?! Insisto, es mucho más fácil bloquear a esas personas que buscan mil y una maneras de hacernos entender que estamos mal, y pudiéramos hasta tildarlas de locas y olvidarnos de ellas. Pero espero que recordemos que también (y muy en especial) por ellas se nos pedirán cuentas en el Cielo, porque son de los pequeños del Señor que necesitaban pastores (o hermanos mayores) que velaran por ellos.

El jueves escuché un hermano que dijo haber leído en la parte de atrás de un autobús “Felicidad empieza con Fe”, y es algo que nosotros mismo deberíamos entender y aceptar y vivir y de lo que deberíamos enorgullecernos y nunca acobardarnos. Pero, igual voy más allá con esa filosofía y digo que “Felicidad empieza con Fe y termina con Dad”, donde el verbo dar está conjugado en modo imperativo, y es un llamado que se nos hace a dar, a darnos, a regalar, a donar. No es una sugerencia, no es una opción para el que sigue los caminos de Dios; es un mandato de Amor, desde el Amor. La felicidad tiene su base en la Fe que debemos conocer cada día más, y tiene su meta, es decir, se plenifica en el dar a los demás. Es bueno meditar en lo que creemos, pero es mejor, como nos lo recomienda nuestro primer Papa, buscar la razón de nuestra Fe y darla a los demás (cf. 1 Pe. 3, 15). Insisto, ojalá pudiéramos decir como ese poeta anónimo del siglo XV:

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

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